Por Damián Quevedo
El presidente argentino sorprendió en Davos, con un
relato fantástico sobre las maravillas del libre mercado, aunque este discurso,
que cautivó a una porción significativa del electoral argentino, no causó la
misma impresión en un auditorio compuesto por algunos de los principales
representantes del capitalismo imperialista.
Estupor y
sorpresa. Esas palabras pueden calificar la reacción de los asistentes a la
conferencia que dio el presidente Javier Milei en el Foro Económico de Davos
esta tarde, sobre todo cuando listó lo que, a su juicio, son los enemigos de la
libertad.
“Todos. No hay
diferencias sustantivas. Socialistas, conservadores, comunistas, fascistas,
nazis, social-demócratas, centristas. Son todos iguales. Los enemigos son todos
aquellos donde el Estado se adueña de los medios de producción”, dijo, dejando
con la boca abierta a la audiencia.[1].
El relato libertario tiene mucho del manual básico del
populismo, como la necesidad de fabricar un enemigo que ayude a justificar los
males sufridos por la mayoría. El kirchnerismo lo hizo con Clarín y Macri, aunque
con mucha más eficiencia, porque, al menos, esos rivales existían, no como los
molinos de viento que atacó Milei, de manera quijotesca.
En ese sentido, la esencial fantástica del relato presidencial,
es que el mercado, que “no tiene fallas”, funciona maravillosamente bien si se
corre al Estado del mismo. Un funcionamiento, que, según Milei, permitiría
satisfacer las necesidades de la mayoría, gracias a la venta de productos mejores
y más baratos.
Estos planteos ocultan toda la historia económica y
social desde el origen mismo del modo de producción capitalista, que nació manchado
de sangre y dejó de lado la libre competencia -hace mucho tiempo- para imponer
el reino de los monopolios, que son los que imponen, gracias a su dominio del
mercado, qué y cómo se produce.
… una vez que el régimen capitalista de producción se mueve ya por sus
propios medios, el rumbo ulterior de la socialización del trabajo y de la
transformación de la tierra y demás medios de producción en medios de
producción explotados socialmente, es decir, colectivos, y, por tanto, la
marcha ulterior de la expropiación de los propietarios privados, cobra una
forma nueva. Ahora, ya no se trata de expropiar al trabajador independiente,
sino de expropiar al capitalista explotador de numerosos trabajadores.
Esta
expropiación la lleva a cabo el juego de las leyes inmanentes de la propia
producción capitalista, la centralización de los capitales. Cada capitalista
desplaza a otros muchos... Conforme disminuye progresivamente el número de
magnates capitalistas que usurpan y monopolizan este proceso de transformación,
crece la masa de la miseria, de la opresión, de la esclavización, de la
degeneración, de la explotación… El monopolio del capital se convierte en
grillete del régimen de producción que ha crecido con él y bajo él. La
centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo
llegan a un punto en que se hacen incompatibles con su envoltura capitalista. capitalista.[2]
Esta centralización y concentración del capital llevó
al sistema a abandonar la libre competencia, que incluso en el siglo XIX era
relativa, ya que incluso en el período de nacimiento del capital, cuando todos
los gobiernos burgueses cantaban loas al libre mercado, estos mismos gobiernos
promulgaban leyes proteccionistas, en beneficio de los capitalistas de esas
naciones.
Surgió así, a fines del siglo XIX y comienzos del XX,
la era de los grandes monopolios capitalistas y del dominio del capital
financiero. Esta nueva fase no apareció por la decisión de uno u otro gobierno
contrario a la libertad de mercado, sino por el propio desarrollo, por la
dinámica de concentración capitalista en la cual unas empresas eliminan a
otras.
En este proceso el Estado jugó y sigue jugando un
papel crucial, no como enemigo del capital, sino como su principal herramienta
para expandirse y copar mercados destruyendo competidores. Las guerras imperialistas
llevadas adelante por ejércitos armados por poderosos Estados confirman esa regla,
vital para el funcionamiento del capitalismo imperialista.
Milei lo sabe, porque, con Patricia Bullrich como
ejecutora, trata de fortalecer el aparato represivo estatal para cumplimentar
otra de sus finalidades: la represión y el amedrentamiento de la clase obrera, para
que aumente su productividad, con salarios más bajos y la imposición de pautas
draconianas de precarización y flexibilización laboral.
Esto lo saben los capitalistas que fueron a Davos y quienes
conforman el actual gobierno argentino, que compitieron en las elecciones para
hacerse cargo de ese Estado que dicen repudiar, ya que, al igual que el resto
de la burguesía, lo necesitan para defender y acrecentar sus negocios.
Por eso, lo que existe realmente detrás del delirante
discurso de Milei contra el “comunismo estatista”, es el intento de llevar
adelante una gran cruzada contra los trabajadores, con el propósito claro y
evidente de aplastar sus salarios e imponerles y aumentar, de manera
cualitativa, sus niveles de explotación.
El capitalismo, que está atravesando una crisis
fenomenal, pretende ser salvado por sus representantes, no a través del libre
mercado, sino con la imposición de medidas antiobreras y regulaciones más
fuertes -a favor de ciertos monopolios- impuestas por los Estados que triunfen
en esta gran guerra comercial que embarga al mundo, que, día a día, tiende a
convertirse en guerra convencional.
Para salir de esa situación, lejos de seguir las
recomendaciones de Milei, será necesario acabar con el capitalismo, con una
revolución social que dé lugar al surgimiento de gobiernos conducidos por el
único sector capaz de romper con la lógica perversa y destructiva de este
sistema, que, de continuar, llevará al mundo a la barbarie.

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