jueves, 8 de diciembre de 2022

Perú, la crisis de los regímenes "democráticos" y la trampa populista


Por Juan Giglio

El ascenso revolucionario que dio lugar a decenas de rebeliones, como la que explotó en Chile en 2019 alrededor de la “Plaza de la Dignidad”, fue frenado con una política que unificó al conjunto de la burguesía mundial, el “Quedate en Casa”. Esta orientación contrarrevolucionaria incluyó cuarentenas y un sinnúmero de restricciones a las libertades democráticas, con la excusa de enfrentar una pandemia que, en pos de este objetivo, fue total y absolutamente sobredimensionada.

El movimiento de masas rechazó este plan, protagonizando decenas de movilizaciones, huelgas y una generalizada negativa a acatar las directivas emanadas de ese nuevo centro coordinador de la contrarrevolución, denominado Organización Mundial de la Salud. En ese contexto, fracasaron todas estas medidas, junto con la más pérfida de todas, el “Pase Sanitario” o Green Pass, que nada tenía que envidiarle al “Gran Hermano” de 1989, la fenomenal novela de George Orwell.

Uno de los principales objetivos de la “Contrarrevolución Covid”, fue cambiar los regímenes -democrático burgueses- por otros, de carácter bonapartista o directamente dictatoriales. Para lograrlo, los burgueses de todo el planeta se miraban en el espejo chino, donde la dictadura de “un solo hombre” parecía ser la herramienta contrarrevolucionaria más afilada y eficaz. Sin embargo, la lucha contra los confinamientos llegó a ese país, con una joven y poderosísima clase trabajadora a la vanguardia.

Esta realidad, que abortó, al menos por ahora, la posibilidad de cambiar los regímenes, obligó a la burguesía a sostener y recauchutar el cadáver pestilente de su “democracia representativa”, que, como lo demuestra la realidad  peruana, atraviesa una crisis terminal. Una de las consecuencias de este fenómeno, es que el movimiento de masas, mayoritariamente, cuestiona cada la institucionalidad “democrática” y busca nuevas formas de participación, organización y expresión.

Por eso, en el período que se avecina, surgirán organismos en donde la clase obrera ejercitará la democracia directa, como sucedió en todas las revoluciones proletarias. Lo diferente es que, ahora, debido a la crisis de los aparatos contrarrevolucionarios y los regímenes, existen condiciones mucho mejores que en pasado para que la democracia obrera y popular se fortalezca, consolide y convierta en una verdadera alternativa de poder.

La tarea de los revolucionarios no pasa defender a la vieja institucionalidad “democrática”, salvo cuando existan reales posibilidades de que se impongan golpes fascistas. La burguesía y sus agentes populistas mienten y seguirán mintiendo, agitando el fantasma de la ultraderecha, para engañar a los trabajadores y a la propia izquierda, como hicieron en Brasil, donde lograron que la mayoría de las organizaciones trotskistas llamaran a votar a Lula -en segunda vuelta brasilera- para “frenar al fascista Bolsonaro”.

Perú es un ejemplo de cómo todas las fracciones capitalistas utilizan estas maniobras, ya que tanto de un lado como del otro se acusan mutuamente de “golpistas”. Lo que allí queda claro es que ninguno de estos sectores es democrático, porque todos tratan de mantenerse en el poder resolviendo entre cuatro paredes y a espaldas del pueblo. Por lo tanto, en Perú, como en el resto del continente americano, la clase trabajadora debe romper con los partidos patronales, construir su propia organización revolucionaria y socialista- y preparar la revolución para echarlos a todos.  

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