Por Damián Quevedo
Las expectativas y pronósticos de los gurúes de la economía capitalista, tanto de los que trabajan para las consultoras privadas como de los que forman parte de los organismos financieros multilaterales, coinciden en cuanto a pesimismo con respecto al futuro inmediato.
El FMI pronosticó que la economía global apenas crecerá 2,7% el año que viene, por debajo del 2,9% que había calculado en julio, mientras que este año será de un modesto 3,2%, lo que representa una importante desaceleración respecto al 6% de 2021.
Por otra parte, el FMI comunicó que la crisis energética no será transitoria y que "el invierno (boreal) de 2022 será difícil, pero el de 2023 probablemente será peor". Por ejemplo, se estima que la crisis podría reducir la producción de automóviles en Europa en casi un 40%[1].
Este clima de incertidumbre, en el fondo es porque muchos de estos intelectuales al servicio del capital saben que el sistema se encuentra en una crisis sin precedentes, a la que no le encuentran ninguna salida inmediata.
Por eso intentan explicar la realidad con fenómenos aparentemente eventuales, como la guerra en Ucrania o la llamada pandemia. Sin embargo, estos sucesos no son azarosos o “cisnes negros”, sino consecuencias propias de la dinámica de desarrollo del capitalismo mundial, que no tiene cura.
La crisis hunde sus raíces en el hecho de que las condiciones de producción de la plusvalía no implican automáticamente las condiciones de su realización (no coinciden automáticamente con ellas). En este sentido, en el marco de la teoría marxista de las crisis, la crisis es a la vez una crisis de superproducción de capitales y una crisis de superproducción de mercancías.
En su preparación y en su estallido intervienen todas las contradicciones internas del modo de producción capitalista. Se puede representar la crisis como determinada fundamentalmente por la caída tendencial de la tasa media de ganancia, en la medida en que las fluctuaciones de la tasa de ganancia resumen el conjunto de estas contradicciones.
Por su esencia misma, la crisis capitalista es entonces una crisis de superproducción de valores de cambio. En esto, ella se contrapone a las crisis de las sociedades precapitalistas y a las crisis en las sociedades post capitalistas, que son esencialmente crisis de subproducción de valores de uso.
Estas crisis se combinan allí, en grados diferentes, con fenómenos ligados al mercado, en la medida en que la producción mercantil se desarrolla o sobrevive en estas sociedades. Por el otro lado, mientras subsiste el modo de producción capitalista, y la economía continúa siendo regida por la ley del valor, las crisis de sobreproducción son inevitables[2].
La recesión actual es el resultado de este fenómeno, por lo tanto, existen solo dos caminos para resolverla: una destrucción masiva de fuerzas productivas, otra matanza como las que llevó adelante el capitalismo en las dos guerras mundiales o, como proponemos los revolucionarios, una revolución socialista que elimine la raíz de la crisis, la producción capitalista.
Para la primera opción -una nueva guerra mundial- están madurando las condiciones cada vez más rápido, como lo demuestra la creciente tensión entre EEUU y China o la propia guerra de Ucrania. Para la revolución socialista, ya existe en el mundo un desarrollo productivo y tecnológico tal -condiciones objetivas- que la posibilitan.
Esto quiere decir que el futuro dependerá exclusivamente de la lucha de clases. ¡O los capitalistas imponen sus salidas guerreristas, llevando al mundo al borde de la barbarie, o la clase trabajadora los derrota antes, abriendo las puertas de una profunda y extensa revolución socialista!
No habrá manera de avanzar en ese sentido sin contar con una conducción revolucionaria consecuente, tanto a nivel nacional como a nivel internacional. Construirla es la tarea urgente que debemos encarar quienes sostenemos de verdad las banderas del Socialismo, uniendo fuerzas y trazando rayas con quienes se conforman con actuar como la pata izquierda de un sistema que se hunde.

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