Por Damián Quevedo
Esta vez, quien levantó la voz contra el plan motosierra, fue un peso pesado de la industria local -Paolo Rocca, dueño de Techint- cuyo capital, que tiene carácter transnacional, opera en buena parte del mercado latinoamericano.
El máximo jerarca de la producción de acero en Argentina, salió a criticar abiertamente la política de apertura comercial que promueve el gobierno nacional, sobre todo por temor a la competencia con la industria China.
Esta preocupación, que, hasta ahora, solo expresaban ciertos
representantes de las industrias más pequeñas o Pymes, se trasladó a los
círculos más concentrados del capital industrial. Aunque acuerda con las
políticas antiobreras de Milei, estos personajes levantan la guardia frente al
avance chino.
En este
contexto, en diferentes grupos de Whatsapp de industriales empezó a agitarse la
polémica. Explicaron allí que China subsidia los productos que exporta,
"porque protege su industria, el problema no es China, es Milei, que no
protege la nuestra".
Por razones
lógicas, los precios de la tonelada de acero que China exporta, se vende a 500
dólares, mientras que a nivel local cuesta 1100 dólares. Todos admiten que los
locales le recargan un valor más caro porque hay pocos productores, pero la
diferencia se sustenta en la protección China, ante la anárquica política
fabril que tiene Milei.
Esta es una grieta más que importante para la gestión libertaria, que hasta hace poco no recibía ningún tipo de cuestionamientos por parte de la UIA, que más allá de la preocupación particular de algunos industriales, oficialmente apoyaba al gobierno.
El gobierno nacional está cada día más aislado, en términos internacionales, razón por la cual -y para conseguir algún dólar- maniobra y trata de mantenerse con cierto equilibrio, en medio de la guerra comercial de China con Estados Unidos y la crisis que destruye a parte de la burguesía nacional.
En este contexto, totalmente adverso, el presidente tiene que seguir aplicando el ajuste, con cada vez menos apoyo, tanto de los y las de abajo, como de los sectores para quienes, supuestamente, debe gobernar. Esa grieta, sumada a las peleas permanentes entre las distintas fracciones internas, empuja al movimiento de masas a pelear, que es lo que comenzó a suceder luego de la rebelión misionera.
Luego de la fenomenal pelea que llevaron adelante docentes y estatales de esa provincia, tuvo lugar la movilización por Loan en Corrientes, el triunfo de la huelga aceitera, los paros docentes en el interior. Las movilizaciones universitarias fueron, en ese sentido, un salto de calidad, que cambiaron la dinámica de la lucha de clases.
Comenzó a desarrollarse un ascenso obrero y popular, que, lenta pero sistemáticamente, está golpeando sobre las heridas del gobierno más débil de las últimas décadas y en el marco de una crisis fenomenal de toda la oposición patronal, especialmente el peronismo, dividido entre las bandas que responden a Kicillof y Cristina.
La izquierda tiene condiciones inéditas para disputar la dirección política y sindical de la clase trabajadora y el pueblo en lucha, si deja atrás el conservadurismo electoralista que caracteriza a los partidos más importantes del sector, especialmente aquellos que conforman el FITu.

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