Por Juan Giglio
Durante los 70, la burguesía necesitaba los servicios del general Juan Domingo
Perón para frenar la marea clasista de los obreros y las obreras en lucha, una
tendencia que cuestionaba el dominio de los sindicatos por parte de la podrida
burocracia sindical peronista. El Cordobazo, construido unitariamente por
trabajadores y estudiantes dio lugar a una nueva relación de fuerzas entre las
clases que se extendió desde la provincia mediterránea hasta el corazón mismo
del proletariado del conurbano bonaerense.
Por esa razón, luego de la vuelta de Perón en 1973, se concretó el “Pacto
Social”, de manera de atar a la clase trabajadora al carro de la decadente
burguesía “nacional”, evitando que desborde los diques de contención
burocráticos. Sin embargo, en poco tiempo buena parte de los obreros se dieron
cuenta de que Perón, junto a su “amigo” Balbín - el capo de la UCR - se habían
unido con un objetivo reaccionario muy claro: hacer recaer la crisis sobre
las espaldas de los/as de abajo, para lo cual en 1975 se suspendieron las
negociaciones colectivas y congelaron los salarios.
Con la “tregua” social a su favor, la patronal sintió que tenía las manos
libres para despedir a los trabajadores/as. Mientras tanto, la Ley de
Asociaciones Profesionales le garantizaba el control de los gremios por parte
de sus aliados estratégicos, los burócratas sindicales peronistas. Llegó a ser
tan grande el prestigio del viejo caudillo, que muchos obreros de vanguardia
decían que “el Viejo venía para hacer la Revolución Socialista”. Sin
embargo, a contrapelo de estas ilusiones, el durísimo Plan de Ajuste hizo
crecer el descontento de los obreros, empujándolos a la lucha.
Esta situación, que se desarrollaba dentro de un contexto internacional
favorable para la clase obrera, fue la base sobre la cual se comenzó a
organizar y ganar fuerza el clasismo, que le permitió a la izquierda
revolucionaria ganar una excelente ubicación en batallones de vanguardia del
movimiento obrero, conquistando comisiones internas de fábricas y algunos sindicatos.
Al mismo tiempo aparecía y se extendía una cantidad enorme de activistas
combativos independientes que miraban con simpatía las ideas del Socialismo y
la Revolución.
El plenario de Villa y la Coordinadora Nacional
En marzo de 1974, durante el Plenario de Villa Constitución convocado
por la UOM de esa región con el propósito de celebrar su triunfo
contra la burocracia, se hizo presente la mayoría de las organizaciones de
izquierda, como el PRT/El Combatiente, Vanguardia Comunista, PCR, FAS, PST, Política
Obrera y otras. También participaron dirigentes sindicales de la talla de
Tosco, Salamanca, Suffi, Bizi -referentes importantes del Cordobazo -
Piccinini, etc.
La reunión de marras generó un debate acalorado alrededor de la necesidad o no
de encarar la construcción de una coordinadora nacional para apoyar los
conflictos y garantizar la autodefensa de los mismos contra la burocracia y los
grupos de choque de la Triple A comandada por López
Rega. La delegación del PST, junto a otros grupos menores, propuso
poner en pie un organismo de esas características. A pesar de que la propuesta
fue rechazada por el resto de las organizaciones y dirigentes, la moción
afirmativa obtuvo el 40% de los votos, expresando una tendencia muy potente
dentro del activismo combativo.
La oposición a esta política se expresó en una consigna cantada por el
activismo ligado a las organizaciones guerrilleras, a Piccinini y otros
sectores: ¡No rompan más las bolas con la Coordinadora! No haber formalizado la
construcción de este organismo de autoorganización sindical y política de la
clase trabajadora, constituyó un error fatal para el activismo radicalizado y
el proletariado de conjunto, ya que en los hechos fortaleció a la burocracia,
que desarmó política y organizativamente al movimiento obrero frente al golpe
de estado que ya se venía gestando.
