lunes, 18 de marzo de 2024

Gobierno, políticos patronales, burócratas, policías, jueces, curas y pastores ¡Son todos narcos!


Por Nata Pé y Damián Quevedo 

Capitalismo, burocracia y narcotráfico 

La crisis con las bandas narco en Rosario abrió el debate sobre el crimen en la sociedad actual y las formas de combatirlo. Este gobierno, como el anterior, recurrieron al refuerzo de las fuerzas represivas, con el envío de tropas federales y partidas de dinero para la provincia de Santa Fe. Toda esa política resultó inútil, como lo demuestra el crecimiento de estas bandas y la escalada de violencia reciente.

El tráfico ilegal de drogas es ni más ni menos que otro negocio capitalista, la cocaína en particular es una de las herramientas predilectas de las patronales para aumentar la productividad y la hiper explotación de los obreros, como sucede con los choferes de larga distancia o en muchas fábricas.

La ilegalidad relativa del negocio de las drogas, relativa porque en general es de público conocimiento donde funcionan los centros de producción, alimenta a la vez otras ramas marginales de la producción capitalista, como la venta de armas, también relativamente ilegal, que contribuye al desarrollo de nuevos ciclos de acumulación capitalista.

Este entramado de producción no existe, no puede existir, al margen del Estado o de parte del mismo. No hay tráfico de drogas sin la liberación de zonas por parte de la policía ni de la connivencia de jueces y funcionarios públicos del más alto nivel.

El crimen descarga al mercado de trabajo a una parte de la superpoblación sobrante, reduciendo así la competencia entre los trabajadores y poniendo coto hasta cierto punto a la baja del salario. Al mismo tiempo, la lucha contra la delincuencia absorbe a otra parte de la misma población. 

La existencia de estas bandas, y, en particular, del narcotráfico, impulsa el desarrollo de la producción y el comercio legal de armas para las fuerzas represivas y de todo tipo de artefactos destinados a la vigilancia, como cámaras o drones. Existe toda una industria que se retroalimenta de esta situación, del crimen y la violencia, del tráfico de drogas y la trata de personas, todas estas son ramas de la producción capitalista.

Esta es la premisa de su existencia, es por eso que esperar que quienes defienden al capitalismo, el mismo Estado que sostiene este modo de producción, combata de forma consecuente a estas bandas de capitalistas, es lisa y llanamente una ilusión.

El tráfico de drogas, una cuestión atravesada por el género

El narcotráfico marginaliza al menos a cuatro grupos de mujeres: las que trafican al menudeo, las que están en las cárceles, las que consumen y aquellas referentes/madres de niñas y jóvenes que permanecen en centros de recuperación. La comunidad travesti-trans (sumado a un gran número de mujeres cis) también es empujada al consumo de la cocaína para sobrellevar los efectos del ejercicio de la prostitución.

Si bien la cifra de detenciones arroja un número significativamente mayor en la población de varones, debido a sus posiciones de liderazgo y visibilidad dentro del mercado, la ilegalidad de la cocaína arrastra a las mujeres a un mayor riesgo dentro de esos mismos centros de detención. Allí son separadas tempranamente de sus hijos y deben sobrevivir forzosamente al abuso sexual como mecanismo para negociar más ingreso de drogas, sobre todo en penales mixtos.

Las iglesias al servicio del narcoestado

Las iglesias se reparten la torta que cocina la ilegalidad junto con el gobierno, los jueces y las corporaciones. A pesar de que condenan públicamente lo que acontece en Rosario, las iglesias se sirven de las consecuencias que deja el consumo en la sociedad, ya que organizan políticas de "integración" de los fieles en situación de consumo.

Estas instituciones de “ayuda” a las víctimas de los narcos, terminan siendo grandes pantallas para el lavado de dinero, como fue el caso de la Iglesia Universal del reino de Dios en 2017. El traspaso de fondos de los gobiernos patronales a las iglesias en concepto de contención no está documentado.

La farsa de Milei y su propaganda sobre la libre tenencia de armas

De acuerdo a como se viene desarrollando la situación, Milei bien podría sacar a relucir su tan aclamada campaña por la “liberación de armas”, como manera práctica de combatir, en este caso, al narcotráfico en Rosario. No olvidamos que en marzo de 2023 los vecinos de la provincia vecina se organizaron para reventar bunkers de narcos tras el asesinato de Máximo, un nene de 11 años y luego hicieron lo mismo en la localidad de La Matanza.

Sin embargo, lejos de impulsar esta línea, Milei tomó la decisión de fortalecer el monopolio estatal de la violencia, dado que cualquier promoción de la autodefensa colectiva podría hacer tambalear su gobierno, que está cada vez más debilitado. Promover asambleas en todas partes, que tomen en sus manos el problema del tráfico de drogas (los vecinos conocen cada punto de venta y sus referentes) dinamitaría sin dudas las bases sobre las que se sostiene el narcoestado y todos sus cómplices.

Es por eso que, tanto los liberales del gobierno nacional como los progres del peronismo de la provincia de Buenos Aires, recurren una y otra vez al incremento de tropas y presupuesto para reprimir a las bandas narco. De esa manera, esta gente contribuye al incremento de las ganancias de aquellas empresas que producen y proveen al Estado de armas y artefactos de vigilancia, y, de manera indirecta, al fortalecimiento de los narcos.

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