Por Damián Quevedo
La propiedad privada de la tierra, atravesó diversas formas
de sociedad desde su surgimiento en las sociedades esclavistas. Pero bajo el
capitalismo asumió la forma de monopolio, por excelencia, ya que bajo este modo
de producción la apropiación individual del suelo no solo se convirtió en
monopolio, sino también en una mercancía que se rige por las leyes propias del
capitalismo, como el resto de estas.
Es entonces que la posesión de una porción del mundo por
parte de uno o de varios terratenientes, les permite a ellos usufructuar esa
parte del planeta, ya sea haciéndola producir directamente (en ese caso se
puede hablar de fracciones del campesinado) o alquilando esta porción a otros,
lo que le permite al propietario de la tierra obtener una suma dineraria o un
pago es especies por el arriendo, en un tiempo determinado.
Es esta la forma de ganancia la que intentaremos analizar,
basándonos en las conclusiones a las que llegó Marx, al estudiar las
características de esta forma de renta y su papel en la producción capitalista
de entonces. La intención del análisis es extraer, de este, las conclusiones
políticas que nos permitan intervenir con mayor acierto en la lucha de clases
actual, por lo tanto no nos mueve un fin meramente académico, sino político
práctico.
En los países como Argentina, donde las ramas más
desarrolladas de la producción están ligadas a la explotación de recursos
naturales, que dependiendo de sus peculiaridades y beneficios hacen que
prepondere una economía fundamentalmente extractivista -basada en la producción
de materias primas- esto implica que la posesión de la tierra juega un papel
central en este tipo de capitalismo, con escasa producción industrial y
financiera.
Marx
y la renta de la tierra
Antes de pasar a considerar el tema propiamente dicho, aún
se hacen necesarias algunas observaciones preliminares con el objeto de evitar
equívocos. Veamos, por lo tanto, cómo planteaba Marx la cuestión de la renta de
la tierra:
En consecuencia, en el modo capitalista de producción el
supuesto es el siguiente: los verdaderos agricultores son asalariados, ocupados
por un capitalista, el arrendatario, que sólo se dedica a la agricultura en
cuanto campo de explotación en particular del capital como inversión de su
capital en una esfera peculiar de la producción.
Este arrendatario-capitalista le abona al terrateniente, al
propietario de la tierra que explota, en fechas determinadas por ejemplo, en
forma anual una suma de dinero fijada por contrato (exactamente del misma
manera que el prestatario de capital dinerario abona un interés determinado) a
cambio del permiso para emplear su capital en este campo de la producción en
particular.
Esta suma de dinero se denomina renta de la tierra, sin que
importe si se la abona por tierra cultivable, terreno para construcciones,
minas, pesquerías, bosques, etc. Se la abona por todo el tiempo durante el cual
el terrateniente ha prestado por contrato el suelo al arrendatario, durante el
cual lo ha alquilado. Por lo tanto en este caso la renta del suelo es la forma
en la cual se realiza económicamente la propiedad de la tierra, la forma en la
cual se valoriza.
Tenemos además aquí las tres clases que constituyen el marco
de la sociedad moderna, en forma conjunta y enfrentada: el asalariado, el
capitalista industrial y el terrateniente. El capital puede ser fijado en la
tierra, puede ser incorporado a ella, en parte de una manera más bien
transitoria, como por ejemplo las mejoras de naturaleza química, el abono,
etc., y en parte de un modo más bien permanente, como en el caso de canales de
drenaje, instalaciones de riego, nivelaciones, edificios administrativos, etc.
En otra parte he denominado la terre-capital al capital así
incorporado a la tierra. El mismo cae dentro de las categorías del capital
fijo. El interés por el capital incorporado a la tierra y por las mejoras que
de ese modo recibe como instrumento de producción puede constituir una parte de
la renta que le abona el arrendatario al terrateniente, pero no constituye la
renta de la tierra propiamente dicha que se abona por el uso de la tierra en
cuanto tal, hállese ésta en su estado natural o esté cultivada.
En un tratamiento sistemático de la propiedad de la tierra,
lo que está situado fuera de nuestro plan, habría que exponer detalladamente
esta parte de las entradas del terrateniente. Aquí bastará decir unas pocas
palabras al respecto. Las inversiones más temporarias de capital, exigidas por
los procesos de producción habituales en la agricultura, quedan a cargo del
arrendatario sin excepción alguna.
