Por Damián Quevedo
El gobierno tiene que hacer algo que han sabido hacer todos los gobiernos peronistas -ajustar- aunque debe hacerlo en un contexto de profunda debilidad, una situación determinada por la crisis económica y del régimen, que sucede en un contexto explosivo, signado por la actual oleada de movilizaciones y rebeliones del movimiento de masas de los países vecinos, dinámica que golpea las puertas de este país cada vez con más insistencia.
Las protestas de Chile y Perú, como antes fueron las de Bolivia, Colombia y Ecuador, acorralan gobiernos de todos los colores, como los progresistas, que constituyen la expresión capitalista que quedó en peores condiciones de afrontar las actuales circunstancias, ya que carece de los recursos que históricamente le permitieron otorgar ciertas concesiones. El recambio de Evo Morales -por su ex ministro de economía- es una de las manifestaciones más acabadas o patéticas de la imposibilidad de repetir las experiencia populistas del pasado.
Lo mismo pasa con los populistas de derecha, como Bolsonaro, que pasó sin pena ni gloria por el firmamento brasilero, ya que sus candidatos acaban de ser aplastados por los votos de la oposición en elecciones legislativas y municipales, las primeras de su mandato. Resulta sintomático que también continúe derrumbándose el PT, que apenas disputa el liderazgo de dos ciudades, Recife y Vitoria, que si se las compara con Sao Paulo, Porto Alegre o Río de Janeiro poca importancia tienen.
Mientras intenta ciertas respuestas políticas y sociales, el peronismo mira de reojo lo que está pasando en estos países, vislumbrando una retirada poco decorosa, ya que entiende -mejor que otros- que el tremendo plan de ajuste que comenzó a desplegar, lo pinte como lo pinte terminarán siendo enfrentado por el movimiento obrero más combativo y experimentado del continente, quizá uno de los más duros del planeta.
Como lo venimos señalando en otras editoriales, esta perspectiva puede llevarse puesta al gobierno "nacional y popular", dejando al régimen democrático burgués sin variantes de recambio capaces de domar semejante "potro salvaje". Alberto, Cristina, Kicillof y compañía asumen que no les queda otra que profundizar la variante represiva, con la que tantearon el ánimo de los de abajo en Guernica, provocando un cimbronazo muy significativo en buena parte de su base electoral.
El presidente y sus secuaces saben que el ajuste no avanzará sin palos y que para eso deberían utilizar, junto con las tropas "legales", la opción "para estatal", la misma a la que apeló el mismísimo Perón de los 70, organizando la Triple A, la CNU y otros engendros fascistas. Néstor Kirchner, en su apogeo, también lo intentó, construyendo el “Batallón Militante” y las "Hinchadas Unidas", con lúmpenes que de la mano de la burocracia sindical se enfrentaron con los ferroviarios despedidos del Roca, asesinando a Mariano Ferreyra.
Sin embargo, la relación de fuerzas entre las clases y el avance de la consciencia democrática de millones, le jugó en contra al ex marido de CFK, que tuvo que retroceder "en chancletas", viendo como la movilización no sólo metió en cana al sicario Favale, sino también a su jefe, José Pedraza, quien después de varios años tras las rejas terminó sus días bajo arresto domiciliario. ¡Esta fue una victoria estratégica del movimiento de masas, que descalabró y limitó el accionar de las patotas!
Todo esto, sumado al profundo rechazo social que causó la represión contra vecinos y vecinas de Guernica, obligaron al gobierno a tratar de reconstruir el relato progresista, recurriendo a la discusión parlamentaria del aborto y al llamado impuesto a la riqueza. Lo más probable es que esta táctica le sirva de poco, porque ni el aborto ni este limitadísimo gravamen servirán para detener la bronca social producida por la caída a pique de la calidad de vida del conjunto.
La nueva “batalla cultural”, promovida por los gramscianos de Perón, apenas les será útil para contener -con espejos de colores- a la tropa propia y desviar, momentáneamente, el centro de atención de la opinión pública. Pero, por más que lo pretendan, todos estos fuegos de artificio no les alcanzarán para detener al movimiento obrero, que a pesar de la cuarentena y las políticas de terror propaladas por los medios, hace rato que comenzó a moverse con la fuerza que lo caracteriza.
La izquierda y los sectores combativos deben alentar esta dinámica, proponiendo la realización de asambleas en todos los lugares de trabajo y barrios, junto con un Centro Coordinador de las Luchas, para golpear con la contundencia necesaria al Plan de Ajuste y terminar de una vez y para todas con los ajustadores de turno, imponiendo una salida verdaderamente distinta y superadora, que no es otra que la de una Revolución Socialista.

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