lunes, 22 de mayo de 2023

El oportunismo "piqueterista" del PO y el MST ¿Camino hacia la pérdida de la independencia de clase?


Por Damián Quevedo y Juan Giglio

En la última semana publicamos una nota y emitimos un programa -que subimos a YouTube y otras redes- sobre la marcada tendencia que existe en el Partido Obrero y el MST, en cuanto a concretar frentes con ciertos sectores de la burguesía, al estilo de de los frentes populares que construyó años atrás el estalinismo.

Ambos grupos tienen una larga historia de hechos que corrobora esta caracterización. Nahuel Moreno escribió un texto que describe la estrategia frente populista del PO -Lora reniega del Trotskismo- en el que denuncia al dirigente trotskista boliviano Félix Lora, quien, con el apoyo de Altamira, capituló al gobierno del general Torres, a principios de los 70. 

Desde que rompió con el viejo MAS, el MST, ha tenido una orientación más que consecuente, la de concretar acuerdos con cuanto dirigente burgués se le haya cruzado en el camino, como Luis Juez en Córdoba, Pino Solanas a nivel nacional, o la ex gobernadora de Tierra del Fuego, Fabiana Ríos, en términos de la Provincia de Buenos Aires. 

Estos partidos le pegan al PTS por sus coqueteos con el kirchnerismo, crítica que hemos hecho y continuaremos haciendo desde Convergencia Socialista. Sin embargo, estas actitudes oportunistas están todavía lejos de las trapisondas del PO y el MST, como el acto que acaban de organizar con Grabois, Pérsico y otros funcionarios del gobierno. 

En una nota anterior denunciamos lo grave de esta acción junto a los verdugos del movimiento piquetero, en la cual -más allá de las intenciones- fueron usados para jugar en la interna peronista contra Tolosa Paz. Más allá de esta capitulación, de la que hemos escrito suficiente, queremos detenernos en otra cuestión de fondo, la base social (piquetera) en la que se apoyan, tanto el PO como el MST, y sus implicancias políticas. 

Movimiento piquetero, un cambio sustancial en su composición social 

El movimiento de desocupados cobró fuerza a mediados de los 90, en la segunda mitad de esa década, cuando la desocupación generada por las privatizaciones y la desindustrialización -que se arrastraba de mucho antes- llevaron a un sector de la clase obrera a combatir con las armas con las que contaba, fundamentalmente a través de los piquetes. 

Así, desocupados de YPF y otras ramas de la industria, recurrieron a duras medidas de acción directa, que en varios casos culminaron en puebladas. Formalmente, ese movimiento continúa en la actualidad, aunque con cambios cualitativos en su composición, que constituyen el aspecto central de sus límites y determinan el carácter de las organizaciones que lo conducen. 

Ante el crecimiento y multiplicación de este tipo de movimientos y luego de haber fracasado con la represión, el Estado resolvió impulsar una política de asistencia social masiva, que terminó siendo administrada por las conducciones piqueteras, algunas directamente fueron cooptadas por el peronismo. Las de izquierda, que no se alinearon, mantienen una fuerte dependencia del aparato estatal, que condiciona prácticamente todo lo que hacen. 

Los primeros piquetes y cortes de rutas fueron protagonizados por sectores obreros que habían quedado desocupados poco tiempo antes, razón por la cual su reivindicación central era volver a trabajar. Gracias a las primeras grandes luchas, buena parte de estos compañeros y compañeras recuperaron su lugar dentro del aparato productivo y de servicios.   

El movimiento de desocupados continuó existiendo, pero paulatinamente fue abandonando -en los hechos y más allá de sus consignas- la lucha por trabajo genuino, para jerarquizar el incremento de la asistencia social estatal, que es, en definitiva, la política que días atrás unificó a los movimientos de la izquierda con sus pares del oficialismo. 

En estos 20 años, la cantidad de beneficios pagados saltó de 1,6 millones a 12,12 millones, con un aumento del 657,5%, aunque cabe aclarar que una persona puede estar cobrando más de un beneficio, debido a la superposición de planes entre las distintas reparticiones. En el gobierno de Alberto Fernández, la cantidad de planes creció 18,6%, pero el monto más que se duplicó[1]. 

Si contemplamos que la crisis que llegó de 2001 culminó a mediados del 2002, con el ajuste que posibilitó la salida de la convertibilidad y dio lugar al ciclo de expansión capitalista impulsado por la venta de soja a China, vemos que el sector que continuó dando cuerpo a las organizaciones sociales, ya no proviene esencialmente de la clase obrera industrial. 

