jueves, 19 de mayo de 2022

Papel del trabajo y nuevas tecnologías, en el desarrollo de la consciencia obrera


Por Claudio Colombo

Los seres humanos construimos la mayor parte de nuestra consciencia a través del lenguaje articulado, o combinación de palabras con las que creamos conceptos, un sistema de generalizaciones que reemplazan las imágenes, o se combinan con estas, de manera de agilizar el funcionamiento del “disco rígido” que da lugar a nuestro razonamiento.

Ese proceso pegó un salto de calidad cuando nuestros ancestros comenzaron a ponerle nombre a todo, abandonando la etapa en la cual sus pensamientos se construían solo con imágenes, como sucede con la mayoría de los animales.

Según Lev Vygotsky, la sociedad les proporciona a las personas ese tipo de “mediadores”, que emplean, a lo largo de su vida, para relacionarse con los objetos y otras personas. Estos signos, surgidos durante la evolución de las primeras sociedades de cazadores recolectores, colaboran con el proceso de “interiorización”, mediante el cual se construye la conciencia individual y social.

Analizando el uso de los signos lingüísticos, el director del Laboratorio de Psicología Experimental y Neurociencias del Instituto de Neurociencia Cognitiva y Traslacional de EE.UU., Adolfo García, dijo que: “todavía es un misterio cómo hace el cerebro para decodificar esos garabatos escritos y articulaciones sonoras.” (La Nación, 17 de junio)  

“Hace tiempo que los científicos se preguntan cuáles son los caminos que trazan las palabras entre las neuronas. En sus investigaciones, mostraron que al ver o escuchar una palabra que denota un movimiento corporal (por ejemplo, "aplaudir"), se registran picos de activación en los circuitos cerebrales que permiten realizar esa acción (es decir, se da una especie de simulación mental del acto de aplaudir).”

“También se activan regiones cerebrales que integran esa simulación del movimiento con otros tipos de información, como la imagen visual de las manos, la sensación táctil generada por el choque de ambas palmas o el sonido del aplauso. Dicho de otro modo, el cerebro pone en juego por lo menos dos grandes sistemas: uno que reactiva las experiencias evocadas y otro que permite acceder a un concepto global".

Las investigaciones de este científico reafirman el papel de las palabras en cuanto su uso como mecanismo de razonamiento avanzado, ya que la creación de los conceptos ha sido, quizá, el avance más grande de la historia de la humanidad, que, en definitiva, la ha permitido dominar al resto de los seres vivientes y encarar desafíos mucho más grandes, como terminar con la explotación y organizar, para eso, una sociedad distinta.

No habríamos llegado a esa situación sin la conquista del trabajo social, que comenzó con la cacería en equipo, avanzó mucho con las sociedades agrícolas y explotó, de manera exponencial, cuando la burguesía se apoyó en la Revolución Industrial para acrecentar sus ganancias, dando lugar a un proceso inigualable de avances científicos y tecnológicos.  

Cuando las fuerzas productivas adquieran un standard cualitativamente superior al actual, la creación y uso de nuevas técnicas, caso con seguridad les abrirá las puertas a nuevas formas de comunicación y de razonamiento entre los hombres y las mujeres libres de la alienación.

Esto será posible cuando las máquinas funcionen casi sin la necesidad de recurrir al trabajo humano, permitiendo que las personas se dediquen a cuestiones mucho más gratificantes, como la investigación, el arte, los deportes, los viajes intergalácticos, etc. En ese contexto, hombres y mujeres conquistarán lugares recónditos, no solo fuera de la Tierra y el Sistema Solar, sino en el interior de sus propios cerebros.

Ese cambio profundo, como todo proceso vivo, ya está teniendo lugar en el vientre de la clase que lo va a parir, el proletariado, expresando su potencialidad revolucionaria y ciertos indicios del lenguaje sobre el que se construirá la personalidad de los hombres y las mujeres socialistas. Los y las socialistas, que pretendan comprender la revolución que se avecina, deben, por lo tanto, entender el lenguaje de sus vanguardias.

Este, que se vale de imágenes, gestos y signos es extraño a los oídos de la mayoría de los "estudiosos", educados en las viejas técnicas comunicativas, ya que las instituciones capitalistas que la formaron no están en condiciones de comprender lo que se viene, porque rechazan y combate esa perspectiva, que es la de su propia destrucción. Sin embargo, para quienes queremos revolucionar el mundo resulta fundamental lograrlo.

La manera de conseguirlo es “parar la oreja”, escuchando, pero en profundidad no superficialmente, a la juventud obrera, la que forma parte del moderno proletariado que afrontará los próximos combates contra la burguesía, aquella que se está forjando en las fábricas y empresas, manejando las nuevas tecnologías, a partir de las cuales se está gestando el lenguaje del futuro.

La consciencia de cada obrero y obrera de vanguardia, que se está construyendo en lo más profundo de esa “tormenta” social y tecnológica que es el Capitalismo actual, pega saltos tan grandes que descolocan a la intelectualidad izquierdista, que, en el fondo, la desprecia. Es que los códigos comunicativos que utilizan son incomprensibles para esta gente, que basa sus análisis en vetustos silogismos.

Entender esta dinámica significa valorizar el método marxista, como el que le permitió a Engels escribir “El papel del trabajo en la evolución del mono al hombre”, sobre cuyas enseñanzas se podría elaborar otro, que se titule “El papel de las nuevas tecnologías en el cambio del lenguaje humano y su manera de razonar”.

Lev Vitogsky sobre la consciencia de los obreros revolucionarios de 1917

Lev Vigotski, fallecido en 1934, escribió el 23 de diciembre de 1923 este comentario, tratando de explicar la relación entre el proceso de Autoorganización Obrera que dio lugar a la Revolución de Octubre y la consciencia que lo gestó. Para eso se valió del libro de John Reed “Diez días que conmovieron al mundo”:

“El libro de Reed muestra un cuadro general de una genuina revolución popular. Ahí reside, precisamente, la fuerza del libro. Comunica acontecimientos que todos conocen muy bien. No hace un esbozo de algo particular, extremadamente colorido, ni narra detalles novedosos. Comunica precisamente aquello que es típico de una revolución, aquello que para sus contemporáneos y, aún más, para su progenie es lo más esquivo: el estado de ánimo de las masas, la reacción contra un pasado que torna comprensible cada acto de la revolución.”

“Un historiador o un autor de memorias no pueden recrear esta atmósfera anímica – solamente un artista – Y en su escritura John Reed se mantiene como tal todo el tiempo, pero no es un artista que trata con la fantasía, sino con la verdad…  Reed se interesaba por todo. Una conversación con un taxista, una asamblea de soldados, los reproches de un terrateniente, la exclamación accidental de un conductor – no existe la más mínima insignificancia que Reed descarte del polvo de la historia, que no coloque en su correcto lugar, de modo tal que, comenzará a brillar con la luz de la verdad y su significado, la luz del heroísmo. He aquí una simple escena, una anécdota de la revolución.”

Miren como la cuenta. “Cierto día, al acercarme al portón del Smolni (donde estaban reunidos los dirigentes de la Revolución) ví a Trotski y a su esposa justo frente a mí. Un centinela los había parado. Trotski buscaba en sus bolsillos, pero no podía encontrar su pase. No importa – dijo finalmente – Usted me conoce. Mi nombre es Trotski. Usted no tiene el pase – contestó el soldado, empecinado -. No puede entrar. Para mí el nombre no significa nada.  Pero si yo soy el presidente del Soviet de Petrogrado. Bueno – respondió el soldado –, si usted es un tipo tan importante, por lo menos debe tener un papelito…

El soldado, finalmente, llamó con un movimiento de cabeza al cabo de guardia. Trotski le explicó la situación. “Mi nombre el Trotski” – repetía -.  ¿Trotski? – El cabo de guardia se rascó la cabeza – Escuché ese nombre en algún lado – dijo finalmente -. Creo que todo está bien. Bueno, entre, camarada.” (Reed, páginas 67 y 68)

Esta fuerza y empecinamiento del guardia, quien no estaba allí para cumplir la orden de alguien, ni siquiera la del presidente del soviet, es una pequeña muestra de ese gran heroísmo de las masas que hicieron la revolución. Y este soldado al mando no podía ignorar lo que estaba ocurriendo.  Los soldados estaban al lado del Smolni en vísperas de la revolución, el país estaba abiertamente dividido en dos campos hostiles. Tenía que saber por qué causa estaba él de guardia. Pero el punto es que el nombre de Trotski significaba menos que la conciencia revolucionaria del soldado. El soldado al mando había escuchado el nombre en alguna parte.

Tomemos esta otra escena. Inmediatamente después de la revolución, Antónov y Dibenko, los comisarios (ministros) de guerra y de marina, partían hacia el frente revolucionario:  “Apenas llegaron a la Avenida Nevski un neumático reventó. ¿Qué vamos a hacer? – preguntó Antónov – Requisemos otro vehículo – dijo Dibenko, revoleando su revólver. Antónov se paró en medio de la avenida y detuvo un vehículo conducido por un soldado.  

