Victoria electoral de la ultraderecha alemana, polarización social, crisis y tambores de guerra

Por Ernesto Buenaventura
Una fuerza de extrema derecha, dentro de la cual se
organizan sectores abiertamente neonazis, acaba de obtener un resultado
electoral extraordinario en un importante estado de Alemania. La noticia
provocó un enorme revuelo, particularmente por el significado histórico que
tiene el crecimiento de semejantes organizaciones en el país que fue la cuna
del nazismo.
El mapa político europeo vuelve a crujir. Los resultados
obtenidos por Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt no constituyen
solamente un episodio electoral alemán: son otra expresión de la profunda
crisis política, económica y social que recorre al conjunto del continente y
que está haciendo saltar por los aires los viejos equilibrios construidos
durante la posguerra.
No se trata, además, de un fenómeno exclusivamente
alemán. En Gran Bretaña crecen fuerzas políticas de características similares,
mientras que en el Estado español VOX conquistó una influencia considerable.
Con diferentes ritmos, formas y particularidades nacionales, organizaciones
nacionalistas, xenófobas y de extrema derecha avanzan en distintos países
europeos.
Una interpretación superficial, sostenida por buena parte
del progresismo internacional e incluso por ciertos sectores que se reivindican
de la izquierda revolucionaria, afirma que estaríamos frente a un simple «giro
hacia la derecha» de la conciencia del movimiento de masas.
De esta caracterización extraen una conclusión política
todavía más peligrosa: que para enfrentar a la ultraderecha sería necesario
construir grandes «frentes democráticos», incluso junto con sectores de la
burguesía supuestamente progresista o democrática.
Esta política significa colocar a la clase trabajadora
detrás de una fracción de sus propios explotadores para enfrentar a otra. Es,
además, una vieja receta que históricamente terminó desarmando política e
ideológicamente al proletariado frente a la reacción.
Desde nuestro punto de vista, lo que está sucediendo
expresa un fenómeno mucho más profundo: un cambio favorable para los y las de
abajo en las relaciones de fuerza entre las clases en el marco de una crisis
histórica del capitalismo y de una creciente tendencia hacia enfrentamientos
cada vez más directos entre las grandes potencias imperialistas.
El crecimiento electoral de la extrema derecha no
significa necesariamente que millones de trabajadores se hayan convertido en
fascistas, ni mucho menos que la clase obrera europea haya girado
homogéneamente hacia posiciones reaccionarias.Lo que existe es una enorme
polarización política y social.
Las instituciones tradicionales del régimen democrático
burgués pierden autoridad, mientras los partidos que administraron durante
décadas los negocios de los capitalistas —conservadores, liberales y
socialdemócratas— pagan el precio de haber aplicado ajustes, privatizaciones,
precarización laboral y ataques sistemáticos contra las condiciones de vida de
las masas.
En ese terreno crecen fuerzas que intentan presentarse
como «antisistema», aunque defiendan hasta las últimas consecuencias la
propiedad privada capitalista y el orden social existente. El fenómeno tiene
puntos de contacto con el surgimiento de los llamados «libertarios» en la
Argentina. Se presentan como enemigos de la «casta» y del viejo régimen
político mientras, en los hechos, actúan como una de las expresiones más
agresivas de los grandes capitalistas y del imperialismo.
Son un supuesto «antisistema» cuya misión consiste
precisamente en salvar al sistema. El ascenso de estas expresiones
reaccionarias también constituye una respuesta preventiva de sectores de la
burguesía frente a la posibilidad de un nuevo ascenso de la lucha de clases.
Antes de la pandemia se desarrolló una enorme oleada de
rebeliones y movilizaciones populares en distintos lugares del planeta. Ese
proceso fue interrumpido y contenido temporalmente durante la crisis del Covid,
cuando prácticamente todos los gobiernos capitalistas utilizaron las
restricciones sanitarias y el miedo provocado por la pandemia para desmovilizar
y disciplinar a las masas.
Sin embargo, ninguna de las contradicciones que
provocaron aquellas rebeliones desapareció. Por el contrario, se profundizaron.
La inflación, la precarización laboral, el deterioro salarial, los ataques
contra las jubilaciones y los servicios públicos, junto con los ajustes
impuestos para descargar la crisis sobre los trabajadores, están creando las
condiciones para nuevas explosiones de la lucha de clases.
La crisis de la democracia burguesa
El crecimiento de la extrema derecha está relacionado,
además, con la crisis sistémica de la democracia burguesa, que fue durante
décadas uno de los mecanismos fundamentales utilizados por la clase dominante
para garantizar su dominación. Las instituciones parlamentarias pierden
legitimidad porque millones comprueban, a través de su propia experiencia, que
los gobiernos cambian pero los ajustes continúan.
Cuando los mecanismos tradicionales de mediación
comienzan a desgastarse, aparecen fuerzas que prometen «orden», autoridad,
nacionalismo y mano dura. No porque el capitalismo se haya vuelto
repentinamente fascista, sino porque sectores de la burguesía comienzan a
prepararse para escenarios de mayor confrontación social y militar, por un lado
para tratar de aplastar el ascenso revolucionario de la clase trabajadora y,
por el otro, para defender y conquistar nuevos mercados, enfrentándose
militarmente con sus competidores burgueses.
Los discursos ultranacionalistas crecen sobre el terreno
abonado por la crisis capitalista iniciada en 2008, que, más allá de
recuperaciones parciales y coyunturales, nunca resolvió sus contradicciones
fundamentales. El problema de fondo no fue simplemente el estallido de una
burbuja financiera. Detrás de aquella crisis apareció nuevamente una
contradicción estructural del capitalismo: su tendencia a producir mucho más de
lo que los mercados pueden absorber de manera rentable.
