El Círculo Rojo busca un candidato de recambio para continuar con la motosierra sin Milei
La crisis económica, la recesión y el malestar social
generalizado ya son inocultables, razón por la cual los mercados —es decir, los
grandes capitalistas— comenzaron a ver a Milei como un problema. Las últimas
giras del presidente argentino dejaron al descubierto el fracaso de su modelo
económico, más allá de que Caputo intente tapar esta realidad, dibujando los
números del Presupuesto.
El presupuesto es la expresión más fiel de un modelo
económico, por lo tanto, si este es inconsistente, no existe ninguna forma de disimularlo
a través de maniobras contables que no cierran ni en un Excel. Se suele decir
que falta ordenar la microeconomía, pero el proyecto presupuestario demuestra
que tampoco cierra la “macro”, ni por la recaudación, la contabilidad o el
financiamiento.
La burguesía local y los capitales imperialistas
agradecen los ataques de Milei contra la clase obrera, porque se beneficiaron
con la caída de los salarios, los despidos, la precarización laboral y la
entrega de los recursos nacionales. Sin embargo, también saben que el
presidente no está en condiciones de garantizar la continuidad del ajuste sin
provocar un colapso político y una respuesta creciente del movimiento obrero y
popular.
Por esa razón, distintos sectores del poder económico
comienzan a buscar un reemplazo capaz de sostener los aspectos centrales del
actual programa económico, pero con mayor capacidad para negociar, contener la
protesta social y reconstruir ciertos mecanismos de gobernabilidad. En esa
línea, Patricia Bullrich es una de las figuras colocadas en vidriera.
La exministra de Seguridad pasó por el Coloquio de IDEA,
donde se reúne lo más selecto del empresariado local: el denominado “círculo
rojo”. Allí se expresa el creciente descontento de sectores burgueses ante la
destrucción histórica de buena parte de la industria nacional y una caída
económica que parece no encontrar piso.
Bullrich se presentó allí como la sucesora natural de
Milei. Una dirigente igualmente comprometida con el ajuste, la entrega y la
represión, pero con mayor experiencia para negociar acuerdos políticos que
garanticen la gobernabilidad. Su principal debilidad es que no cuenta con una
base electoral propia ni con una fuerza política capaz de sostener por sí sola
una candidatura presidencial.
Los capitalistas todavía no tienen ninguna alternativa
segura, por la debilidad del tandem Milei-Bullrich, y porque desde el peronismo
—que históricamente actuó como partido del orden y como reaseguro de la
burguesía para contener a los trabajadores— tampoco aparece un candidato capaz
de seducir plenamente al círculo rojo. No porque los empresarios teman un
supuesto regreso del “populismo”, sino porque el PJ carece, por el momento, de
una figura con autoridad suficiente para pilotear la crisis que se avecina.
Axel Kicillof ya lanzó su candidatura. Sin embargo, a
pesar de contar con una parte mayoritaria del aparato peronista, con el
respaldo de sectores de la burocracia sindical y hasta con el guiño de los
fondos buitre, continúa siendo esencialmente un cuadro administrativo, sin las
condiciones necesarias para convertirse en un líder político capaz de
reorganizar al régimen.
Cristina Fernández podría ser una salida para el
peronismo y para sectores de la burguesía que todavía confían en su capacidad
para disciplinar al movimiento de masas. Pero, al no tener posibilidades de
presentarse, deberá delegar la candidatura en otra figura, como ya lo hizo con
Alberto Fernández, experiencia que, sin embargo, terminó en un fracaso político
y económico que preparó el terreno para el triunfo de Milei.
En este contexto reapareció Sergio Massa como tercero en
discordia. Para una parte del establishment, podría convertirse en el hombre
indicado: cuenta con experiencia en el ejercicio del poder, vínculos con el
empresariado y diálogo directo con Washington. Su trayectoria demuestra que
está dispuesto a aplicar el ajuste y defender los intereses capitalistas,
incluso cuando esas políticas deben ser ejecutadas bajo las banderas del
peronismo.
Hasta ahora, la tendencia apunta hacia un proceso
electoral atravesado por una enorme fragmentación: un oficialismo probablemente
sin Milei; el PRO y el radicalismo diluidos en otros espacios o reducidos a
candidaturas testimoniales; y un peronismo dividido en dos o más listas,
especialmente si no se restablecen las PASO.
Esta fragmentación no es casual. Es una expresión de la
prolongada crisis del régimen político argentino, arrastrada durante décadas y
profundizada desde el Argentinazo de 2001. Es la misma crisis que abrió el
camino para la llegada de Milei al Gobierno, pero que ahora se desarrolla sobre
una situación económica y social todavía más explosiva.
En estas condiciones, la izquierda revolucionaria está
ante una oportunidad histórica. El crecimiento de la figura y de la intención
de voto de Myriam Bregman constituye la otra cara de la debacle del régimen
democrático burgués y de la ruptura de franjas crecientes de trabajadores y
jóvenes con las direcciones políticas tradicionales.
Pero esta oportunidad no puede reducirse a una buena
elección ni quedar subordinada a los límites parlamentarios del FIT-U. Es
necesario transformar esa simpatía en una gran campaña política nacional,
levantando la candidatura presidencial de Myriam Bregman como una herramienta
para impulsar la movilización, la organización independiente de la clase
trabajadora y la lucha por un gobierno obrero y popular.
Cualquiera sea el resultado de las elecciones de 2027, no
habrá una recomposición sólida de la institucionalidad burguesa. Por el
contrario, se profundizarán la crisis, la fragmentación y los choques entre las
clases. Esto significa mejores condiciones para los revolucionarios, siempre
que intervengamos con audacia, independencia política y un programa que plantee
con claridad que la única salida de fondo pasa por derrotar a los ajustadores,
expropiar a los grandes capitalistas y abrir camino a un gobierno de la clase
trabajadora y el pueblo.
