Por Damián Quevedo
El presupuesto destinado a sostener y modernizar los ejércitos es de carácter estratégico para los capitalistas, cuestión que demuestran incrementado sistemáticamente los fondos estatales dirigidos a mantener sus fuerzas armadas. En los últimos ocho años, este tipo de gastos se incrementó de forma sostenida, aún más a partir de la invasión a Ucrania.
En este último año, a raíz de la guerra desatada por Putin, se produjeron dos cambios importantes en materia de militarismo. Alemania, que desde la segunda guerra no modificaba el porcentaje del PBI destinado al gasto militar, votó en el parlamento un aumento significativo del presupuesto para la defensa, elevándose un 13,27%, hasta 51.392 millones de euros, con lo que representó el 3% del gasto público total.
La otra potencia
capitalista, que, desde 1945, no asignaba recursos extraordinarios para su
rearme, era Japón, cuyo gobierno acaba de dar un giro de 180 grados en relación
a esta política, que le fue impuesta por el imperialismo yanqui, luego de la humillante
derrota en la segunda guerra.
El gobierno de Japón aprobó este viernes una
reforma radical de su doctrina de defensa con el objetivo de contrarrestar el
poderío militar de China, percibido como un “desafío estratégico sin
precedentes” para la seguridad del archipiélago. El gabinete aprobó un plan para aumentar al doble
el gasto en defensa, hasta un 2% del PBI de aquí a 2027, una reforma que
representa el mayor refuerzo de su política militar desde la Segunda Guerra
Mundial. Además, Japón proyecta unificar la comandancia y aumentar el alcance
de sus misiles[1].
Esta escalada militarista no es producto del azar o de las inclinaciones belicistas de tal o cual gobierno, es una consecuencia directa de la crisis más larga que ha experimentado el capitalismo en toda su historia. Las grandes potencias imperialistas necesitan, sí o sí, agredirse mutuamente para ganar nuevos mercados, ya que estos no existen por fuera de ellas y de sus áreas de “influencia”.
Los trabajadores, debemos enfrentar esta política belicista, porque cuando los capitalistas inicien una guerra a gran escala, nosotros seremos carne de cañón para que ellos se repartan el mundo, como sucedió en todas las guerras anteriores. Hay que unir a la clase obrera de todo el mundo, pero, sobre todo, hacer un llamamiento al movimiento de masas de las grandes potencias, para que quiebre la política belicista de sus propios capitalistas.
La rebelión de
los obreros rusos, que se negaron al enrolamiento forzoso de Putin, y la lucha
de los trabajadores chinos contra los confinamientos, son dos golpes
contundentes contra esos planes guerreristas. ¡Por eso debemos, en todo el
mundo, organizar acciones de solidaridad! Coordinar movilizaciones contra la invasión
a Ucrania y contra la dinámica guerrerista entre Estados Unidos y China, es,
desde todo punto de vista, la mejor manera de evitar una catástrofe nuclear
inédita y, al mismo tiempo, de preparar el camino para la derrota del
capitalismo, sin la cual la humanidad entrará en una etapa de barbarie.
[1] La Nación 16/12/2022

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