viernes, 16 de agosto de 2024

Alberto y el resto de los políticos capitalistas, una casta de lúmpenes y timberos que defiende un sistema podrido y decadente

 

Por Damián Quevedo y Juan Giglio

No es posible comprender la decadencia y pauperización política de los partidos y la mayoría de los dirigentes patronales, sin tener en cuenta las transformaciones del capitalismo en las últimas décadas y la decadencia general de este sistema, del que ya no surgen grandes dirigentes o “estadistas”, como en el pasado. 

Para entender las causas de las conductas lúmpenes, como las de Alberto Fernández o Javier Milei, es necesario ir más allá de las explicaciones psicológicas y subjetivas. Estas no representan casos aislados, sino la norma del conjunto, el molde en el que se forjan todos los dirigentes, tanto del peronismo como el resto de los partidos que defienden al Capitalismo. 

Los políticos que representan -o tratan de representar- a la gran burguesía, siempre obtienen una parte de sus ganancias, como retribución por los servicios que cumplen para con los empresarios. Al mismo tiempo, los políticos profesionales utilizan al Estado para consumar sus propios negocios, las familias Kirchner y Macri son ejemplos paradigmáticos de esta práctica. 

Aunque esta casta existe desde que se crearon los Estados -para sostener con represión y engaños los privilegios de unos pocos que explotan a las mayorías- en los últimos tuvo lugar una transformación de las características de los representantes del capital. La existencia de dirigentes cada vez más hipócritas y corruptos, va de la mano de la decadencia general del Capitalismo, que se vuelve cada vez más violento e inhumano al calor de la crisis que lo empuja hacia el abismo.

Los nuevos dirigentes burgueses están tan podridos como este sistema y las instituciones que lo sostienen. Ya no existen políticos que piensen y proyecten a largo plazo, sino personajes que adquieren los usos y costumbres de los dueños del mundo, saqueadores inescrupulosos dispuestos a destruir el planeta para enriquecerse. ¡Para defender a estos piratas de la modernidad, hacen falta corsarios de la misma calaña!

No existen prácticamente diferencias entre los lacayos del capital, ya que todos cobran en la ventanilla de los imperialistas más poderosos, aquellos que, como Estados Unidos y China, están peleándose entre sí por lo que quede del planeta luego de sus guerras comerciales o directas. Por eso, en los hechos, las políticas económicas de Milei no difieren en nada de las que venían implementando los anteriores presidentes.   

En ese contexto, no es casual que una de las coincidencias visibles entre todos los políticos de la “casta”, sea su conducta lumpen, propia de arribistas dispuestos a todo con tal de ocupar su lugar al frente del Estado burgués. La moral de filisteos de los políticos tradicionales tiene que ver con una cuestión material bien concreta, la situación actual y dinámica del Capitalismo, que si no es destruido por la revolución acabará con todo. 

La concentración monopólica del Capitalismo, que describió Lenin varias décadas atrás, dio lugar al predominio del capital financiero, que es el de la timba. Por lo tanto, sus defensores no son otra cosa que timberos de pura cepa, como Caputo, Macri, Alberto, Cristina, Milei y compañía. No hay que olvidarse de las imágenes de Néstor Kirchner, que se estremecía frente a las cajas fuertes donde guardaba la “platita” ganada con sus curros.

Este proceso no es nuevo, comenzó a desarrollarse a fines del siglo XIX, pero se aceleró cualitativamente en las últimas décadas. En la actualidad se alimenta de la crisis y el estancamiento de las fuerzas productivas, situación que empuja a la burguesía a la búsqueda de salidas rápidas o inmediatas en el mercado financiero, creando burbujas construidas en base a capital ficticio, que explotan cada vez más seguido. 

En sus comienzos, e incluso en buena parte del siglo XX, el capital se reproducía y acumulaba a partir de una dinámica de reinversión constante y la búsqueda de nuevos mercados, que tiempos propios y se podían contabilizar en décadas. Los dirigentes que defendían a estos capitalistas estaban obligados, debido a estas circunstancias, a pensar en el largo plazo, una realidad que imponía ciertos criterios de seriedad que ahora, por la inmediatez de los grandes negocios, no abundan. 

La victoria, por sobre el resto de los burgueses de los dueños del capital financiero, cambió esta modalidad, dando lugar a personajes como Jordan Belfort, el ambicioso e inescrupuloso corredor de bolsa de la película el “Lobo de Wall Street” (imagen de arriba) personificado por el actor Leonardo DiCaprio, que, para ascender a niveles enormes de riqueza, utiliza métodos inmorales.

Este avance y profundización de la concentración y acumulación capitalista agotan las características progresivas que tuvo este sistema en sus épocas de esplendor. Ahora, se ha convertido en una maquinaria decadente y senil, que, para sobrevivir está obligado a destruir los recursos naturales y sociales de todo el planeta y a convertir a los presidentes de los países dependientes, como Argentina, en modernos virreyes de la recolonización. 

El capital financiero en el que intenta refugiarse la burguesía, tiene una característica propia que lo diferencia del que, en sus orígenes, crecía en base a la industria, porque necesita realizarse -obtener ganancias- de manera inmediata. Esa inmediatez, que impide que sus representantes políticos piensen en el largo plazo, es la que caracteriza y determina la conducta de todos políticos tradicionales.

Para acabar con estas lacras será necesario liquidar el caldo de cultivo en el que nacen, crecen y se desarrollan, el Capitalismo. Para eso hará falta una gran revolución que imponga el gobierno de los desposeídos, la clase trabajadora y el pueblo pobre, con la izquierda revolucionaria a la cabeza.  

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