Por Damián Quevedo
China es hoy la potencia imperialista que
le está disputando la hegemonía que los yanquis conquistaron luego de la
segunda guerra, a través de una guerra comercial, que, en cualquier momento,
puede convertirse en una guerra convencional.
La tendencia hacia ese tipo de
enfrentamientos es propia del capitalismo en los períodos de estancamiento.
Estas situaciones obligan a las potencias a pelearse entre sí, para ganar sus
respectivos mercados, para destinar la inmensa masa de mercancías sobrantes,
debido a la crisis de sobre producción.
Al no existir otros mercados para que las
multinacionales sigan expandiéndose y acumulando capital, las potencias
imperialistas, que son la expresión política de los grandes monopolios de sus
respectivos países y colonias, avanzan hacia mercados existentes.
Eso sucede entre China y EEUU, pero
también con el resto de las potencias europeas, que de conjunto se disputan
nuestro continente, que no solo posee las materias primas necesarias para
alimentar al capitalismo del “norte”. Además, posee, especialmente en Brasil y
Argentina, una clase obrera numerosa y calificada, cuya fuerza de trabajo es un
importante botín de guerra.
El sur del Río Grande fue considerado por
Estados Unidos como su patio trasero, a partir la pérdida de peso de Inglaterra.
Por eso, los yanquis no van a resignar perder este territorio -frente al avance
fenomenal de los capitalistas chinos- sin dar pelea. Así lo expresaron varios
funcionarios estadounidenses que viajaron en estos últimos días al país.
El aumento de la exportación del capital
chino se refleja en el nivel de la inversión productiva y en términos
financieros (bonos, préstamos, etc.). Como resultado de su inmenso proceso
rápido de acumulación de capital, el imperialismo chino acumuló también enormes
volúmenes de capital-dinero, que sus capitalistas necesitan mover, para que
rinda.
Esto se reflejó en un extraordinario
crecimiento rápido de sus reservas de divisas, que, de 165 mil millones de
dólares en el año 2000 pasaron a 305 mil millones en marzo de 2012. Tales
reservas son iguales a la suma combinada de los seis mayores poseedores de
reservas en moneda extranjera.
El Financial
Times indica que los bancos chinos se han convertido en
un actor financiero fundamental a la hora de prestarles dinero a los llamados
países en vías de desarrollo, superando en ese sentido al mismísimo Banco
Mundial.
Sin embargo, el capital chino no sólo avanza
dentro del mercado de préstamos y bonos, sino también a modo de inversiones en
el sector industrial y de materias primas. Los capitalistas chinos lograron
esto, debido a que tuvieron la posibilidad de encarar un proceso de acumulación
capitalista originaria muy particular, ya que, a diferencia de los procesos de
acumulación que vivió capitalismo de los siglos XVII y XIX, este fue impulsada
por la burocracia Estalinista, que se aprovechó del control dictatorial sobre
la enorme y súper explotada clase obrera china, para, de esa manera, conseguir
rindes excepcionales.
Ese impulso estatal, que tuvo lugar en el
marco de los durísimos planes de restauración capitalista, consolidó la
formación de una enorme masa de capitales privados ligados íntimamente a la
burocracia y las empresas estatales, que les dio un margen de maniobra a los
jerarcas chinos muy distinto al que tienen, por lo general, los capitalistas
occidentales.
El proceso de restauración capitalista en
los estados, falsamente denominados “socialistas”, que surgieron de las
revoluciones anticoloniales del siglo XX, ya casi no es discutido por ningún
partido de izquierda, salvo algunos nostálgicos, que todavía afirman que, tanto
en Cuba, como Corea del norte, China e incluso Rusia, existe el Socialismo.
Independientemente del hecho de que la
economía interna de China está desarrollada de manera desigual y que su
productividad laboral está por debajo de la de las antiguas potencias
imperialistas occidentales, su desarrollo productivo y financiero juega un
papel dominante en la economía mundial.
Según los últimos datos, esta potencia
es, hoy por hoy, el corazón de la producción de valor capitalista global. Si
para el año 2019 representaba el 28,7 % de la producción manufacturera mundial,
apenas un año después, en 2020, estos números crecieron, llegando al 31,3 %,
casi el doble de los Estados Unidos, que ocupa el segundo lugar en ese rubro,
con un 16,8%.
Este análisis demuestra que China no es,
frente a los Estados Unidos, una alternativa “progresista”, sino otro monstruo
imperialista, que, al igual que todos los imperialismos, no busca la felicidad
de los pueblos, sino la posibilidad de explotarlos y de saquear sus recursos,
para enriquecer a los capitalistas que sostienen a esta nueva y enorme
potencia.
Los trabajadores y los pueblos deben, por
lo tanto, luchar por la liberación nacional, sacándose de encima a todos los
imperialistas, ya que con ellos dominando a nuestros gobiernos, no habrá manera
de industrializar al país, que es la base del enriquecimiento colectivo. La
nueva independencia nacional ya no vendrá de la mano de los viejos patriotas,
que jugaron un papel revolucionario en su tiempo, sino de la clase trabajadora,
con la izquierda socialista a la cabeza.
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