Estas inversiones, como el mero cultivo en general, cuando
se lo practica de manera medianamente racional, es decir cuando no se reduce a
esquilmar el suelo de manera brutal, como lo hacían, por ejemplo, los antiguos
esclavistas norteamericanos contra lo cual los señores terratenientes se
aseguran por contrato, mejoran el suelo, acrecientan su producto y transforman
la tierra de mera materia en tierra-capital. Un campo cultivado vale más que un
campo inculto de la misma calidad natural.
También las inversiones más permanentes, que se consumen en
un tiempo más bien prolongado, de capitales fijos incorporados a la tierra, son
efectuadas en gran parte y en ciertas esferas a menudo en forma exclusiva por
el arrendatario. Pero apenas ha expirado el tiempo de arrendamiento fijado por
contrato y ésta es una de las razones por las cuales, con el desarrollo de la
producción capitalista, el terrateniente trata de abreviar el tiempo de arrendamiento
todo lo posible, las mejoras incorporadas al suelo caen en manos del
terrateniente en cuanto accidentes inseparables de la sustancia, del suelo.
En ocasión de celebrar el nuevo contrato de arrendamiento,
el terrateniente añade a la renta propiamente dicha de la tierra el interés por
el capital incorporado a la tierra tanto si le alquila su suelo al mismo
arrendatario que efectuara las mejoras, como si se lo alquila a algún otro. De
ese modo, su renta se acrecienta, o bien, si quiere vender la tierra de
inmediato veremos cómo se determina su precio, su valor habrá aumentado. No
sólo vende el suelo sino el suelo mejorado, el capital incorporado a la tierra,
que no le ha costado nada [1].
Si bien, el mismo Marx se planteó el problema de la
fertilidad decreciente del suelo, no en los términos en los que lo pensó
Malthus (sirvió de base real para su teoría de la población), también sostuvo,
desde la lógica del progreso social que aun el capitalismo del siglo XIX
ofrecía, que la caída en la productividad de la tierra podía compensarse con el
desarrollo de la técnica:
La ley de la renta, tal como fuera expresada por Ricardo en
su forma más simple, aparte de su aplicación, no supone la fertilidad
decreciente del suelo, sino (a pesar del hecho de que la fertilidad general del
suelo aumenta según se desarrolla la sociedad) que presupone únicamente
diferentes grados de fertilidad en diferentes trozos de tierra, o diferentes
resultados de la aplicación sucesiva del capital a la misma tierra [2].
Ahora bien, esta teoría es correcta en las condiciones
mencionadas, antes del advenimiento del imperialismo y la tendencia del capital
a profundizar la destrucción de fuerzas productivas. En las últimas décadas se
produjo una tendencia, inversa a la de principios del siglo XX, en la que los
capitalistas ya no buscan apropiarse de la tierra, es decir ocupar el lugar de
los terratenientes para explotar el suelo bajo las actuales relaciones de
producción, sino que prefieren arrendar los terrenos para cultivo.
En el caso de Argentina, “la expansión sojera, por el contexto económico y político en la cual se desarrolló y la forma en que fue planteada, requirió una modificación de los actores involucrados en la producción agrícola y de los procesos de organización de la misma.
Estos
actores -tanto los nuevos como los antiguos que modificaron sus sistemas
productivos- se alinearon en la idea del agro business, esto es, en sistemas
agrarios de producción empresarial que se concentraban en la rotación del
capital y su desplazamiento de fijo a variable, la búsqueda de beneficios
rápidos, el uso de la tecnología para reemplazar mano de obra y, en este caso
específico, el abandono de la idea de apropiación permanente de la tierra y su
reemplazo por el alquiler temporario.
Como resultado de estos cambios, creció enormemente la
tercerización de los servicios productivos, como la siembra, la fumigación y la
cosecha, y apareció con fuerza el llamado contratista, una empresa que posee
maquinarias de todo tipo y que recorre los campos ofreciendo sus servicios. En
paralelo creció el peso del arriendo en la estructura agraria: para mediados de
la década del 2000 ya el 60% de la soja pampeana se producía en tierras
alquiladas para ese fin” [3].
