Por Damián Quevedo y Juan Giglio
A pesar de las promesas de Washington y
todo lo que puedan flexibilizar los acuerdos con el FMI y demás organismos
financieros, las arcas del Banco Central están en uno de sus peores momentos. Esto
no solo implica un posible default de deuda, sino que empuja hacia un proceso
recesivo, que, combinado con la inflación superior al 100%, es una verdadera
bomba.
El cepo al dólar oficial, que se extiende
de forma permanente, conlleva que muchas empresas que requieren insumos
importados para producir, no pueden acceder a estos por falta de billetes
verdes. Esta situación lleva a un freno en el proceso productivo, una recesión
generada, no por ausencia de mercados sino por la falta de financiación.
Esto significa que hay un parate en la
acumulación de la mayoría de las fracciones capitalistas locales dedicadas al
ensamblaje, o que requieren piezas o tecnología fabricadas en otros países. Sustituir
esos insumos requiere años y un proceso de desarrollo económico que no existe
ni puede existir bajo el capitalismo actual en este país, total y absolutamente
dependiente.
A la vez, la imposibilidad del Estado de
acceder a dólares legítimos, mediante impuestos a quienes exportan, o
exportaciones propias (en el caso de que existiesen empresas públicas que vendan
sus productos al exterior) incrementa la otra gran dependencia nacional, la de
los préstamos. Esta realidad acelera la inflación, porque la escasez de la moneda
yanqui aumenta su precio e incrementa la emisión de pesos, un combo que aplasta
el salario real.
Para tomar dimensión del estado financiero solo
hay que preguntarle cómo están los importadores, presos de un cepo asfixiante;
a los tenedores de títulos, como los bancos, a los que les renuevan los bonos y
los inundan con nuevos papelitos; a los proveedores y contratistas del Estado,
a los que les responde un contestador automático; a muchas provincias a las que
les demoran las transferencias, incluso para las cajas de jubilaciones, y a los
jubilados y trabajadores estatales, a los que se les deprecian los ingresos
todos los meses, aún más que a otros trabajadores[1].
¿Y si gana Milei?
Donde hay debate es sobre si habrá o no rally preelectoral (PASO). Muchos opinan que con los números macro lo importante es estar atentos a la transición. El tema es que todos los escenarios que se proyectan en el mercado, son de más inflación y caída del nivel de actividad. Si el 2023 cierra con 120% de inflación y una caída del PBI de 2% a 3%, ese sería el mejor escenario[2].
Con la sequía de dólares, la inflación y
el desdoblamiento cambiario -de hecho- no es imposible descartar el quiebre de
uno o más bancos locales, en los cuales mucha gente continúa operando con
plazos fijos, ya que ofrecen a tasas jugosas para ganarle a la inflación. Si
explota la inflación, “espiralizándose”, se puede generar una situación de
pánico que empuje a los ahorristas a retirar sus depósitos y a provocar una
corrida hacia el dólar ilegal.
¡Hubo quiebres de bancos importantes en EEUU, Alemania y Suiza, entonces, quién puede asegurar que el sistema financiero local es más sólido que el de las grandes potencias! Más allá de estas especulaciones, basadas en la realidad, lo cierto es que el país se aproxima a su crisis más peligrosa, para los capitalistas.
Este panorama va a empeorar luego de las elecciones, que pueden llevar a un derrumbe institucional, ya que todos los candidatos miden poco en las encuestas y cualquier gobierno que asuma será extremadamente endeble. En este contexto, catastrófico para el régimen, no hay que descartar que gane Milei, que sigue subiendo en los sondeos, lo cual podría impulsar una corrida financiera mayor, debido a la inconsistencia del candidato libertario y la carencia de un aparato para gobernar.

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