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El año nuevo comenzó con un acontecimiento demostrativo de
la dinámica mundial, que marcha hacia una profundización de las peleas -cada
vez más sangrientas- entre los dueños del mundo. El atentado a la discoteca de
Estambul es un símbolo macabro de esta perspectiva. La mudanza abrupta de Erdogan, que pactó con sus viejos enemigos Putin y Bashar Al Assad la rendición de Aleppo a cambio del despliegue de sus tropas en el Norte de Siria, abrió una "Caja de Pandora" que tendrá consecuencias nefastas para el régime turco, que está cada vez más en crisis y aislado internacionalmente.
Luego de derribar
un avión en la frontera siria y tratar como héroes a los bandoleros que
acribillaron a uno de sus pilotos cuando se eyectaba en paracaídas, Erdogan
corrió a besarle los pies al “Zar” Vladimir Putin, ganándose el odio de un
sector de las bandas islamitas que hasta hace poco eran sostenidas por Turquía. Según dicen varias
fuentes relacionadas a la resistencia kurda, el asesino del embajador ruso en
Ankara no era ningún “lobo solitario”, sino un integrante del riñón de las
organizaciones “otomanistas” fogoneadas por el partido del gobierno, razón por
la cual fue acribillado sin mediar ninguna orden de detención. Si las
contradicciones en las alturas tienden a intensificarse en Turquía, la segunda
potencia de la OTAN y país clave para el futuro de Medio Oriente, ni qué hablar
de lo que está comenzando a suceder en EE.UU., aunque aún de manera menos espectacular. El senador por
Arizona John McCain, un lobista del complejo militar industrial y fundador de
Estado Islámico acaba de viajar a Ucrania para sacarse una foto con el
presidente de ese país y los soldados que están combatiendo a las milicias pro
rusas. (Leer todo en el periódico)
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