Por Damián Quevedo
El 1 de enero de 1959 se produjo un hecho que
conmocionó a todo el mundo: el Movimiento 26 de julio y el ejército rebelde,
junto a las masas trabajadoras de Cuba, derrocaron a la dictadura de Fulgencio
Batista y comenzaron la primera revolución socialista en América Latina.
Este proceso no fue un rayo en cielo despejado, sino
que fue parte de un ascenso de las luchas de los países y naciones oprimidas
contra el imperialismo y el colonialismo, no solo en América Latina, sino en
todo el denominado Tercer Mundo.
Los dirigentes del proceso revolucionario,
provenientes de las capas medias y la intelectualidad adhirieron, no sin
contradicciones, al modelo de la burocracia de la URSS, aunque en los hechos
cuestionaron aspectos centrales de la política del estalinismo, como la
coexistencia pacífica de la pos guerra.
Para eso, el castrismo impulsó la revolución en el
resto del tercer mundo, trasladando la experiencia propia de la guerrilla, este
impulso de plasmó centralmente en la acción del Che Guevara en África y en
América Latina y en la construcción de la Organización Latinoamericana de Solidaridad
(OLAS).
Este contexto ayudó a que el nuevo Estado cubano no
tuviera en sus comienzos, las peores características contrarrevolucionarias del
estalinismo en la URSS. Sin embargo, la ausencia de organismos democráticos de autoorganización
de las masas cubanas, sumado al atraso de sus fuerzas productivas y el
retroceso de las luchas antiimperialistas, facilitó el retroceso y posterior
burocratización del proceso revolucionario cubano.
Esto dio lugar a una gradual restauración capitalista,
que tuvo saltos cualitativos en el llamado “Período Especial”, luego de la
caída de la burocracia soviética y en las últimas décadas, con la aceleración
de las inversiones extranjeras, primero de capitales europeos y luego, a través
de un fuerte ingreso del imperialismo chino.
La revolución cubana, a diferencia de las que tuvieron
lugar en China y Rusia, no sentó las bases para el desarrollo de una revolución
democrática, que fundamentalmente es la liberación e impulso de las fuerzas
productivas. Esta situación permitió que Rusia y China pasaran de países
semicoloniales a potencias imperialistas, con un gran crecimiento de sus
respectivos proletariados, que, antes de la revolución, eran minoritarios en
países con una enorme composición campesina.
Cuba no logró avanzar en ese sentido, por esa razón pasó
del primer impulso revolucionario -con la expropiación de las propiedades
burguesas y estatización general de la economía- a la restauración capitalista,
manteniendo casi las mismas condiciones que antes de 1959. Aunque en la isla se
mantienen ciertas conquistas sociales que no existían en la época de Batista,
continúa siendo una semicolonia, con fuerte presencia de imperialistas
europeos, chinos y rusos.
La próxima etapa de la revolución cubana tendrá que barrer con la actual burocracia que gobierna el país, romper los lazos con todas las potencias imperialistas, y, en ese marco, desarrollar en serio su economía y promover lo que pretendía el Che Guevara, que murió por esa razón: la extensión del proceso revolucionario en todo el continente.

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