Por Juan Giglio (ver programa especial de CS-TV)
Los
capitalistas trataron y tratan siempre de utilizar los acontecimientos culturales y deportivos para
legitimarse, como por ejemplo Macron, que estuvo en la final de Argentina y
Francia para alentar a sus jugadores y, si estos ganaban, llevarse un poco de gloria para su gestión. Sin embargo, al presidente de la República
Francesa no le salió bien la jugada, ya que su equipo perdió frente a los de
Messi y compañía.
Al otro que
le salió el “tiro por la culata” es a Alberto Fernández, quien tendría que haber capitalizado semejante triunfo, yendo a ver el partido, o, al menos, recibiendo
con toda la pompa y fanfarria presidencial a los jugadores, como sucedió en otros momentos de la historia mundialista. Sin embargo, el presidente argentino, que no estuvo en Qatar para
entregarles la copa a futbolistas, tampoco será su anfitrión en la Rosada.
Alberto no tuvo el guiño de ninguno de los integrantes de la delegación
argentina, que prefirió no contar con su presencia. Por eso, cuando los jugadores se
refirieron a la posibilidad de festejar en el país, todos hablaron del Obelisco o de otros lugares, pero nadie dijo nada acerca de la Casa Rosada o Plaza de Mayo. Esta actitud se expresó, al principio del mundial, con la negativa a ponerse la cinta negra en honor a Hebe Bonafini, un símbolo más que claro del oficialismo.
Mientras
tanto, en Argentina, millones dieron y continúan dando rienda suelta a su alegría, manifestándose
en el Obelisco y en todas las plazas, estaciones y avenidas principales de sus
barrios, pueblos o ciudades. Esta expresión multitudinaria e inédita de júbilo obrero y popular, asustó a las autoridades,
que decretaron el cese del funcionamiento de los transportes públicos, con el mentiroso objetivo de "evitar desmanes".
Los de arriba saben, que, aunque esta movilización no haya sido provocada por el incumplimiento de las demandas insatisfechas de la clase trabajadora, esta y los sectores más pobres de la población están ejercitando sus músculos y su derecho a expresarse. Así pasó durante la dictadura, ya que la salida a las calles para festejar el mundial de 1978, fue el paso previo al estallido de grandes movilizaciones por las libertades públicas y otras demandas, que tuvo lugar pocos meses después, en 1979.
Estas nuevas y grandes movilizaciones son, en ese sentido, el anuncio de las próximas puebladas. Las condiciones objetivas están más que maduras para que
esto ocurra, les corresponde a los revolucionarios consecuentes encarar la tarea de poner en pie una conducción sindical y política que
lleve a esas luchas a buen puerto, que no es otra cosa que acabar con el ajuste
y los ajustadores de turno.

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