Por Damián Quevedo
El
escándalo por la violencia de género ejercida por el ex presidente junto con
los videos filtrados -que superan por mucho las fiestas clandestinas en Olivos-
es algo más que un caso de violencia machista, ya que todo fue descubierto cuando
los jueces investigaban un caso de corrupción en los contratos de compañías de
seguros con el Estado.
Hay un conflicto político alrededor
de Alberto Fernández, eso es una obviedad. Hay un conflicto político en el
peronismo, que viene de una derrota muy importante y se ve sacudido por este
vendaval de escándalo ligado a una de las banderas que el kirchnerismo agitó
como principal: la bandera de género[1].
La filtración de fotos y videos es, a todas luces, una operación política, probablemente una revancha de antiguos socios enojados con Fernández, debido a los sectores patronales que dejó de lado, para hacer negocio con sus competidores. Es que, Alberto, tiene una larga experiencia en el manejo de contratos públicos para las grandes aseguradoras, una actividad muy lucrativa, que comenzó a desarrollar como funcionario del gobierno de Menem.
Este suceso es un golpe al hígado para un peronismo en decadencia, que viene de las denuncias por corrupción, como la que involucró a uno de los “niños mimados” de Cristina, el ex intendente de Lomas Insaurralde. A lo que se le han sumado reiteradas denuncias por abusos, perpetrados por personajes de la primera línea del PJ, como Alperovich y Espinosa.
Aunque se frotan las manos, los integrantes de la “casta” que hoy forman parte del gobierno libertario, no gozan de una mejor salud que los “nacionales y populares”, hoy en la oposición. El gobierno está en medio de un conflicto más que importante, debido a las visitas de varios de sus diputados a la cárcel, donde se entrevistaron con genocidas de primer nivel, como el ex capitán Alfredo Astiz.
Este sainete, al que nos tiene acostumbrados la política nacional, no sería relevante si no viniera acompañado de una de las peores crisis económicas de la historia reciente. En un estudio previo al informe del INDEC, una universidad privada reveló que la pobreza en la Argentina alcanzó al 50,5% de la población durante el primer semestre de 2024 y afecta más de 23.175.00 personas en todo el país[2].
Los
índices de desocupación y retroceso productivo ya alcanzaron niveles superiores
a los del 2020, en pleno encierro. En ese contexto, comenzó a moverse la clase
trabajadora, con algunas huelgas significativas, como la de los aceiteros, que
afecta a la principal industria argentina, la que más dólares podría aportarles
a las alicaídas arcas del gobierno, algo que no es tan sencillo, porque, a
nivel internacional, continúan cayendo los precios de la soja y demás comodities.
La huelga aceitera, las movilizaciones por Loan en Corrientes, estas acciones individuales en las estaciones de trenes y subte, forman parte de una resistencia que tiende a crecer, extenderse y radicalizarse, siguiendo el camino de las masas de Bangladesh, que acaban de tumbar a la primera ministra con una rebelión liderada por el estudiantado. Pareciera que, con ese país no nos une solo el amor por la selección de fútbol…

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