Los precios crecientes de las materias primas, principalmente
de la soja, hasta la crisis del 2008, fortalecieron una tendencia al
monocultivo, más allá de la existencia de otros, la soja ganó terreno de manera
constante en las últimas décadas, la ausencia de rotación [4], fue generando
una pérdida considerable de la capacidad y la productividad del suelo.
La producción agropecuaria es la actividad productiva más
importante del país, por la contribución que hace a su economía, a través de la
exportación de productos agropecuarios. No obstante, el suelo, que es el
soporte de esta actividad, no recibe suficientes cuidados sino más bien todo lo
contrario. Casi 50 millones de hectáreas están afectadas por erosión hídrica o
eólica en grado moderado o grave. Se estima que las pérdidas económicas debidas
a la degradación del suelo ascienden a 700 millones de dólares por año [5].
Estas pérdidas a las que se suman las ocasionadas por el cultivo de soja y los herbicidas, son factores que acrecientan la tendencia a la pérdida de fertilidad del suelo y por lo tanto a su eliminación como capital. “Cuando se empiezan a reemplazar las rotaciones por el monocultivo ahí entramos en problemas porque la soja es una leguminosa que tiene un rastrojo muy rico en nitrógeno entonces se descompone rápidamente.
Al producirse esto,
el suelo pierde su protección y queda expuesto por lo que con el tiempo
comienza a desaparecer la superficie necesaria para cualquier tipo de cosecha.
Con el monocultivo de la soja también es poca la materia orgánica que se
incorpora al suelo y con los años el balance de ésta en el terreno se torna
negativo"[6].
Es por esa razón que hoy los grandes capitales volcados a la
agro industria, no acaparan tierras, sino que prefieren arrendarlas, incluso
sumando pequeñas porciones que alquilan a pequeños propietarios, a diferencia
de los primeros años del capitalismo en el agro, en el que los terratenientes
veían incrementarse su capital, con las mejoras introducidas por los
arrendatarios[7] El proceso actual es inverso, la degradación del suelo implica
una pérdida de capital que las mejoras parciales realizadas por los
arrendatarios no llegan a amortizar, el resultado es la tendencia a la
eliminación paulatina de estos pequeños terratenientes.
Si bien, insistimos, Marx consideraba que la fertilidad
decreciente del suelo se revertiría, con el progreso social, el capitalismo
agonizante ya no otorga posibilidades de progreso sino la destrucción, no solo
de fuerzas productivas sino también de la naturaleza y las condiciones
necesarias para la supervivencia de la humanidad, el socialismo es más que
nunca una necesidad imperiosa.
En ese marco, la prédica del kirchnerismo y otros sectores
"progresistas" o "nacionales y populares" contra la
"oligarquía", que está en pleno retroceso, no es otra cosa que
ocultar a los verdaderos "dueños" de la producción agropecuaria, que
está hoy por hoy conformada por pooles y otros conglomerados capitalistas, como
los que lideran aquí Grobocopatel y compañía, que no casualmente han estado muy
cerca de Néstor y Cristina en sus mandatos, y ahora de Alberto.
Esta gente pertenece a un grupo mayor de capitalistas, constituido
por los denominados "extractivistas", a los cuales el actual gobierno
trata de beneficiar, entregándoles el manejo de los recursos naturales y la
posibilidad de seguir utilizando agentes destructivos de la vida, como los
químicos utilizados para el fracking o la mega minería, o los agroquímicos
-Glifosato y otros- en manos de poderosos monopolios internacionales, como
Monsanto.
[1] https://webs.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital3/MRXC3837.htm
[2] https://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/m1851-01-07.htm
[3]
https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-34022010000100005
[4]
Rotación de cultivos es el nombre que recibe una técnica empleada en la
agricultura. El método implica alternar los tipos de plantas que se cultivan en
un mismo lugar con la intención de no favorecer el desarrollo de enfermedades
que afectan a una clase específica de cultivos y de evitar que el suelo se
agote.
[5]
http://www.fao.org/3/t2351s/T2351S0b.htm
[6]
https://www.infobae.com/2007/06/05/320052-la-soja-podria-poner-riesgo-el-futuro-del-suelo/
[7] El
Capital, libro III.

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