Los movimientos de ahora, están integrados, en su mayoría, por una fracción de la población que no está en condiciones -por edad o por otras razones- de ingresar a una fábrica o un empleo formal. Es decir que ya no constituyen aquello que Marx llamaba sobrepoblación relativa, un ejército de desocupados que presionan sobre los salarios, porque ofrecen "fuerza de trabajo barata". 

Son compañeros y compañeras desocupados estructurales, cuya condición no está determinada por los ciclos de expansión y crisis del capitalismo, a pesar de lo que sostienen organizaciones como el PO, que hacen esto con el único propósito de justificar su política sobre ese sector: Para el movimiento obrero ocupado, el movimiento piquetero representa un límite objetivo al uso del ejército de desocupados para presionar en favor de la baja del salario[2]. 

Esta afirmación, desde el punto de vista formal parece acertada, aunque la realidad es absolutamente distinta, como lo demuestra un informe del ministerio de producción, que, apoyado en cifras oficiales, observa un crecimiento salarial incompatible con la existencia de un ejército de reserva del capital. 

El informe, titulado “Dinámica salarial de los sectores productivos, de la convertibilidad al Covid-19”, divide los 26 años de análisis en 6 etapas. La etapa de mayor crecimiento del salario real se da en la llamada “recuperación de la posconvertibilidad”, entre septiembre del 2002 y diciembre del 2011. La actividad económica tuvo un crecimiento acumulado del 73,1% (6,1% anualizado), con un salario real que tuvo una mejora del 68,8% (5,8% anualizado)[3]. 

Los números dan cuenta de que el verdadero ejército de reserva para la industria, se incorporó al proceso productivo durante el ciclo de expansión post crisis de 2001. Por esto, con sus teorías y postulados, el sector de la izquierda que centra su construcción en el movimiento piquetero, solo busca justificar su alejamiento de la clase obrera y aprovechar las circunstancias para crecer como “aparato” capaz de movilizar a miles. 

Esto no quiere decir que los y las socialistas abandonemos a este sector, para nada, solo decimos e insistimos que no puede ser el centro de atención de los revolucionarios y las revolucionarias, sino la clase obrera ocupada, aunque el trabajo “gris” y cotidiano sobre la misma no reporte inmediatamente en la organización de columnas numerosísimas, ni en la obtención de los cuantiosos fondos que provienen de este tipo de tareas. 

El Partido Obrero y el sujeto social 

El socialismo moderno, que nace con Marx y Engels, se caracteriza por entender que el proletariado -nacido con la producción capitalista- es la única clase social capaz de poner fin a este modo de producción, ya que en sus condiciones de vida se encuentran las razones por las que puede construir una nueva sociedad, sin explotados ni explotadores. 

Lo esencial de esas condiciones es que produce socialmente, dentro de la cual  se encuentran las bases materiales necesarias para superar al capitalismo. Ningún obrero puede fabricar nada individualmente, depende para ello de otros compañeros y compañeras, ese hecho objetivo es el que convierte al proletariado en sujeto revolucionario, como diría Marx “en sí”. Nuestra tarea, ardua por supuesto, es que gane consciencia “para sí”. 

Por lo difícil que es esta militancia, muchas organizaciones y dirigentes socialistas han tratado, a lo largo de la historia, de cortar camino, algunos eligiendo el camino de las acciones audaces descolgadas de la clase trabajadora -guerrillerismo- otros, el parlamentarismo, como el MST y el PO, que a esta desviación le ha agregado la del piqueterismo. 

Suplir a la clase obrera, que puede frenar el proceso productivo, generar un enorme daño al capital, o incluso destruirlo, por un sector de la sociedad cuyas condiciones de existencia son resueltas de manera individual es equivocado. Esto es así, porque a pesar de que el movimiento piquetero marcha de forma colectiva, sus integrantes son, por lo general, cuentapropistas que están alejados de la producción colectiva que caracteriza al proletariado. 

Altamira, el “sujeto social” piquetero y sus alumnos del PO 

La clase trabajadora y la izquierda deben tener tácticas para organizar y ganar a esta porción de la sociedad para sus luchas y para la revolución social, pero, lo que no pueden es ubicarla en un lugar que no le corresponde, como hizo Jorge Altamira, uno de los primeros teóricos del nuevo “sujeto social piquetero”, antes de ser echado del Partido Obrero. 