La gran ofensiva contra la clase obrera
Con la muerte de Perón, producida el 1° de julio de 1974, asumió la conducción
del país Isabel Martínez de Perón o “Isabelita”, que profundizó el ataque
contra las condiciones laborales del movimiento obrero. Por esa razón, a
principios de 1975 la resistencia contra el ajuste y el “Pacto Social” pasarían
a transformarse en la tarea central de los trabajadores/as. En ese
contexto y en los hechos, comenzaron a coordinarse las comisiones
internas a través de delegados/as y activistas que buscaban
canales propios de expresión de la protesta, entendiendo que era la mejor
manera de enfrentar ese verdadero pacto de hambre y explotación que creó Perón y
se llevó a fondo durante el gobierno de Isabel y López Rega.
El rechazo a los planes del gobierno y la movilización obrera dieron un salto a
partir del proceso de consolidación de las coordinadoras fabriles que
comenzaron a nuclear a las fábricas de distintos gremios de cada zona o región,
como las Coordinadoras de Zona Norte, Sur y Oeste -La Matanza- La
Plata y Ensenada. En la Capital Federal se crearon la
Coordinadora del Transporte -subtes e interlíneas de colectivos- y la de Capital
Norte, organizada alrededor de Graba, una fábrica textil que empleaba a más de
cuatro mil obreros.
Algunas empresas importantes que formaron parte de estas Coordinadoras fueron:
Ford, los Astilleros Ascarza, Editorial Abril, General Motors, Peugeot, el
Frigorífico Swift, Propulsora Siderúrgica, Fiat, Rigolleau, Mercedes
Benz, Alpargatas, Del Carlo, Aceros Johnson, Saiar, Rodhia, Deca, Citroen,
Wobron, etc. También había sectores de los bancarios y docentes. Estos últimos
venían de organizar, un año atrás, la CTERA. ¡Así fue que esta forma
organizativa continuó extendiéndose!
14250 o Paro Nacional…
El 4 de junio de 1975 asumió como Ministro de Economía Celestino Rodrigo, en
momentos en que la burocracia trataba de negociar con el gobierno sin tener que
convocar a la huelga general. ¡Pero Isabelita se mantenía
inflexible! Varios gremios, como el SMATA, UOM, UOCRA o textiles
lograron aumentos que superaron el 100%, en el marco de una inflación del 170
%. Frente a esta situación el gobierno anuló los acuerdos y otorgó un aumento
por decreto del 40%.
El decretazo de Isabelita provocó la explosión de los trabajadores/as, en el
marco de la intensificación de las movilizaciones obreras, que seguían
desarrollándose en forma independiente de la conducción burocrática de los sindicatos. Las
grandes fábricas pararon el 27 de junio y, desde entonces, se sucedieron
diariamente movilizaciones para exigirle a la burocracia peronista que
convocara al paro general hasta lograr la homologación de los convenios
anulados por el decreto presidencial.
Las marchas organizadas y dirigidas por las coordinadoras, acompañadas por
miles se concentraban frente al viejo edificio de la CGT de calle
Azopardo, mientras que desde las escalinatas de la Facultad de
Ingeniería los activistas denunciaban el plan del gobierno y la necesidad de la
huelga general por tiempo indefinido hasta hacerlo caer. La exigencia era
“¡Aplicación de la Ley de Paritarias -14.250- o paro nacional!” El
plan de lucha que se estaba desarrollando en los hechos tomó colocó a esta
consigna en el centro de sus reivindicaciones.
El 3 de julio las coordinadoras llamaron a una gran movilización hacia la Plaza
de Mayo levantando consignas tales como “Abajo Isabel, López Rega y Rodrigo” y
“Homologación de los Convenios”. El gobierno ordenó la represión. La
policía atacó la columna de 15.000 compañeros y compañeras de la Zona
Norte en Panamericana y General Paz. La Coordinadora de Zona Sur, con
7.000 manifestantes, se enfrentó con la policía en el viejo Puente Pueyrredón,
mientras que en Capital más de dos mil obreros de los turnos mañana y tarde
fueron gaseados en las puertas de Grafa.
