miércoles, 6 de julio de 2022

Cristina, con sus maniobras, prepara el terreno para un ajuste fenomenal

Por Damián Quevedo

El trabajo de demolición efectuado por el Kirchnerismo fue eficaz, aunque, hay que decirlo, frente a un rival endeble, un "paquete", como se suele expresar en la jerga del boxeo. Pero, de todos modos, obtuvo sus resultados, ya que liquido a quien estaba en la mira, el ministro Guzmán.   

La renuncia del ahora ex ministro de economía, dejó al presidente Alberto Fernández en la más absoluta soledad, que no es la soledad del poder, porque eso es justamente lo que le fue arrebatado de manera violenta y eficaz por parte de quien lo ejerce realmente, Cristina Fernández de Kirchner.  

La nueva ministra no asumió su cargo de manera consensuada, porque, para llegar a un consenso, deben existir dos partes, que, al tener fuerzas equilibradas, están obligadas a encontrar puntos de acuerdo. No es este, evidentemente, el caso, ya que Cristina avanzó como la guerra relámpago de Hitler, sin dar oportunidad de respuesta a sus enemigos.  

Batakis, no es una soldado del kirchnerismo, sino más bien un cuadro de perfil técnico, que trabajó para el gobierno provincial de Scioli y que parece que va a continuar, en términos generales, la política económica de Guzmán. El mercado desconoce qué hará Silvina Batakis y eso naturalmente genera dudas. Vamos a estar así hasta que presente un programa económico. Hasta ahora estuvo tratando de calmar las aguas diciendo que continuará con el acuerdo con el FMI y las políticas de Martín Guzmán, pero hay dudas”[1] 

¿Porque Cristina pondría alguien que continúe lo que combatió? Porque su propósito no es sacar al país de la crisis, sino que la crisis se termine llevando puesto al presidente. Probablemente, porque llegado a ese punto, la sociedad toleraría más un ajuste mayor, que es el verdadero plan de Cristina. Ella podría, por lo tanto, justificar ese durísimo ajuste a la pesada herencia del otro Fernández, es decir, a su propio gobierno.  

No son casuales los gestos de la “jefa” hacia el stablishment, entre estos la reunión con el economista neoliberal Melconián. Una política semejante, con la cual buscaría garantizar la gobernabilidad, podría ejecutarse con una ruptura aún mayor del marco institucional, un golpe “blando”, como los que el progresismo atribuyó a la destitución de Dilma Roussef o Fernando Lugo.  

La tendencia a valerse de ese tipo de mecanismos, o maniobras institucionales, no desapareció. Continúa siendo una táctica válida para los partidos patronales, a pesar de que los actuales procesos electorales en cursos empujan hacia el poder a nuevas o recauchutadas variantes populistas, que, en general, están llamados por la realidad a jugar el papel de verdugos de la clase obrera.

Esta perspectiva va en el sentido de la transformación que está sucediendo en el conjunto de regímenes “democrático burgueses” del continente y de todo el mundo, ya que, debido a la tremenda crisis actual, sirven poco para garantizar la gobernabilidad capitalista. Por eso, desde nuestra corriente internacional venimos analizando el avance de gobiernos de carácter más “bonapartista” o directamente dictatoriales.   

Ubicándose a la altura de estas circunstancias, y al mejor estilo gramsciano, el kirchnerismo viene librando una “batalla cultural”, a través de la cual denigra sistemáticamente a la principal institución del régimen representativo de este país, la presidencia de la Nación. Esto es, en los hechos, una forma de preparar la destitución o la renuncia de quien ejerce ese cargo, situación que no está realmente lejos de concretarse.  

La crisis agudiza la guerra entre los de arriba y, en ese marco, el peronismo, que tiene una fuerte tradición de dirimir sus internas a los tiros, va recuperando de a poco esa impronta. A pesar de que las bombas y la metralla hayan sido cambiadas por campañas, chicanas, carpetazos y discursos grandilocuentes, el fin es exactamente el mismo.  

La crisis política no está cerrada, lo estará cuando Cristina Fernández logre, si es que lo puede concretar, convertir al albertismo en tierra arrasada y avanzar con sus planes reaccionarios. El grave problema -para la burguesía que intenta representar- es que esta guerra tiene daños “colaterales” muy fuertes que terminan debilitando al régimen y desgastando la opción de recambio, que ella representa, un año antes de las elecciones.  

La izquierda revolucionaria debe salir de su letargo e intervenir con audacia en esta crisis, ubicándose en el centro de la escena política nacional como la única opción capaz de resolver, con una política socialista, los reclamos insatisfechos más elementales de las mayorías. Para eso tiene que agitar la necesidad de construir, desde abajo, otro Argentinazo que se los lleve puestos, a todos y a todas los de arriba, dando lugar a un gobierno de los/as de abajo.



[1] La Nación 05/07/2022

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