Imagen: Batakis, ministra de economía que sucedió a Guzmán, junto a su jefa. Cristina, y la jefa de las dos, Kristalina Georgieva, máxima autoridad del FMI.
Por Damián Quevedo
Los medios identificados con el progresismo y los que están lejos de esa
identificación, tomaron con sorpresa las declaraciones de la ministra de
economía Silvina Batakis, debido a la ortodoxia de las medidas anunciadas, que
más que torcer el rumbo que venía marcando Guzmán, lo aceleran.
Las apariencias daban a entender que una ministra, impuesta o aceptada por
el kirchnerismo, más allá del circo del consenso entre los integrantes de la
pareja presidencial, tomaría un rumbo más demagógico, con el intento de no
terminar el año con un mayor incendio o, mejor dicho, con el anhelo de que el
gobierno llegue a fin de año.
Sin embargo, las declaraciones de la ministra mostraron una intención
totalmente opuesta a esas expectativas, ya que, a través de sus anuncios, se
comprometió a acelerar el ajuste. La
ministra se confesó hoy como una creyente. No del gasto público,
sino de la constitución de un Estado solvente. Esas ideas suenan raras en la Argentina, pero son
comunes incluso en gobiernos de izquierda,
populismos y hasta autocracias en la región.
Gabriel
Boric, en Chile, lo intenta hacer abiertamente, Lula en Brasil tuvo un compromiso
fiscal envidiable y Evo
Morales mantuvo las cuentas ordenadas, a punto tal de alcanzar un
nivel bajo de inflación. Hasta Nicolás Maduro puso en marcha en Venezuela
medidas ortodoxas para contener la suba de precios, con ajuste del gasto y la
autorización, de hecho, del uso
del dólar como segunda moneda. Cristina Kirchner había sido hasta ahora
la única que faltaba sumarse a la lista[1].
Cristina
Fernández, más allá de la zaraza progresista, ya venía anunciando este tipo de
definiciones. En sus reuniones, primero con Melconian y, después, con el
embajador de EEUU -mucho antes de la anunciada renuncia de Guzmán- la
vicepresidenta ya estaba en “modo campaña”, mostrándoles a los ricos y
poderosos, que ella pretende ser la mejor garante del ajuste.
No solo es la
crisis en Argentina, sino la debacle global del capitalismo y el agotamiento
del régimen político, lo que empuja a las clases dominantes a mostrar sus
últimas cartas, o, al menos, las últimas que pueden jugar en estos días.
En América
latina, los populistas que disfrutaron el ciclo de expansión motorizado por la
locomotora China, entre 2002 y 2008, como Lula, Evo Morales o el kirchnerismo,
son, para los de arriba, la mejor opción a la hora de aplicar el ajuste y la
represión contra el movimiento de masas. Es que, esta gente, aún tienen todavía
cierta “autoridad”, que los capitalistas tratarán de utilizar hasta que se les
acabe.
Las supuestas
diferencias ideológicas entre Lula y Bolsonaro o Macri y Cristina, son recursos
de marketing electoral, utilizados por los partidos burgueses para dirigirse
hacia determinados sectores, a los que buscan captar.
No existen
divergencias de fondo en las cuestiones estructurales, prueba de ello es que
nadie pagó con más recelo la deuda externa que el kirchnerismo y que, tampoco,
ningún otro gobierno benefició tanto a las empresas multinacionales, como los de
Néstor y Cristina. El Frente Amplio del Uruguay fue también un ejemplo de esto,
igual que Chávez en Venezuela o quien lo continuó, Nicolás Maduro.
El
crecimiento -o el ajuste- del Estado y las concesiones que desde allí se puedan
otorgar, están determinados por las necesidades del capital en sus ciclos de
expansión y crisis y por la resistencia que la clase obrera opone a esas
necesidades. Los gobiernos, con cualquier máscara, no son otra cosa que meros ejecutivos
de las grandes multinacionales, como el actual, liderado por Cristina Fernández.
En ese
sentido, la “jefa” está tratando de cerrar la crisis política, uniendo al Frente
de Todos detrás de un programa de ajuste más cercano al Rodrigazo que al gradualismo.
No contando con ningún margen para hacer concesiones a las masas, necesita demostrarles
a los capitalistas que ella es capaz, mejor que nadie, de avanzar sobre las
condiciones de vida de la clase obrera y mantener el orden.
Desde la
izquierda debemos convocar masivamente a derrotar este programa, o sea impulsar
la derrota del gobierno a través de otro Argentinazo. Para lograrlo hay que
promover la unidad de las luchas desde abajo, pasando por encima de la
burocracia sindical, cuyos dirigentes juegan el papel de capataces del ajuste y
las multinacionales.
Esto puede significar cierto grado de unidad de acción con sectores de la burocracia, sobre todo aquellos que, al verse golpeados por la crisis, se vean obligados a pelear. Pero, aunque esta táctica siempre está vigente, lo más importante es promover las auto-convocatorias o, dicho de otra manera, el “desborde” de los podridos cuerpos orgánicos gremiales.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario