domingo, 13 de noviembre de 2022

La guerra comercial entre potencias divide al populismo latinoamericano


Por Damián Quevedo y Juan Giglio

Mientras todos los gobiernos burgueses de América Latina se dividen en torno a qué bando imperialista deben apoyar en la guerra comercial entre Estados Unidos y China, los “progresistas” o “nacionales y populares” no logran un alineamiento común, ya que todos estos representan, o pretenden representar, a fracciones capitalistas muy diversas.  

La oleada de triunfos electorales de esta gente -el último y más resonante de todos ha sido el de Lula- significó para muchos de sus líderes un intento de volver a poner en pie o fortalecer bloques regionales, como el ALBA y otros. Sin embargo, la realidad y sobre todo la creciente tensión entre las grandes potencias, echó por tierra estas ilusiones. 

Una muestra de la imposibilidad de reeditar aquellos alineamientos, es la postura pública del actual presidente de Chile, el progresista Boric, respecto a una de las vacas sagradas del populismo latinoamericanista, el Sandinismo. Según la información oficial, el sandinismo obtuvo el 100% de las alcaldías en disputa con un 73,7% de los votos válidos a nivel nacional, con un enorme abstencionismo. 

Por esto es que el presidente Boric escribió en sus redes sociales que “el domingo se realizaron elecciones municipales en Nicaragua. De 153 alcaldías ‘en disputa’ Ortega ganó las 153. Un proceso electoral que se realiza sin libertad, justicia electoral confiable y opositores presos o proscritos no es democracia en ninguna parte del mundo.[1] 

Esta no es la única diáspora regional entre los gobiernos supuestamente afines, también Brasil quiebra la posibilidad de remontar ese bloque tan añorado por el kirchnerismo, ya que el retorno de Lula llega con una versión carioca de las relaciones carnales con Estados Unidos. Bolsonaro está mucho más relacionado al imperialismo chino, con el cual realizó negocios fabulosos. 

En el caso del gobierno Argentina, las facciones internas del populismo se diferencian en términos de línea internacional, ya que, mientras algunas de estas golpean las puertas de la embajada yanqui, otras, contradictoriamente, están más cerca de Bolsonaro, intimando cotidianamente con los burócratas del Partido Comunista Chino. 

En medio de la actual crisis y con los tambores de guerra sonando cada vez más fuertes, el alineamiento de los países semicoloniales nada tiene que ver con razones “ideológicas”. ¡Sus contactos y relaciones -políticas, económicas y militares- están directamente determinado por la lucha entre las grandes potencias imperialistas, por sus zonas de influencia y mercados! 

Más allá de este proceso, que recorre el mundo, obligando a todos los países a ubicarse de uno o del otro lado del “mostrador”, todos los gobiernos acuerdan en un punto: la necesidad de efectuar un ajuste fenomenal, a través del cual el movimiento obrero pague los platos rotos de la crisis que provocaron los capitalistas. 

La combinación inédita entre recesión, aumento exorbitante de las deudas, guerras -directas o indirectas- y ajuste, dará lugar, más temprano que tarde, a situaciones de carácter revolucionario, ya que el movimiento de masas reaccionará contra el intento de modificar sustancialmente su calidad de vida y de limitar sus derechos. Así está sucediendo en Irán, con una rebelión popular que ya dura más de dos meses, y así lo empezó a anunciar la clase trabajadora europea, con huelgas poderosas en Francia e Inglaterra. 

Los conflictos salariales argentinos, que después de la huelga del Sutna, tienden a multiplicarse, muestran que nuestro país sintonizará la misma frecuencia que el resto del mundo. La izquierda revolucionaria debe prepararse para intervenir con audacia en este ascenso de las luchas, que se combinará con una campaña electoral muy distinta a las anteriores, ya que las dos fuerzas principales de la burguesía están quebrándose y perdiendo fuerza entre sus bases. 

La irrupción de personajes como Milei no significa ningún giro reaccionario o hacia la “derecha” de las masas, sino la expresión de una bronca, más bien odio, contra la política y los políticos tradicionales. Quienes agitamos las banderas del Socialismo tenemos que aprovechar estas circunstancias, mostrándonos como la única alternativa capaz de resolver las demandas insatisfechas de la mayoría que sufre el ajuste. 

La unidad de los revolucionarios, detrás de un programa socialista consecuente, será, de acá en más, la tarea principal, si es que pretendemos ubicarnos a la altura de las circunstancias. 



[1] Infobae 10/11/2022

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