Lunes Negro, expresión bursátil de una recesión que avanza en un contexto que empuja hacia la guerra entre potencias
Por Damián Quevedo
Cada vez que Estados Unidos afronta un proceso de estancamiento de la economía o recesión, recurre a la suba de la tasa de interés, con el objetivo de atraer capitales mediante la emisión de bonos de la deuda de ese país. Por esa razón, en estos días, la FED -Reserva Federal o Banco Central- produjo el aumento más violento de estas en los últimos 40 años. Ahora viene el tsunami financiero y en EEUU perciben la posibilidad de entrar en recesión[1].
Aunque este ha sido el detonante de la caída de las bolsas del último “Lunes Negro”, el crack en cuestión fue el primero de lo que puede ser una serie de crisis financieras, que no serán más que expresiones bursátiles de la recesión que avanza en la economía real, la que se existe a partir de la producción de mercancías y de la que viven, en definitiva, los capitalistas.
Estas medidas de la FED también tienen su reflejo en las
disputas políticas entre los dos grandes partidos patronales. En ese marco, las
particularidades de la crisis en curso hace que algunos candidatos, como el
republicano Donald Trump, pretendan tomar el control de las tasas, que es una
atribución de la Reserva Federal, que, desde siempre, actúa como una
institución independiente del poder ejecutivo, para garantizar un funcionamiento
más “sano” del capitalismo yanqui.
El candidato republicano Donald Trump dijo que el presidente debería tener algo que decir sobre las tasas de interés y la política monetaria, una medida que iría en contra de la arraigada práctica de que la Reserva Federal de Estados Unidos sea independiente de los actores políticos[2]. Queda claro, que la recesión -parece que será prolongada- y la guerra comercial entre las grandes potencias, además de reducir mercados, golpea al régimen bipartidista, que afronta una crisis institucional inédita.
Estados Unidos no puede salir de la recesión si no encuentra nuevos mercados para destinar su producción. Esto no le resultará nada fácil, ya que China, que le disputa la hegemonía mundial, trata de hacer lo mismo, al igual que el resto de los competidores, como la Unión Europea, Japón o Rusia. Este es el elemento que hace que esta crisis -de sobre producción, como todas las anteriores-tienda a ser la peor de todas y la que más dure.
La economía estadounidense ya no cuenta con las reservas de fortaleza que la ayudaron a superar las recientes turbulencias. Las familias ya no disponen del colchón de dinero en efectivo acumulado durante la pandemia, ni de la demanda reprimida para gastarlo. Las empresas ya no tienen puestos de trabajo que cubrir ni estanterías que reponer[3].
A los yanquis y a los chinos no les queda otra que encarar, para superar esta situación dramática, una receta clásica, que la de destruir a sus rivales y hacerse de los mercados, fuerzas productivas y recursos de estos. ¡Eso se llama guerra, no comercial -como sucede en la actualidad- sino directa, o sea una confrontación militar de carácter tradicional, que, teniendo en cuenta la parafernalia bélica de ambos competidores, llevaría al mundo al borde de su propia destrucción!
Otro producto directo de este tipo de realidades es, como ha ocurrido siempre, es la irrupción del movimiento de masas, que, frente a los ajustes que debe sufrir y la debilidad de sus gobiernos, se rebela de manera revolucionaria, poniendo en jaque al sistema de explotación capitalista. La movilización de estudiantes y trabajadores de Bangladesh, que tumbó a la primera ministra de ese país, es una expresión clara y concreta de esa tendencia, que está desarrollándose en todos los continentes, y tiene a su vanguardia al heroico pueblo palestino.

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