La sobreproducción de mercancías y capitales agudiza la
competencia por mercados, materias primas, rutas comerciales y zonas de
influencia. Y cuando esa competencia alcanza determinado nivel, la disputa
económica comienza inevitablemente a trasladarse al terreno político y militar.
Los tambores de la guerra interimperialista
La historia del capitalismo demuestra que las grandes
crisis no se resuelven pacíficamente. Las dos guerras mundiales del siglo XX
provocaron una gigantesca destrucción de fuerzas productivas y permitieron un
nuevo reparto del mundo entre las potencias vencedoras. Millones de
trabajadores fueron enviados a matarse entre sí para decidir qué burguesías
controlarían mercados, colonias, materias primas y territorios. Hoy vuelven a
acumularse contradicciones semejantes.
La creciente confrontación entre Estados Unidos y China,
las tensiones entre Washington y las potencias europeas, las disputas por el
control de las rutas estratégicas y los recursos naturales, así como las
guerras y conflictos que se multiplican en diferentes regiones, muestran que el
viejo orden internacional está entrando en una etapa de enorme inestabilidad.
Las propias disputas alrededor del Atlántico Sur y las
Malvinas deben analizarse dentro de este cuadro general: las potencias
maniobran, presionan y utilizan incluso viejos conflictos nacionales y
coloniales en función de sus propios intereses estratégicos. La tendencia hacia
el militarismo no es, por lo tanto, un accidente ni el producto de la locura
particular de determinados gobernantes, tiene raíces materiales.
Cuando los mercados existentes resultan insuficientes
para satisfacer las necesidades de expansión de los grandes monopolios, la
competencia entre capitalistas se transforma cada vez más en competencia entre
Estados. Y detrás de esos Estados aparecen los ejércitos. Por eso vuelven el
nacionalismo, el militarismo y la propaganda de guerra. ¡Es así, que la
burguesía se prepara para tiempos más reaccionarios!
En este contexto, es perfectamente posible que sectores
cada vez mayores de las clases dominantes comiencen a abandonar algunas de las
formas políticas utilizadas durante las últimas décadas y busquen gobiernos más
autoritarios y reaccionarios. Incluso pueden desarrollarse regímenes con
elementos bonapartistas o semifascistas si la intensidad de la lucha de clases
y de los enfrentamientos internacionales así lo exige.
Sin embargo, esto no significa que el fascismo haya
triunfado ni que las masas estén inevitablemente condenadas a marchar detrás de
la reacción. Muy por el contrario, la misma crisis que empuja a sectores de las
clases medias y trabajadores políticamente desorientados hacia alternativas
reaccionarias también empuja a millones de explotados a luchar contra los
gobiernos, los empresarios y sus planes de ajuste.
Por eso la característica fundamental de la etapa no es
simplemente ese «giro a la derecha» del que hablamos en esta nota, sino la
polarización política y social: A un lado crecen fuerzas reaccionarias; al
otro, maduran las condiciones materiales para nuevas rebeliones obreras y
populares. La cuestión decisiva será qué clase logra imponer una salida a la
crisis.
Para los trabajadores, la guerra no constituye ninguna
necesidad histórica ni es inevitable. Lo inevitable, mientras sobreviva el
capitalismo, es que las contradicciones que provocan las guerras vuelvan a
reproducirse una y otra vez. Por eso la respuesta de la clase obrera no puede
ser alinearse detrás de ninguno de los bloques imperialistas enfrentados, ni
tampoco defender a las burguesías «democráticas» frente a sus competidores más
reaccionarios.
Washington, Pekín, Londres, Berlín, París y las demás
potencias defienden sus propios monopolios, mercados y áreas de influencia. Los
trabajadores no tienen patria imperialista que defender. La tarea es aprovechar
las contradicciones y enfrentamientos entre nuestros enemigos de clase. Porque
cuando las burguesías se enfrentan entre sí, también se debilitan y abren
enormes posibilidades para la intervención independiente de la clase
trabajadora.
La respuesta al crecimiento de la ultraderecha alemana y
otros fenómenos políticos parecidos no pasa por reconstruir una alianza con los
partidos responsables de décadas de ajustes y ataques contra los trabajadores
en nombre de la defensa de la «democracia». La única alternativa consecuente es
levantar una política independiente de clase.
Frente al nacionalismo reaccionario, internacionalismo
proletario. Frente a la militarización, unidad de los trabajadores de todos los
países. Frente a la guerra imperialista, guerra obrera y popular contra el
capitalismo. Y frente a un capitalismo que solamente puede ofrecer ajustes,
explotación, hambre, racismo, autoritarismo y guerras cada vez más
destructivas, luchar por una salida obrera y socialista.
Las contradicciones entre las grandes potencias no deben
terminar nuevamente con millones de trabajadores asesinándose entre sí en las
trincheras para defender los negocios de sus explotadores. Deben convertirse en
una oportunidad para que la clase trabajadora intervenga con sus propios
métodos, organizaciones y programa, enfrentando a todas las burguesías y
luchando por derrotar el sistema que engendra las guerras.
La alternativa no es democracia burguesa o extrema
derecha. Ni tampoco un imperialismo contra otro. La verdadera alternativa
histórica vuelve a plantearse con toda su fuerza: O los trabajadores y los
pueblos acaban con el capitalismo, imponiendo un sistema mucho más humano,
democrático e igualitario -el verdadero socialismo- o los capitalistas llevan
al planeta a la barbarie.