Por Damián Quevedo y Juan Giglio
Millones salieron a las calles a festejar el campeonato
mundial ganado por Argentina, pero se quedaron con las ganas de ver a la
selección, porque, ni la policía de Berni ni la de CABA, pudieron garantizar el
ingreso de los jugadores al centro de la ciudad, demostrando que solo sirven
para reprimir a los trabajadores y al pueblo.
Veintiún años después del Argentinazo, otro 20 de diciembre,
el pueblo se auto convocó para comenzar a ensayar los primeros acordes de la música que sonará en la rebelión que se aproxima, actuando sin la batuta de ningún partido u organización
patronal o burocrática. La “Scaloneta”,
que vibró varias horas al compás de esa música, se negó a ocupar el balcón de
la Rosada, muy a pesar de la presión ejercida por el gobierno “nacional y
popular”.
Este es un acontecimiento político enorme, porque le resta
autoridad a los continuadores de la obra de aquel, que muchos años atrás, escuchó -desde ese mismo balcón- “la más maravillosa música…” Para colmo, el operativo
organizado por las policías de Aníbal, Berni y Larreta, fracasó estrepitosamente.
¡Una demostración ejemplificadora de la poca eficacia que estas pueden llegar a
tener frente a una movilización multitudinaria!
La negativa rotunda de los jugadores, a visitar la casa de
gobierno, significó un papelón, probablemente peor del que sufriera Emanuel Macron,
quien fue destrozado por la prensa francesa por su aparición demagógica en el
vestuario, luego de la derrota de su selección frente a las huestes de Messi, el
“Dibu” y compañía. ¡La combinación de todos estos elementos planteó la existencia de una situación de vació de poder inédita, que, helicópteros de por medio, hizo recordar al escape delarruista!
La clase trabajadora y el pueblo volvieron a ubicarse en el centro
del escenario político, a pesar de que, esta aparición fulgurante, no se haya
expresado a través de una huelga general o una marcha por ciertas demandas
económicas insatisfechas. Sin embargo, el reclamo democrático elemental, que
actuó como disparador de esta tremenda movilización, fue el de estar cerca de los
jugadores de la selección.
A pesar de sus límites, la concentración fue, en muchos
aspectos, superior a la del 2001, no solo por su masividad, sino también por la
situación de las fuerzas de “seguridad”, que fueron desbordadas. ¡Al final
trataron de demostrar algo de autoridad, reprimiendo a un grupo de marginales! Su
carácter político -indirecto o elíptico- fue dado por los jugadores, que se
negaron a quedar pegados a cualquier dirigente político, oficialista u opositor,
una actitud, que de contenido, se emparenta con el "que se vayan todos".
Este ha sido un golpe fulminante para el régimen, que
seguramente va a ser aprovechado por el movimiento de masas, que tiene un “olfato”
finísimo para detectar la debilidad del enemigo de clase. Su reacción se
expresará en combates obreros y populares y, también, en el resultado de las
próximas elecciones, algo que asusta a los representantes de las dos fuerzas
principales de la burguesía.
La izquierda tiene que capitalizar esta situación, no solo apareciendo como alternativa electoral en 2023 –falta todavía demasiado para eso- sino, principalmente, jugándose a liderar la resistencia. Para eso, y teniendo en cuenta la traición histórica de la burocracia sindical, que está actuando como garante del ajuste, debe impulsar la construcción de un Centro Coordinador de las Luchas, que haga lo que no harán ni la CGT ni la CTA, unificar los conflictos y dotarlos de un programa obrero alternativo.

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