Por Juan Giglio
El ascenso
revolucionario que dio lugar a decenas de rebeliones, como la que explotó en
Chile en 2019 alrededor de la “Plaza de la Dignidad”, fue frenado con una
política que unificó al conjunto de la burguesía mundial, el “Quedate en Casa”.
Esta orientación contrarrevolucionaria incluyó cuarentenas y un sinnúmero de
restricciones a las libertades democráticas, con la excusa de enfrentar una
pandemia que, en pos de este objetivo, fue total y absolutamente
sobredimensionada.
El movimiento
de masas rechazó este plan, protagonizando decenas de movilizaciones, huelgas y
una generalizada negativa a acatar las directivas emanadas de ese nuevo centro
coordinador de la contrarrevolución, denominado Organización Mundial de la
Salud. En ese contexto, fracasaron todas estas medidas, junto con la más
pérfida de todas, el “Pase Sanitario” o Green Pass, que nada tenía que
envidiarle al “Gran Hermano” de 1989, la fenomenal novela de George Orwell.
Uno de los
principales objetivos de la “Contrarrevolución Covid”, fue cambiar los
regímenes -democrático burgueses- por otros, de carácter bonapartista o directamente
dictatoriales. Para lograrlo, los burgueses de todo el planeta se miraban en el
espejo chino, donde la dictadura de “un solo hombre” parecía ser la herramienta
contrarrevolucionaria más afilada y eficaz. Sin embargo, la lucha contra los
confinamientos llegó a ese país, con una joven y poderosísima clase trabajadora
a la vanguardia.
Esta
realidad, que abortó, al menos por ahora, la posibilidad de cambiar los
regímenes, obligó a la burguesía a sostener y recauchutar el cadáver pestilente
de su “democracia representativa”, que, como lo demuestra la realidad peruana, atraviesa una crisis terminal. Una
de las consecuencias de este fenómeno, es que el movimiento de masas,
mayoritariamente, cuestiona cada la institucionalidad “democrática” y busca nuevas
formas de participación, organización y expresión.
Por eso, en
el período que se avecina, surgirán organismos en donde la clase obrera ejercitará
la democracia directa, como sucedió en todas las revoluciones proletarias. Lo
diferente es que, ahora, debido a la crisis de los aparatos
contrarrevolucionarios y los regímenes, existen condiciones mucho mejores que
en pasado para que la democracia obrera y popular se fortalezca, consolide y
convierta en una verdadera alternativa de poder.
La tarea de
los revolucionarios no pasa defender a la vieja institucionalidad “democrática”,
salvo cuando existan reales posibilidades de que se impongan golpes fascistas.
La burguesía y sus agentes populistas mienten y seguirán mintiendo, agitando el
fantasma de la ultraderecha, para engañar a los trabajadores y a la propia
izquierda, como hicieron en Brasil, donde lograron que la mayoría de las
organizaciones trotskistas llamaran a votar a Lula -en segunda vuelta brasilera-
para “frenar al fascista Bolsonaro”.
Perú es un
ejemplo de cómo todas las fracciones capitalistas utilizan estas maniobras, ya
que tanto de un lado como del otro se acusan mutuamente de “golpistas”. Lo que
allí queda claro es que ninguno de estos sectores es democrático, porque todos
tratan de mantenerse en el poder resolviendo entre cuatro paredes y a espaldas
del pueblo. Por lo tanto, en Perú, como en el resto del continente americano,
la clase trabajadora debe romper con los partidos patronales, construir su
propia organización revolucionaria y socialista- y preparar la revolución para
echarlos a todos.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario