domingo, 6 de febrero de 2022

La gran burguesía, está liquidando la "democracia" representativa



Por Damián Quevedo y Juan Giglio

La democracia representativa, el régimen mediante el cual los partidos patronales debaten entre ellos en el parlamento y otras espacios similares, surge entre los siglos XVIII y XIX. Este tipo de construcción institucional, que en algunos países semi coloniales se terminó de establecer en pleno siglo veinte, expresaba, en sus inicios, la existencia de un capitalismo pujante, que permitía el desarrollo y el crecimiento de distintas facciones del capital.  

Ese período, el cual la dominación burguesa comenzó a expandirse en todo el mundo -en palabras de Marx, profanando todo lo sagrado y derribando hasta la muralla China- la burguesía necesitaba consensuar, aun cuando explotaban las más duras luchas entre sus fracciones más dinámicas y poderosas. Ese consenso o “negociación”, implementado en las cámaras legislativas, era, además, una forma práctica y eficaz de ejercer el poder sobre la clase obrera y las demás capas oprimidas.  

Sin embargo, en épocas de crisis de una sociedad en la que prima la competencia inter patronal, esta puja "inter-burguesa" tienden a volverse cada vez más violenta, por lo tanto a acabar con las formas democráticas, dando lugar a regímenes “bonapartistas” o directamente dictatoriales. En ese marco, las fracciones triunfantes les imponen sus condiciones a las que quedan en pie. Con el desarrollo del Capitalismo, cuando se transformó en imperialismo, los grupos dominantes se convirtieron en monopolios y dueños del capital financiero. 

Explicado en el mismo sentido en que lo caracterizaba Lenin, el imperialismo no es la política de tal o cual potencia, sino la consecuencia directa de una determinada etapa del desarrollo del sistema. Cuando el imperialismo se desarrolla, las disputas entre las bandas imperiales se agudizaron hasta adquirir la forma de guerras mundiales, como las dos del siglo pasado, que fueron producto de la pelea por el reparto del mundo (y del mercado mundial) entre las grandes potencias de esa época.  

El régimen, es decir la forma de gobierno -dictatorial, bonapartista o democrático burgués- es la herramienta a través de la cual los burgueses manejan esos Estados. Esta tiende a modificarse cuando los enfrentamientos se profundizan, porque, para afrontarlos, los capitalistas necesitan imponer una disciplina mucho más férrea que antes, entre sus pares y hacia los trabajadores y el pueblo. Por esa razón, el vertiginoso proceso de centralización del capital, que se desarrolló en este último período, hizo que el régimen democrático, en su forma clásica, ya no tuviera la utilidad de antes. 

Esta dinámica, que hunde sus raíces en acontecimientos fundamentales del siglo XX, como las grandes guerras, la aparición del fascismo o la explosión de revoluciones socialistas, no es lineal, sino que se desenvuelve con avances, retrocesos. El gran cambio, o “reseteo” -palabras de Bill Gates- viene ocurriendo en estos últimos dos años, desde el inicio de lo que hemos denominado Contrarrevolución Covid.

Entre 2018 y 2019 se exacerbó la crisis capitalista, empujando a los bloques en pugna (EEUU, Europa, Japón, China y Rusia) a un conflicto militar. La guerra directa no pudo concretarse, no por falta de deseos de los burgueses involucrados, sino debido a la resistencia del movimiento de masas a alistarse para morir, por millones, en una contienda de esas dimensiones. A raíz de esta contradicción, por ahora difícil de resolver, la burguesía tuvo que ensayar nuevas formas para pelearse, frenar y aplastar la resistencia obrera. 

Para eso se propuso liquidar el régimen democrático, buscando eliminar muchas de las libertades públicas que lo caracterizaron y darle una forma más cercana al bonapartismo. Es decir, un régimen en el que no desaparecen abiertamente las instituciones y las libertades adquiridas en la democracia representativa, pero estas se cercenan en la medida que la clase obrera y el pueblo retrocedan, implementando mayores y nuevas formas de control social y represión.  

Estos cambios no son, como muchos años atrás, coyunturales, como los períodos de dictaduras militares, luego de las cuales reaparecían los sistemas parlamentarios. Esta transformación, que es uno de los productos más genuinos -y reaccionarios- de la etapa de agonía del capitalismo, vino para quedarse y profundizarse, ya que las instituciones del capitalismo ya no son eficientes para contener al movimiento de masas.  

Para eso la burguesía recurrió a uno de los sectores que todavía gozan de cierta confianza en el movimiento de masas, sus instituciones médicas, hoy por hoy bajo el mando de la “Big Pharma”, centralizadas en ese gran aparato de coordinación de las políticas contrarrevolucionarias, que se denomina Organización Mundial de la Salud. ¡No casualmente, la OMS dejó de ser financiada por los Estados, para estar bancada, principalmente, por grandes laboratorios o grupos financieros, como Black Rock y Vanguard!  

Los partidos revolucionarios, debemos prepararnos para enfrentar esta nueva situación, que, inevitablemente, llevará a grandes rebeliones, en las que tendrán un valor predominante las consignas “democráticas”, o defensa de las libertades públicas. La batalla entre revolución y contrarrevolución, que está a la orden del día, y será cada vez más franca, obliga a los revolucionarios y las revolucionarias consecuentes a construir el programa que dé respuesta a esta nueva situación.  

Lamentablemente, la mayoría de las organizaciones de izquierda no se ubica a la altura de las circunstancias, porque no han sido capaces de comprender el carácter de la nueva etapa, sucumbiendo a las directivas de la OMS y aceptando mansamente la imposición de cuarentenas, distanciamiento social y pases sanitarios, en nombre de la “salud”. ¡Estas políticas nada tienen que ver con la cuestión sanitaria, han sido diseñadas para restringir las libertades y desmovilizar a la clase trabajadora y al pueblo pobre!  

Las organizaciones socialistas que hemos comprendido lo que está sucediendo, tenemos una responsabilidad enorme, que es la de convocar a reorganizar las fuerzas revolucionarias alrededor del programa que sirva para poner en pie el Estado Mayor que necesitan los y las de abajo para tumbar al Capitalismo y poner en marcha una nueva sociedad sin explotados ni explotadores.  

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