Por Nata Pé y Damián Quevedo
Capitalismo, burocracia y narcotráfico
La crisis con las bandas narco en Rosario abrió el debate
sobre el crimen en la sociedad actual y las formas de combatirlo. Este
gobierno, como el anterior, recurrieron al refuerzo de las fuerzas represivas,
con el envío de tropas federales y partidas de dinero para la provincia de
Santa Fe. Toda esa política resultó inútil, como lo demuestra el crecimiento de
estas bandas y la escalada de violencia reciente.
El tráfico ilegal de drogas es ni más ni menos que otro
negocio capitalista, la cocaína en particular es una de las herramientas
predilectas de las patronales para aumentar la productividad y la hiper
explotación de los obreros, como sucede con los choferes de larga distancia o
en muchas fábricas.
La ilegalidad relativa del negocio de las drogas, relativa
porque en general es de público conocimiento donde funcionan los centros de
producción, alimenta a la vez otras ramas marginales de la producción
capitalista, como la venta de armas, también relativamente ilegal, que
contribuye al desarrollo de nuevos ciclos de acumulación capitalista.
Este entramado de producción no existe, no puede existir, al
margen del Estado o de parte del mismo. No hay tráfico de drogas sin la
liberación de zonas por parte de la policía ni de la connivencia de jueces y
funcionarios públicos del más alto nivel.
El crimen descarga al mercado de trabajo a una parte de la
superpoblación sobrante, reduciendo así la competencia entre los trabajadores y
poniendo coto hasta cierto punto a la baja del salario. Al mismo tiempo, la
lucha contra la delincuencia absorbe a otra parte de la misma población.
La existencia de estas bandas, y, en particular, del
narcotráfico, impulsa el desarrollo de la producción y el comercio legal de
armas para las fuerzas represivas y de todo tipo de artefactos destinados a la
vigilancia, como cámaras o drones. Existe toda una industria que se
retroalimenta de esta situación, del crimen y la violencia, del tráfico de
drogas y la trata de personas, todas estas son ramas de la producción
capitalista.
Esta es la premisa de su existencia, es por eso que esperar
que quienes defienden al capitalismo, el mismo Estado que sostiene este modo de
producción, combata de forma consecuente a estas bandas de capitalistas, es
lisa y llanamente una ilusión.
El tráfico de drogas, una cuestión atravesada por el
género
El narcotráfico marginaliza al menos a cuatro grupos de
mujeres: las que trafican al menudeo, las que están en las cárceles, las que
consumen y aquellas referentes/madres de niñas y jóvenes que permanecen en
centros de recuperación. La comunidad travesti-trans (sumado a un gran número
de mujeres cis) también es empujada al consumo de la cocaína para sobrellevar
los efectos del ejercicio de la prostitución.
Si bien la cifra de detenciones arroja un número
significativamente mayor en la población de varones, debido a sus posiciones de
liderazgo y visibilidad dentro del mercado, la ilegalidad de la cocaína
arrastra a las mujeres a un mayor riesgo dentro de esos mismos centros de
detención. Allí son separadas tempranamente de sus hijos y deben sobrevivir
forzosamente al abuso sexual como mecanismo para negociar más ingreso de
drogas, sobre todo en penales mixtos.
Las iglesias al servicio del narcoestado
Las iglesias se reparten la torta que cocina la ilegalidad
junto con el gobierno, los jueces y las corporaciones. A pesar de que condenan
públicamente lo que acontece en Rosario, las iglesias se sirven de las
consecuencias que deja el consumo en la sociedad, ya que organizan políticas de
"integración" de los fieles en situación de consumo.
Estas instituciones de “ayuda” a las víctimas de los narcos,
terminan siendo grandes pantallas para el lavado de dinero, como fue el caso de
la Iglesia Universal del reino de Dios en 2017. El traspaso de fondos de los
gobiernos patronales a las iglesias en concepto de contención no está
documentado.
La farsa de Milei y su propaganda sobre la libre tenencia
de armas
De acuerdo a como se viene desarrollando la situación, Milei
bien podría sacar a relucir su tan aclamada campaña por la “liberación de armas”,
como manera práctica de combatir, en este caso, al narcotráfico en Rosario. No
olvidamos que en marzo de 2023 los vecinos de la provincia vecina se
organizaron para reventar bunkers de narcos tras el asesinato de Máximo, un
nene de 11 años y luego hicieron lo mismo en la localidad de La Matanza.
Sin embargo, lejos de impulsar esta línea, Milei tomó la
decisión de fortalecer el monopolio estatal de la violencia, dado que cualquier
promoción de la autodefensa colectiva podría hacer tambalear su gobierno, que
está cada vez más debilitado. Promover asambleas en todas partes, que tomen en
sus manos el problema del tráfico de drogas (los vecinos conocen cada punto de
venta y sus referentes) dinamitaría sin dudas las bases sobre las que se
sostiene el narcoestado y todos sus cómplices.
Es por eso que, tanto los liberales del gobierno nacional
como los progres del peronismo de la provincia de Buenos Aires, recurren una y
otra vez al incremento de tropas y presupuesto para reprimir a las bandas narco.
De esa manera, esta gente contribuye al incremento de las ganancias de aquellas
empresas que producen y proveen al Estado de armas y artefactos de vigilancia,
y, de manera indirecta, al fortalecimiento de los narcos.

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