miércoles, 12 de octubre de 2022

66 años después: ¡Viva la revolución de los consejos húngaros! ¡Viva la democracia directa, sin la cual no hay Socialismo!

La Revolución húngara de 1956, también conocida como Otoño húngaro, fue un movimiento revolucionario contra el gobierno y las políticas impuestas desde la URSS, que duró desde el 23 de octubre hasta el 10 de noviembre de 1956. En la imagen se ve a las masas destruyendo una estatua de Stalin, símbolo de la opresión. 

Por Ernesto Buenaventura

Durante el período transcurrido desde la muerte de Lenin y principios de los 90 explotaron distintas revoluciones, varias de las cuales llegaron a expropiar al capitalismo, como China, Vietnam, Cuba, Europa del Este, etc. A pesar de estos cambios fenomenales, el fortalecimiento de la burocracia stalinista abortó la posibilidad de que el mundo avanzara hacia el Socialismo.

Los dirigentes “comunistas” usaron el control dictatorial del estado soviético para manejar a esos nuevos gobiernos y a millones de proletarios en todo el mundo, que los stalinistas dirigían a través de infinidad de centrales obreras y sindicatos. Desde allí negociaban espacios de poder con el imperialismo, mientras llevaban adelante las tareas necesarias para restaurar el capitalismo en los países que habían expropiado a la burguesía.   

Para eso acabaron con el régimen de la democracia obrera, que maduró durante los dos meses heroicos de 1871 de la Comuna de París y pegó un salto en los comienzos de la revolución de 1917, a través del régimen de los soviets. Los stalinistas abortaron decenas de revoluciones o las estrangularon desde adentro, liquidando cualquier atisbo de autodeterminación y democracia directa. Trotsky impulsó la lucha por una “Revolución Política”, de manera de acabar con la dictadura stalinista, recuperar la economía estatizada y ponerla bajo control de la clase trabajadora.  

Años después de la muerte del fundador del Ejército Rojo, estallaron las primeras grandes revueltas anti stalinistas, en Alemania del 53, Hungría del 56 y la “Primavera de Praga” del 68. A pesar de que estos levantamientos fueron derrotados, sentaron las bases de la debacle final del stalinismo, que a fines de los 80 se derrumbó en la ex URSS y todo el este europeo. La clase obrera no frenó la restauración capitalista -que había triunfado varios años atrás- pero, la ruptura del dique de contención “comunista”, le permitió recuperar sus métodos democráticos, principalmente las asambleas. 

Una de las insurrecciones que empujó esta dinámica fue la de Hungría, que estalló en el año 1956, cuando los obreros de ese país ganaron las calles para reclamar una modificación radical del régimen político, aunque sin cuestionar las bases sociales del sistema “socialista”.  La revolución de 1956 fue muy parecida a la de la Comuna de Paris o la rusa de 1917, porque creció con una gran participación del proletariado, que se organizó en consejos (o soviets) en los que debatía y resolvía todo democráticamente. 

Las burocracias de Hungría y la URSS respondieron con una brutal represión, para lo cual se valieron de soldados de infantería y tanquistas provenientes de regiones lejanas, donde no se conocía nada sobre Hungría. A los soldados, más de 75000, les hicieron creer que combatían un alzamiento fascista, impidiéndoles que se bajaran de los tanques para que no entren en contacto con la población local. Sin embargo, las tropas no se encontraron con una contrarrevolución derechista, sino con la huelga general y una heroica resistencia armada que duró una semana, fundamentalmente en los barrios obreros.   

La resistencia y las huelgas fueron derrotadas, facilitando la disolución de los comités revolucionarios y el inicio de una persecución sistemática contra la vanguardia de la clase obrera y la juventud húngara. No obstante, la Insurrección de los Consejos dio sus frutos, porque la revolución política continuó con la “Primavera de Praga” en 1968, las grandes luchas polacas de los 70 y los 80 y el fenomenal ascenso proletario que acabó con el régimen de las ex URSS a principios de los 90.    

La lucha de los trabajadores y el pueblo de Hungría formó parte de una pelea más global, que, a pesar de sus contradicciones, derrotó a los principales socios contrarrevolucionarios del imperialismo, los enterradores de la revolución de octubre y la democracia directa.

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