Por Nicolás Riu
Días atrás, el presidente de México Peña Nieto declaró que
comprendía “la molestia y el enojo’’ por el alza a los combustibles, aunque defendiendo la medida porque era la “única manera de mantener
la estabilidad económica”. Es que el domingo pasado entraron a correr los aumentos de
los precios - los mayores en muchos años - de 20,1 por ciento para las
gasolinas y el 16,5 por ciento para el diesel, provocando una reacción masiva y
de carácter nacional, denominada “gasolinazo”. Los bloqueos de carreteras y gasolineras, junto con las
tomas de varios palacios municipales son la expresión de la radicalización
política y social que está teniendo lugar en México debido a las políticas de ajuste
y entrega del patrimonio público de Peña Nieto. Estas acciones, que tienen un hilo de continuidad con las
movilizaciones que explotaron luego de la masacre de Iguala y la desaparición
de 43 normalistas en Ayotzinapa a fines del 2014, ocurren a pocos días de la
asunción del “enemigo” declarado de los mexicanos, Donald Trump. La dinámica que están adquiriendo las protestas plantea la
posibilidad de impulsar con fuerza la unificación de todas las luchas alrededor
de una Huelga General contra el gobierno y sus políticas anti obreras y anti
populares. La tarea de los socialistas debe ser la de impulsar la lucha consecuente por la caída del gobierno y por la imposición una salida democrática a la crisis, como la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente en la cual se discuta y decida qué "modelo" de país quieren las masas mexicanas. Desde esa ubicación, los/as revolucionarios/as deben alentar el desarrollo y extensión de las Asambleas y Autodefensas Populares - como ya sucede en varios distritos - para que los trabajadores y el pueblo decidan todo a través de estos organismos democráticos y tengan la capacidad de enfrentar con éxito a las fuerzas represivas y las bandas para policiales conformadas por las mafias del narco estado.

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