Por Juan Giglio
Pocas horas
después de que renunciara el ex Ceo de Syngenta -Antonio Aracre- al cargo de
jefe de asesores del gobierno, Alberto anunciaba su decisión de no presentarse como
candidato para la reelección. Unos días antes, dos altísimas representantes del
imperialismo yanqui -Wendy Sherman y Laura Richardson- habían desembarcado en
Ezeiza para advertirles a gobernantes y postulantes, que no hagan negocios con
China.
No es
casual, ya que en ese momento, Lula se estaba reuniendo con Xi Xinping con la
intención de profundizar relaciones comerciales y financieras con esta gran potencia.
Al otro día, un aliado chino, el canciller ruso Sergei Lavrov, llegaba a Brasil
para avanzar en ese mismo sentido. Syngenta, la patronal de Aracre, pertenece a
capitales chinos, con los que Alberto coqueteó cuando viajó a Pekín,
prometiéndoles un aumento de sus inversiones.
Más allá de
los asepectos específicos de la crisis política, social y económica argentina, el
retroceso de Aracre y Alberto está íntimamente ligado a la guerra entre
potencias, cuyos agentes presionan para uno u otro lado. Estas presiones se
expresan en los movimientos especulativos de los capitales imperialistas y el
aumento del dólar.
¡Algunos
periodistas dicen que “los mercados hablan”, cuando en realidad son los capitalistas
yanquis quienes gritaron fuerte, defendiendo su patio trasero, que está siendo
disputado por los chinos! Massa, que es un agente confeso de la embajada de los
Estados Unidos, amenazó con renunciar inmediatamente después de que Aracre,
probablemente con el visto bueno de Alberto, balbuceara la necesidad de
implementar otro plan económico. La esposa de Massa, Malena Galmarini, marcó la
cancha, indicando que el retiro de su marido del gobierno sería el “fin de todo”.
La
inestabilidad económica seguirá por causas propias, ya que el capitalismo argentino
es dependiente y no tiene manera de crecer en el marco de la actual crisis planetaria,
pero además se profundizará por el tironeo brutal que sufre el país por parte
de las dos potencias que se disputan los mercados, Estados Unidos y China. Argentina
está en medio de la guerra comercial entre estos dos imperialismo, guerra que tiende
a convertirse en un conflicto bélico más tradicional.
Los
trabajadores deben salir a luchar por sus propias demandas, aprovechando que
los de arriba -los dueños del mundo y sus lacayos locales- se están matando
entre sí. La izquierda tiene que ponerse al frente de estas luchas, proponiendo
su centralización y la necesidad de imponer, mediante una revolución
triunfante, un gobierno obrero y popular que rompa con el Capitalismo y
comience a construir una sociedad realmente distinta, una sociedad socialista.

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