Política revolucionaria en tiempos revueltos, Texto de Aldo Casas, Ariel Petruccelli y Juan Pablo Casiello

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Texto escrito por Aldo Casas, Aldo Petruccelli y Juan Pablo Casiello, con el cual, más allá de algunos matices, coincidimos

Recientemente, Fredy Lizarrague, miembro de la dirección del PTS, ha publicado un artículo titulado “Debates y desafíos luego de la marcha de la bronca”. La intervención nos  parece que habilita un diálogo fraterno entre quienes pertenecemos a la izquierda revolucionaria.

La presente coyuntura argentina tiene ribetes excepcionales y ello justifica el estado de deliberación en el que nos hallamos. Con nuestras intervenciones nos venimos proponiendo simplemente colaborar en la intelección de la situación y ayudar a elaborar posibles vías de actuación política con orientación revolucionaria.

Pensar la etapa y la coyuntura

El motivo inmediato del presente intercambio es el balance de la “Marcha de la bronca”. Pero es obvio que subyacen lecturas más generales sobre la etapa o período histórico y la coyuntura, así como apreciaciones divergentes sobre en qué ejes convendría hacer énfasis en las presentes circunstancias. En concreto, nos parece que la diferencia pasa por la importancia respectiva que atribuimos a la constitución de una alternativa política revolucionaria de masas, por un lado, o a la coordinación de las luchas reivindicativas en la perspectiva de una huelga general, por el otro. Pues bien, la “Marcha de la bronca” reflejó cierta ambivalencia.

Su sentido explícito era movilizar “contra” Milei en la perspectiva de una “huelga general”. Pero casi todos los analistas la han leído en clave de “movilización de la izquierda”. Lizarrague mismo comparte este análisis, al denunciar que el peronismo no movilizó y apuntar positivamente el comentario de un periodista peronista que observó que la izquierda movilizó en sus propios términos y logró un salto cualitativo.

Ahora bien: los sectores efectivamente movilizados, ¿pueden razonablemente ser considerados los embriones de la organización real de una huelga general? Dejando a un lado la eventualidad de una sorpresa, francamente no lo parece. La brevísima enumeración de los sectores sindicales que votaron en favor de la movilización es una confirmación de eso. Señalar esto no significa que debamos estar en contra de una huelga general: como cuestión propagandística ese horizonte debería estar siempre presente.

¿Pero puede la izquierda organizarla en la Argentina actual, en una etapa de la lucha de clases claramente defensivo a nivel estructural? No lo parece: el nivel de conflictos laborales se halla en mínimos históricos y nuestra presencia sindical es muy débil. Por supuesto, un pico inflacionario o una corrida cambiaria podrían producir un estallido social. Y está bien prepararnos para esa eventualidad. Pero a un estallido no se lo organiza: simplemente ocurre.

Una huelga general es otra cosa. Aunque hay unos pocos ejemplos de huelgas generales espontáneas, en la inmensa mayoría de los casos (y en todos los casos en nuestro país, a excepción de la huelga en solidaridad con los trabajadores del frigorífico Nacional en 1959) han sido convocadas y organizadas, mal o bien, por centrales sindicales. En la actualidad no dirigimos ninguna y nuestra influencia es extremadamente limitada en todas. Así, la invocación a la huelga general es agitación política, sin mucha base que permita confiar en su efectiva realización. 

Sin embargo, consideramos que una tarea no menos necesaria y mucho más factible es apoyarnos en la inmensa simpatía por “la zurda” Myriam Bregman para instalar en la arena pública una perspectiva revolucionaria vinculada a lo que más genéricamente podemos llamar un “gobierno de trabajadores”. Lo asociamos explícitamente a una perspectiva revolucionaria, y estamos de acuerdo con la perspectiva sovietista y del frente único, sobre las que Lizarrague remite a un reciente artículo de Marías Maiello y Emilio Albamonte.

Siendo así, de hecho, cuesta trabajo entender por qué, si la perspectiva es la que se expone en ese texto, no han aceptado la propuesta que hiciéramos para conformar “comités de base por un gobierno de la izquierda y los trabajadores” o por qué, luego de hacer un llamado -al que nosotros acompañamos- para crear comités por un nuevo movimiento histórico o un partido de la nueva clase trabajadora, se excluyó de los mismos ya no a sectores reformistas, sino a las mismas organizaciones del FIT-U.

Una posible interpretación es que desde el punto de vista del PTS se piensen las instancias tipo soviéticas o las fuerzas de frente unido en términos esencialmente reivindicativos, no primariamente políticos. Pero ello no encaja bien con los ejemplos históricos que se reivindican: tanto los soviets como las experiencias de frente unido combinaban demandas reivindicativas con demandas y perspectivas políticas.

En relación con esto, Lizarrague sostiene: “Los autores del artículo subestiman la pelea por organismos de coordinación de masas que comiencen a centralizar las luchas, tomar decisiones y organizar alrededor de la clase trabajadora a sectores populares mucho más amplios. Sería apuntar a una situación con tendencias al doble poder. En esas condiciones, preguntar ‘qué gobierno viene después’ deja de ser una pregunta sobre un gobierno conquistado por vía electoral. Se convierte en una pregunta sobre qué clase va construyendo condiciones para gobernar”.

No creemos haber subestimado la coordinación de masas en la perspectiva de crear organismos de doble poder. La propuesta de los comités de base buscaba precisamente eso. La única diferencia reside en si esos comités serán meramente reivindicativos (en cuyo caso no es nada claro que puedan devenir instancias de doble poder) o si son fuertemente políticos (en cuyo caso la dimensión de doble poder se torna más comprensible y cobra fuerza).

Aquí puede existir una diferencia de cierta importancia. Mientras que la construcción del partido es considerada como una tarea que demanda un sostenido esfuerzo consciente, al que se dedica el grueso del tiempo y de las energías, las instancias “soviéticas” tienden a ser consideradas de surgimiento espontáneo. De modo característico, Lizarrague afirma: “Todos los ejemplos históricos conocidos muestran que la auto organización de tipo ‘consejos’ (‘los equivalentes funcionales de los soviets’) surgen como necesidad de la lucha”. 

¡Pero no ha sido así! Ni en la revolución china, ni en la yugoslava, ni en la cubana se desarrollaron soviets o consejos. Tampoco en Vietnam o en los procesos africanos de liberación nacional. Donde existieron, los sóviets no crecieron más o menos naturalmente al calor de las luchas, sino como expresiones más o menos desarrolladas de gobierno obrero-popular y poder dual. Si consideramos que son indispensables para el socialismo, hay que colaborar decididamente con su creación y fortalecimiento, dedicando a ellos energías equivalentes a las que se dedica a la construcción de los partidos u organizaciones políticas revolucionarias.

¿Es posible instalar en la agenda pública la necesidad de una revolución?

Pensamos que hay condiciones para intentarlo. La enorme visibilidad pública de Myriam Bregman y la simpatía popular que concita ofrece la posibilidad de propagandizar y debatir con decenas de miles y luego millones qué es eso de hacer una revolución anticapitalista, socialista. No tenemos ningún empacho en reconocer los enormes méritos del FITU, del PTS y de la propia compañera Myriam en la creación de esta inédita situación a nivel mundial: una izquierda revolucionaria observada con interés por un amplio sector de las masas. La popularidad de Myriam es una fabulosa carta política; y un desafío inédito. Pero esto no encaja con experiencias pasadas y reclama ingentes esfuerzos de reflexión y elaboración.

La terra incógnita de la política de masas

Hay que reconocer que los desafíos de llevar adelante una política de masas son enormes y están plagados de riesgos, tanto más cuanto que a nivel estructural los trabajadores y sectores populares siguen estando a la defensiva. Hace décadas que la izquierda revolucionaria, en todo el mundo, no ha podido hacer otra cosa, en el mejor de los casos, que política para pequeñas “vanguardias”. Según qué ejemplo tomemos en consideración, la última revolución socialista ocurrió hace 47 o 67 años.

Y todas tuvieron lugar en países sin democracias liberales consolidadas, en un mundo sin “cadenas globales de producción”, sin inteligencia artificial, sin internet, sin redes sociales y casi sin televisión. Condiciones tan diferentes obligan a una gran inventiva. Todo esto, evidentemente, demanda investigaciones y discusiones que exceden infinitamente a lo que se puede desarrollar en un artículo y a lo que podemos elaborar tres viejos militantes.

En todo caso, no es lo mismo la política de masas (orientada a millones) que la política para la “vanguardia” (miles o decenas de miles). La coordinación de sectores en lucha o las movilizaciones como la “marcha de la bronca” son buena política para la vanguardia. Pero eso no significa que sea una buena política de masas. Ante los ojos de esas millones de personas que ven con simpatía a Bregman, la izquierda no necesita demostrar honestidad o combatividad. Esas virtudes se le reconocen.

Es una diferencia enorme con otras expresiones de “izquierda radical” a nivel internacional, que tienen un carácter casi exclusivamente parlamentario y objetivos reformistas. ¿Pero qué nos reprochan esos sectores “mínimamente politizados” a la izquierda revolucionaria? No hay en esto ningún misterio: que criticamos pero no proponemos, que proponemos cosas imposibles; que no podemos o no queremos gobernar; que estamos siempre divididos.

Ahora bien, hoy en día nos hallamos en inmejorables condiciones para neutralizar estas críticas y acercar a esas millones de personas a una perspectiva revolucionaria. Ese enorme segmento de la población no está esperando que convoquemos a luchar: eso ya lo saben. Lo que esos millones de personas están esperando es que la izquierda se muestre como una opción capaz de gobernar y decidida a hacerlo.

De cara a las masas, no tenemos dudas de que el discurso de la izquierda revolucionaria debe ser no sólo propositivo, sino audazmente orientado al futuro. Tenemos que construir propuestas que necesariamente sean fuera de lo común. En situaciones de inestabilidad, como en la que nos hallamos, hay espacio para ellas. En la era de la hiperpolítica (un término que aceptamos a medias, pero que sirve al menos para describir ciertas características del momento actual), los discursos extremos son sumamente atractivos.

Para la política revolucionaria esto representa una gran oportunidad: la posibilidad de una propaganda e incluso una agitación de masas resueltamente revolucionaria y efectivamente audible por sus destinatarios. Ahí vemos el desafío y sin duda está ligado, nos guste o no, al proceso electoral en curso. Con la figura de Myriam la izquierda disputa hoy bien arriba en los debates y tiene un auditorio impensable hasta hace poco tiempo. Tras el triunfo de Mamdani en Nueva York y de Die Linke en Berlín, en la Argentina se discute si Miriam Bregman pueda ganar las elecciones; y de lo que se trata es de aprovechar esa oportunidad para acercar a millones a una propuesta revolucionaria y para organizar a decenas de miles que quieran sumarse a esa apuesta.

Ahora bien, de cara a las masas, anclar el discurso público en la crítica a los otros y no en las propuestas propias, o en advertir que una cosa es llegar al gobierno y otra tener el poder, lo más probable es que produzca el efecto de que esos millones de difusos simpatizantes lo interpreten en clave de “la izquierda no está decidida a gobernar” o “no se puede hacer nada porque el poder no lo tenemos los trabajadores”, cuando se trata de señalar que acceder al gobierno ofrecería excepcionales condiciones para revolucionar la organización de las masas y luchar por todo el poder.

La apelación a que “hay que construir el partido de la nueva clase trabajadora” puede interpelar a una vanguardia acotada y no a las grandes mayorías, que no en vano vienen de años de experiencias en que grandes luchas y movilizaciones a lo sumo han logrado frenar políticas reaccionarias, sin obtener grandes conquistas, y en que las pocas cosas que esas personas suelen considerar positivas han venido de la mano de algún gobierno.

Este es el difícil y contradictorio terreno en el que debemos hacer política revolucionaria. No será sencillo hallar vías que permitan, a la vez, hacer atractivo para las grandes mayorías un proyecto revolucionario de ruptura con el capitalismo y transición al socialismo, y organizar a una vanguardia no sólo acorde con esta orientación, sino dispuesta a luchar denodadamente por ella. Lo que nos parece claro es que no podemos renunciar a ninguno de estos dos cabos.

Elecciones y revolución

Consideramos necesario aclarar que llegar al poder por medios electorales no es para nosotros una estrategia. Es una táctica, posible sólo en algunas circunstancias e ineludiblemente sembrada de riesgos. Lo que sucede es que, en la Argentina de hoy, es una perspectiva que no puede ser descartada. Evitar tomar esta papa caliente puede provocar que millones de personas que comienzan a buscar alternativas radicales, se reafirmen en el prejuicio de que la izquierda es testimonial. El riesgo que enfrentamos es que en el momento en que millones de personas consideran por primera vez la eventualidad de un gobierno de la izquierda, nuestras dudas les reafirmen lo que a priori es un prejuicio: que la izquierda sirve para luchar, pero no para gobernar.

Ante esta situación, nosotros pensamos que la mejor táctica es dar todas las señales de disposición a disputar para ganar las elecciones, para llegar al gobierno y pensarlo como una palanca para tomar el poder; a la vez que se explica la perspectiva anticapitalista y el carácter revolucionario de nuestro programa. Esto significa, desde luego, que incluso en medio de la campaña electoral habrá que decir muy claramente que nuestra política es incompatible con un entramado institucional y legal diseñado para hacer posible cambios realmente importantes.

Un planteo de este tipo, por supuesto, podría ser leído popularmente en clave de “entonces no se puede”. Pero este escollo puede ser salvado proponiendo pasos que permitan romper los marcos del sistema. Una consigna clásica es la de asamblea constituyente. Pensamos que hay que explorar por allí, pero con dos salvedades. La primera es que en nuestro país hubo ya varias asambleas constituyentes, todas inservibles y divorciadas de las aspiraciones populares y que recientes experiencias (Chile, Ecuador, Bolivia) pueden haber desgastado el término y podría buscarse alguna variante (asamblea popular constituyente, por ejemplo).

La segunda es que llamar a elecciones para una asamblea constituyente sin previas medidas que modifiquen radicalmente la relación de fuerzas entre las clases, disloquen el poder de la burguesía e impongan la revocabilidad de los constituyentes por los electores podría transformarse en una trampa mortal. Las dos formas “clásicas” (que en realidad sucedieron muy pocas veces) de romper el poder de los capitalistas y su Estado son la derrota militar del ejército a manos de una fuerza insurgente o una insurrección que se arme y tome el poder. En ambos casos, aunque la fuerza juega un papel decisivo, la victoria se consigue por la legitimidad popular de las fuerzas revolucionarias y por la defección de buena parte de las que deberían reprimirlas. 

Ahora bien, la cuestión de la legitimidad es clave y los regímenes “democráticos” en que vivimos siguen siendo una gran fuente de legitimidad. Tanto es así que incluso en medio de la crisis, desprestigiados y cuestionados por las críticas a la “casta”, protestas antigubernamentales, huelgas obreras o estallidos populares, no existen regímenes alternativos legitimados por el respaldo popular. La gente puede clamar “que se vayan todos”, pero quien proponga un gobierno militar, un régimen corporativo o un sistema de partido único difícilmente conseguirá muchos seguidores.

La legitimidad de los soviets (que fue muy real en un pequeño puñados de casos) tuvo lugar en contextos diferentes al nuestro. Ante un régimen absolutista o una dictadura militar capaces de impedir casi toda expresión política, una organización que nucleara a miles de personas poseía una legitimidad democrática enorme, que difícilmente consiga el mismo organismo en contextos en los que la mayoría de la población posee libertad de expresión y puede votar. Hasta ahora a este intríngulis no se le ha hallado solución: ninguna revolución socialista tuvo lugar en los marcos de democracias burguesas.

Hasta ahora ha sido así. Pero no tiene por qué seguir siendo así en el futuro. La crisis de las democracias burguesas es ahora más aguda. Una posibilidad que cabe explorar es que las fuerzas revolucionarias empleen las elecciones como fuente de legitimidad, sin la cual la capacidad de movilización de las fuerzas propias merma, en tanto que la solidez y confianza de las fuerzas de la reacción no se debilita.

Explorar esta posibilidad puede implicar un tipo de campaña completamente diferente a las que incluso las fuerzas de izquierda desarrollaron en el pasado. Por ejemplo, las campañas usuales solían ceñirse a lo que el marco legal vigente contemplaba. Una campaña explícitamente revolucionaria parecía un oxímoron. En circunstancias normales, llamar a votar por la revolución parecería un chiste o un desatino. Pero no estamos en circunstancias normales. Acá hay un enorme territorio inexplorado. Que las fuerzas revolucionarias analicemos y discutamos fraternalmente este tipo de posibilidades inéditas podría abrirnos senderos insospechados.

La situación es compleja y contradictoria. No creemos que las masas estén a la ofensiva y giren a la izquierda. Pero no descartamos que puedan haberlo si la crisis se sigue profundizando, el peronismo sigue empantanado, el malestar crece y la izquierda puede aprovechar su audiencia inédita para desarrollar una política audaz.

Lizarrague afirma: “En el PTS debatimos permanentemente cómo explicar mejor el programa, la estrategia y los fines que defendemos, buscando darle nuevos fundamentos y hacerlos comprensibles”. No dudamos de ello. Lo que nos parece es que las presentes circunstancias demandan que estas discusiones tengan lugar en círculos más amplios, huyendo de los peligros del sectarismo y el conservadurismo. En este sentido, se nos ocurre que una buena actividad conjunta para todas las fuerzas de izquierda sería organizar unas jornadas de debate sobre las perspectivas de la revolución en la actualidad y el significado de un gobierno de trabajadores. Va de suyo, por supuesto, que estamos dispuestos, en la medida de nuestras posibilidades, a colaborar en su organización.

Para finalizar, y retomando otra propuesta incluida en nuestra primera Carta Abierta que a la postre pasó casi desapercibida, nos parece necesario que la izquierda en su conjunto construya espacios propios de investigación para proporcionar informes y otros insumos que puedan servir para que un eventual gobierno revolucionario de trabajadores pueda tomar decisiones detalladas, en todos los terrenos, con el mejor conocimiento de causa. No creemos que exista ninguna diferencia que obstruya estas tareas, tan necesarias como compartidas.

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