Por Juan Giglio
La movilización en Congreso de diciembre de 2017 -contra
la reforma jubilatoria- sucedió dentro de un contexto de ascenso mundial de las
luchas, que tuvo explosiones muy radicalizadas, como las rebeliones de Colombia
y Chile o la movilización de los Chalecos Amarillos franceses.
La clase obrera gala entró en huelga contra la reforma
en las pensiones de Macron y miles ganaron las calles en Estados Unidos contra
el “gatillo fácil” yanqui, luego de la muerte de George Floyd. No casualmente, en
esa misma época se conquistó la ley del aborto en Argentina.
La burguesía respondió este pico revolucionario con
una política inédita, las cuarentenas o confinamientos “sanitarios”. Desde un
centro coordinador de la contrarrevolución, la OMS, los grandes capitalistas
exageraron las consecuencias de la pandemia, para asustar y desmovilizar al
movimiento de masas.
Aunque hicieron retroceder la movilización durante un
tiempo, no pudieron aplastarla, ya que las masas, a partir de 2021, volvieron a
pelear. Una expresión de este cambio en la dinámica del conjunto ocurrió en
China, donde millones enfrentaron e hicieron retroceder la política de Covid
Zero de la burocracia stalinista, que impuso confinamientos draconianos.
El ascenso revolucionario que los capitalistas
frenaron momentáneamente en 2020, resurge y comienza a dar sus primeros pasos.
Las marchas y otras acciones contra la masacre de Gaza, que están teniendo lugar
en todas las capitales del mundo, constituyen la avanzada de este nuevo ascenso
mundial de la clase trabajadora y los pueblos oprimidos.
El empuje de esta gran lucha antiimperialista hará
explotar rebeliones mucho más fuertes que las que venían desarrollándose antes
de la pandemia. La clase trabajadora, que no sufrió ninguna derrota histórica, estará
al frente de estos nuevos combates contra los planes de ajuste que están
implementando todos los gobiernos burgueses.
La crisis económica y política del sistema capitalista
es tan profunda y generalizada, que a los de arriba no les queda casi ningún
margen para otorgar concesiones. En Argentina, todo esto se combina con el rompimiento
generalizado de la clase obrera con el peronismo, ruptura que se materializó a
través del voto a Milei.
El triunfo de este personaje, que no oculta sus
ambiciones reaccionarias, no significa ningún cambio negativo en la relación de
fuerzas entre las clases. La clase obrera lo utilizó como herramienta de
castigo, pero no le dio ningún cheque en blanco. Cuando termine de darse cuenta
que el ajuste no era contra “la casta” sino en contra suyo, saldrá a pelear y
empalmará con el ascenso que se está produciendo a nivel general.
La ruptura con el peronismo, que aún controla los
principales sindicatos e internas, puede dar lugar a procesos de
autoorganización, parecidos o aún superiores a los de 2001, en el interior de los
lugares de trabajo y los barrios, como las asambleas populares que los vecinos
organizan cada vez que salen a reclamar contra los cortes de luz o la
inseguridad.
El debilitamiento del control estatal y la burocracia sindical
peronista, favorece el surgimiento de mecanismos democráticos de base. Una
expresión de vanguardia de esta dinámica es la que comenzó a desarrollarse alrededor
de los cacerolazos o ruidazos, organizados por la izquierda o sectores del
kirchnerismo.
El activismo combativo debe participar en las acciones
callejeras contra el DNU y la Ley “Ómnibus” de Milei, tratando de arrastrar a
sus compañeros y compañeras de trabajo, ya que si este proceso asambleario crece
y se extiende se trasladará al interior de sus estructuras laborales, haciendo
tambalear a la burocracia sindical, que es enemiga de la democracia directa.
En las asambleas obreras y populares hay que proponer que se comience a construir un Centro Coordinador de la Resistencia, que discuta y resuelva lo que niegan los dirigentes traidores: las medidas de lucha del conjunto para derrotar al ajuste y un programa obrero y popular alternativo que lo reemplace.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario