Por Damián Quevedo
La crisis local, agravada por la recesión internacional, empuja a los capitalistas a imponer ajustes brutales para incrementar más y más el nivel de explotación de la clase obrera. Esta necesidad no es solo de la burguesía autóctona -si es que existe- sino que constituye una tendencia mundial, que implica un paulatino abandono de la “democracia” representativa y un continuo y sistemático ataque a las libertades.
Esta tendencia, tuvo su aparición rutilante a partir de lo que hemos denominado Contrarrevolución Covid, que significó la imposición del encierro masivo, el “distanciamiento social”, los pases sanitarios, etc. De esa manera, como continúa ocurriendo en Shangai y otras ciudades del gigante asiático, los y las de arriba se jugaron a destruir una enorme cantidad de fuerzas productivas y, en ese marco, a regimentar a las masas con medidas draconianas nunca vistas.
Esta política no pudo mantenerse en el tiempo debido al gran descontento social y al aumento de la crisis global, que hoy por hoy se expresa a través de un proceso generalizado de inflación y la posibilidad de una guerra entre las principales potencias. La bronca de los y las de abajo está dando lugar a una incipiente y profunda reorganización del movimiento obrero, el mismo que fue vanguardia a la hora de acabar con el confinamiento y los "protocolos".
Esta situación lleva a los administradores del ajuste -gobierno y oposición patronal- a buscar formas de represión, como la que desplegaron frente a la movilización de los movimientos sociales. Sin embargo, la debilidad del gobierno hace que les resulte muy difícil desplegar la represión de gran escala que pretenden. ¡Para eso deberían contar con una fuerza política capaz de llevarla adelante, que no existe ni en el oficialismo ni en las filas de la oposición patronal!
Durante décadas esa fuerza política ha sido el peronismo, que ya no está en condiciones de garantizar la gobernabilidad mediante prácticas represivas duras, particularmente después de la última derrota electoral. Es por eso que tanto el gobierno nacional, como Larreta, tuvieron que tolerar un acampe de varios días en el centro de CABA. Esta relación de fuerzas les impidió avanzar en la "caza de brujas" que diseñaron luego de los acontecimientos del Congreso, cuando pactaron con el FMI.
Una nueva muestra de esta situación es la libertad de Sebastián Romero, que en otras circunstancias hubiera sufrido años de cárcel. Los capitalistas se encuentran en un atolladero, porque en este período crítico en el que una forma de el poder caduca -la democracia burguesa- no han podido parir otra, mucho más represiva o "bonapartista", acorde a sus necesidades actuales.
La debilidad del gobierno, la oposición patronal -y del conjunto de las instituciones- no implica que dejen de ser peligrosos para los trabajadores, ya que los capitalistas en este tipo de situaciones, de descomposición, pueden incurrir en acciones desesperadas, cual fieras heridas. El gobierno de la Alianza, uno de los más débiles de la historia argentina, sino el más débil, reprimió salvajemente a la movilización, asesinando a decenas en 2001.
Estamos ante el comienzo de una etapa de luchas obreras, que crecerán y se radicalizarán debido al avance del ajuste, razón por la cual es necesario señalar que los y las de abajo deben prepararse, utilizando todas las herramientas tradicionales, como la autodefensa, asumiendo a esta como cuestión de “vida o muerte”. La izquierda, en vez de pelearse en los pasillos de la universidad, debe aportar a ese proceso, jugándose a liderarlo.

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