Por Damián Quevedo
Javier Milei les habló ayer a los jerarcas de la Unión Industrial
Argentina, a través de un discurso en el que ratificó los puntos centrales del
plan Motosierra. En ese marco, el presidente les dijo que no habrá más subsidios
para la mayoría, lo que significará la quiebra de muchos de estos empresarios,
que escucharon con disgusto las palabras del libertario.
Aunque Milei les dijo que su gobierno “abrirá la economía
cuando estén dadas las condiciones estructurales", los acusó de “estar acostumbrados
a cazar en el zoológico", gracias a las regulaciones estatales. Por eso,
les advirtió que "no todos van a ganar" cuando se pongan en marcha
los cambios estructurales que impulsa el gobierno.
Esos sectores industriales “privilegiados”, son las
fracciones de la burguesía local cuya productividad está por debajo de la media
-mundial y local- que no podrían subsistir sin los subsidios provenientes de
los sectores más concentrados y de mayor productividad del capitalismo local, particularmente
de la agroindustria.
Los subsidios a estas fracciones patronales expresan la
existencia de un sistema de distribución de una parte de la plusvalía extraída
por los capitalistas más grandes, que se destina a los sectores más atrasados. Esa
es una característica histórica del capitalismo argentino, que, cuando explota
en crisis, como la actual, que le impiden seguir redistribuyendo la renta como
en el pasado, liquida a los capitalistas más chicos.
En estos períodos, la competencia o “guerra” entre sectores
empresariales -cada vez más salvaje e impiadosa- facilita el constante y
sistemático proceso de concentración en el que las empresas que superan la
crisis se quedan con el mercado de las que quiebran.
Pero, en estos procesos, los capitalistas que corren el
riesgo de hundirse no se rinden fácilmente, sino que pelean por mantenerse en
pie, situación que se terminará materializando en batallas políticas super
estructurales -impulsadas por sus representantes parlamentarios- y conflictos obreros,
alentados por los burócratas sindicales que están relacionados a estos
sectores.
En los hechos, el plan de ajuste está colaborando con el
desarrollo de una resistencia cada vez más grande y diversa, que debilita al
gobierno, que, para ir a fondo con sus políticas, debe endurecerse y atacar las
libertades democráticas. Una muestra de esta dinámica es la inédita decisión de
limitarles a los periodistas el acceso a las informaciones relacionadas al
accionar de los funcionarios del ejecutivo.
Todo indica que, mucho más rápido de lo que la mayoría de los
analistas caracterizan, la combinación de todos estos factores provocará grandes
rebeliones obreras y populares, que, para triunfar, tendrán que contar con una
conducción dispuesta a ir hasta el fondo. Una nueva dirección, política y
sindical, que entienda que la bancarrota del capitalismo semicolonial no da
lugar a las viejas soluciones populistas.
Para salir de esta fenomenal crisis y resolver las demandas
elementales de la mayoría habrá que destruir a este sistema capitalista -cada
vez más inhumano- y reemplazarlo por otro basado en la cooperación y la
planificación socialista. Eso será posible con una revolución que imponga el
gobierno de los que nunca ejercieron el poder, los trabajadores y el pueblo
pobre, únicos interesados en cambiarlo todo.

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