La represión dejó más de un centenar de trabajadores detenidos. No
obstante esto, la movilización obrera se mantuvo y se extendió. La burocracia,
atenazada por la intransigencia del gobierno y las crecientes luchas obreras y
sus organismos -que la dinámica estaba transformando en un verdadero “poder
dual”- declaró una huelga general de 48 horas, el 7 y 8 de ese mes.
La movilización se transformó en multitudinaria, llegando a más de 100.000
trabajadores/as en Plaza de Mayo. A las 36 horas de convocado el paro, el
gobierno se vio obligado a dictar la homologación de los
convenios. Unos días después, el 11 y el 18 de julio
respectivamente, cayeron el Ministro de Bienestar Social José López Rega -el
huido jefe de la Triple A- y el ministro de Economía Celestino Rodrigo… un
triunfo de la lucha obrera independiente.
La fatal ausencia de la Coordinadora Nacional
Durante estos días de ascenso obrero algunos de los métodos de lucha más
utilizados para alcanzar las reivindicaciones reclamadas por las bases -tanto
las “económicas” como las más “políticas”- fueron la ocupación de fábricas -
incluso en ocasiones con rehenes-; la autodefensa; el ausentismo; la baja
deliberada de la productividad; las huelgas de brazos caídos (1); el trabajo a
tristeza (2); las huelgas solidarias, etc.
Es importante señalar, por las enseñanzas que implican para el presente,
que en las coordinadoras se expresaban libremente todas las corrientes
políticas combativas y revolucionarias. También, que este proceso
marcó el inicio de una transición hacia formas nuevas de organización de los
trabajadores/as, ya que se estaba incubando un verdadero poder dual (3) que de
contenido cuestionaba la institucionalidad burguesa.
Sin embargo el grave problema de las coordinadoras fue la ausencia de un
organismo centralizador de las mismas, o Coordinadora Nacional, que el PST y un
sector del activismo había reclamado en el Plenario de Villa Constitución. Esa
ausencia fue fatal, ya que la clase trabajadora quedó totalmente desarmada
frente al Golpe de Estado que comenzaba a organizar la burguesía frente al
fracaso del gobierno “democrático” de Isabel y compañía.
Cuando los milicos asumieron el poder los trabajadores no tenían una
coordinación nacional para enfrentarlos ni organismos de autodefensa efectivos
para frenar la tremenda represión que asesinó a miles. La burocracia - que
atacó deliberadamente cualquier posibilidad de construcción de este órgano de
coordinación nacional - y la izquierda guerrillerista - que mocionó en contra
en el Plenario de Villa Constitución - boicotearon la formación de la
Coordinadora Nacional.
Estos sectores - obviamente que por diferentes motivos e
intenciones - le quitaron a la clase trabajadora la posibilidad de contar con
un gran organismo de coordinación nacional de las luchas, una ausencia que
significó un retroceso enorme en la relación de fuerzas entre las clases en
este país. Más allá de este balance, el proceso de desborde de los
“cuerpos orgánicos” tradicionales de la burocracia, llevado a cabo por los
trabajadores/as durante la década del setenta debe ser un ejemplo para la nueva
vanguardia obrera que se está poniendo al frente de los conflictos.
Para enfrentar con éxito el plan de ajuste y saqueo que hoy aplican los
continuadores del peronismo de los 70, debemos rodear de solidaridad a todas
las luchas, instalando entre sus bases la necesidad de que se construyan y desarrollen
las asambleas y que estas se coordinen entre sí. La coordinación sindical y
política es una herramienta que la clase obrera creó luego de años de
experiencia, una metodología que va de la mano de la toma de fábricas, los
bloqueos, los piquetes de autodefensa, el fondo de huelga, etc. Las viejas
generaciones de luchadores y luchadoras tenemos, en ese sentido, que ayudar a
recuperar la memoria histórica del movimiento obrero -cuya historia empezó
mucho antes que el peronismo- ayudando a recuperar estos métodos.

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