Necesito este vehículo – dijo Antónov -. No lo doy – respondió el soldado -. ¿Usted sabe quién soy yo? - y Antónov le mostró un papel con su nombramiento de Comandante en Jefe de todos los ejércitos de la República de Rusia, que decía que todos debían obedecerle sin cuestionamientos. No me importa, aunque usted sea el mismo diablo – dijo el soldado -. Este vehículo pertenece al Primer Regimiento de Ametralladoras y estamos transportando munición. Ustedes no lo pueden tener” (Reed, página 172)

Es el mecanismo general de la revolución – y hay infinitas anécdotas de este tipo – Esas situaciones no ayudaban a acelerar la causa, pero de no haber sido por esa conciencia indoblegable, esa voluntad de ganar, esa determinación del soldado común para defender su propio punto de vista, no habría habido revolución alguna.  El soldado no le dio al mismo diablo lo que pertenecía al Primer Regimiento de Artillería. La tarea de los dirigentes era coordinar, fusionar estos regimientos separados, pero la revolución funcionaba desde abajo hacia arriba, desde el corazón al cerebro, como la sangre en el cuerpo, desde el soldado hacia el comandante en jefe y no en el sentido inverso.

Volviendo del Smolni, Reed se encontró con una multitud inusual en la Plaza Známenskaia, frente a la estación ferroviaria Nikolái:   “Miles de marineros se habían concentrado allí blandiendo sus rifles. De pie en la escalinata un miembro de la Vikzhel – Comité Ejecutivo del Sindicato Ferroviario de toda Rusia – suplicaba: Camaradas, no podemos llevarlos a Moscú. Nosotros somos neutrales. No transportamos tropas para ninguno de los dos bandos. No podemos llevarlos a Moscú, donde hay una guerra civil terrible…

Toda la plaza enardecida rugió. Los marineros avanzaron. De repente, se abrió una puerta de par en par y aparecieron dos o tres mozos de cordel, un fogonero y alguien más. ¡Por aquí, camaradas! – gritaron -. Los vamos a llevar a Moscú o hasta Vladivostok, adonde quiera. ¡Viva la revolución! “(Reed, página 199)  Así, los mozos de tren y los fogoneros llevaron la revolución a Moscú, a Vladivostok y a otros sitios. Y los gremialistas burócratas permanecieron neutrales: confundidos y apenados, inmediatamente perdieron el control de los acontecimientos.

Estos cuadros de la horrible confusión tragicómica de la intelectualidad, del gobierno provisional (de Kerensky), los comités, todas las “fuerzas vivas del país”, todos aquellos que recientemente (desde febrero hasta fines de octubre) habían conducido a Rusia, alternaron con los cuadros del heroísmo de las masas.  En lo que concierne a los auténticos dirigentes de la revolución – sólo estaban allí unos pocos de ellos -, Lenin y Trotski arengaron por la insurrección, en la asamblea del 23 de octubre (según el viejo calendario).

“Entonces, se levantó un sencillo obrero con el rostro desencajado por la ira. Yo hablo en nombre del proletariado de Petrogrado – dijo amenazante – Estamos a favor de la insurrección. Hagan como quieran, pero les digo que si dejan que los soviets sean destruidos. ¡Continuaremos sin ustedes!  Varios soldados se le unieron. Y después de la nueva votación la insurrección quedó decidida. “(Reed, página 59)

Algunos dirigentes que siempre habían tenido claro el significado de estos eventos, tuvieron horribles momentos de dudas. Durante la escaramuza en Moscú, Lunacharski escribe una carta anunciando que abandona el Gobierno: “No puedo soportar por más tiempo”.  Un grupo de dirigentes renuncia al SovNarKom, otros al Comité Central del partido bolchevique. Lenin llama desertores a sus más cercanos amigos y camaradas. Pero también había dirigentes genuinos que no eran unas meras etiquetas que llevaban sus nombres a los grandes eventos, tal como concebía Totstoi el papel de las grandes personalidades en la historia.  

Eran el cerebro y la conciencia de la revolución, los que guiaban la voluntad espontánea de la misma. En tanto que cerebro, ellos recibían sangre del corazón de la revolución – las masas populares – y les devolvían pensamiento. Dijo Lenin:  “El 6 de noviembre sería demasiado prematuro. Debemos contar con el apoyo de toda Rusia para la insurrección y el 6 no habrán llegado todos los delegados al Congreso. Por otro lado, el 8 sería demasiado tarde: el Congreso ya estaría organizado y es muy difícil, para una organización tan numerosa, tomar decisiones rápidas y resueltas. Debemos actuar el 7, el día que el congreso abre, así podremos decirle: ¡Ahí está el poder! ¿Qué van a hacer con él? “(Reed, página 73)

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