Por Juan Giglio
Hebe Bonafini,
que acaba de morir a los 93 años, formó parte de ese grupo de mujeres que enfrentó a la
dictadura reclamando por la aparición de sus hijos desaparecidos. Ella, durante el
primer período de lucha de las “Madres”, jugó un papel progresivo, ya que
expresaba al sector más radicalizado de ese movimiento, que llegó a congregar a su alrededor a cientos de miles.
Sin embargo
Hebe dejó de ser Hebe -la que conocimos en esa época- cuando el kirchnerismo la
cooptó junto a otras madres y organismos de derechos humanos, incorporándola a esa maquinaria infernal que es el Estado capitalista.
La Hebe estatizada jugó, a partir de ese momento, un papel nefasto, ya que se
dedicó a cubrir “por izquierda” los crímenes cotidianos de los distintos
gobiernos “nacionales y populares”, encabezados por Néstor y Cristina.
Tan a fondo
fue ella -al igual que Estella Carlotto y otros familiares de desaparecidos que se cruzaron de
bando- que terminó defendiendo con uñas y dientes al represor César Milani, acusado de
haber formado parte de las patotas que secuestraron, torturaron y asesinaron
compañeros y compañeras durante la dictadura genocida.
Por estas razones, aunque como revolucionarios recordemos los primeros pasos progresivos de Hebe en cuanto a líder de las
Madres, no podemos desentendernos de su fenomenal giro, el que la convirtió
en una empleada del Estado capitalista contra el cual lucharon y perdieron sus miles de camaradas. ¡Hebe Bonafini murió militando para nuestros enemigos de clase, nuestros irreconciliables enemigos!
Cristina y todo el aparato “nacional y popular” la lloran, considerándola una compañera, alguien que pertenecía a su propio bando. ¡Tienen razón, ya que defendió las mismas causas durante mucho tiempo, tantos años, que terminaron enterrando en el olvido su pasado más ilustre, su pasado combativo. A esta Hebe no la lloramos, porque no era nuestra compañera!

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