Altamira, en varias y extensas publicaciones intentó fundamentar su defensa de esta teoría, basándose no en el contenido social de los piqueteros, sino en la forma que utilizaron para luchar en uno de los momentos principales de su existencia. Todo el macaneo izquierdista acerca de ‘cómo terminar con los piqueteros’, simplemente pone al desnudo una superlativa ignorancia de los programas y de la historia obreras y de la lucha de clases, pero por sobre todo una hostilidad, tanto más profunda cuanto que es instintiva, hacia la expresión real que asume la tendencia revolucionaria en el seno de los más explotados y de los más humillados[4]. 

Estas afirmaciones contienen varias falsedades, construidas para imponer un posicionamiento político ajeno al marxismo. Una de las falacias es referirse a este sector como "el más explotado", cuando la explotación capitalista sucede exclusivamente en el marco de la producción capitalista, donde tiene lugar la extracción de plusvalía. Altamira asemeja pauperización y explotación, a pesar de que son dos términos absolutamente diferentes. 

Un obrero puede ser altamente explotado, a pesar de ganar un salario muy por arriba de la tasa media, ya que la explotación no está determinada por lo que cobra, sino por la tasa de plusvalía que obtiene el capital. El capitalismo no obtiene plusvalía de los desocupados, salvo en la trasnochada cabeza de algunos teóricos que se dicen marxistas, como Jorge Altamira y quienes, a pesar de haberlo echado de sus filas, continuaron defendiendo sus disparates. 

Como Altamira conoce la teoría de la explotación y la extracción de la plusvalía, para definir al nuevo “sujeto social”, tuvo que hacer una maniobra, reivindicarlo por sus viejos métodos. Para esto buscó encontrar en las organizaciones sociales el germen de las milicias obreras, de las que hablaba Trotsky en el Programa de transición. 

En su intento de elevar el oportunismo al grado de teoría, Altamira terminó alejándose de las elaboraciones de los viejos marxistas. Sus seguidores y los dirigentes de otros grupos que los acompañan, adhieren en general a estos postulados, razón por la cual no resulta extraño que se junten con otros personajes, que aunque son oficialistas, coinciden en cuanto al método. 

Las organizaciones que conforman el movimiento piquetero actual, más allá de sus definiciones políticas, operan como una extensión del Estado, porque garantizan no solo la organización de la asistencia social, sino también la precarización laboral. Miles son ocupados por las intendencias y otras dependencias, para cumplir el papel que antes cumplía el personal de planta, bajo convenio. 

Si existe una porción piquetera que está siendo explotada es justamente esta. Sin embargo la lucha por el pase a planta permanente de estos compañeros y compañeras, prácticamente no existe, ni en los movimientos de izquierda, ni en los que conducen Grabois, Pérsico, Alderete, Menéndez y compañía. 

Cuando criticamos a los grupos que se reivindican socialistas por no luchar por trabajo genuino, es porque no jerarquizan la táctica de marchar hacia las fábricas y las empresas para reclamarlo. Tampoco se movilizan para reclamar que cese la precarización de quienes, cobrando planes, están siendo ocupados por los diferentes organismos estatales. 

Como socialistas no nos oponemos a obtener, mediante la lucha, todo tipo de asistencia social por parte del Estado, ya que sirve para capear el hambre y la miseria capitalista. Lo que rechazamos es quedarnos en esas demandas, y, sobre todo, en esa lógica que no apunta más que a atar al sector más empobrecido de la población a ser esclavos de quienes se alternan en la administración del gobierno. 

Una política revolucionaria implica, en primer lugar, vincular a los desocupados con la clase obrera. Esto significa apoyar constantemente sus luchas, y, en ese marco, pelear por la incorporación de miles que no tienen trabajo a la producción efectiva, como lo hizo el movimiento piquetero en su origen. 

Dejar de lado esta orientación, no solo implica abandonar la estrategia de construir el partido revolucionario en el seno de la clase capaz de acabar con el capitalismo, sino que empuja a esos grupos a una dinámica oportunista. El PO y el MST la llevan a fondo, porque también pecan de electoralistas, por eso convocan a las fuerzas del FITu a definir candidaturas en una "asamblea", donde seguramente tendrán la mayoría, debido a su papel en la conducción de los movimientos sociales.

Si las otras organizaciones que integran este frente electoral aceptan esta propuesta cometerían un grave error. No porque vayan a perder su lugar en las listas -lo cual es absolutamente secundario- sino porque quien debe moldear el perfil del FITu es la clase trabajadora ocupada, por todo lo que hemos escrito en este texto y por todo lo que ha dicho el marxismo a lo largo y a lo ancho de su historia. 

 

[1] La Nación 16/05/2022

[2] Prensa obrera 03/03/2020

[3] Ámbito financiero 15/05/2022

[4] Prensa obrera N858.

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