Kicillof viajó a EEUU para prometer que si gana las presidenciales Argentina continuará siendo una semicolonia

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Imagen: Kicillof reunido con representantes de la burguesía más concentrada, entre ellos uno de los socios de Milei, José Luis Manzano

Por Damián Quevedo

En paralelo al viaje de Javier Milei a Estados Unidos para participar de la reunión de la ONU, el gobernador bonaerense y, hasta ahora, principal referente presidencial del peronismo, Axel Kicillof, viajó también a ese país para reunirse con fondos de inversión —los conocidos “fondos buitre”— que poseen deuda de la provincia de Buenos Aires, y con representantes de varias multinacionales yanquis.

Luego de la reunión con los fondos de inversión, Kicillof mantuvo un encuentro con ejecutivos de Microsoft, Mastercard, Google, MetLife, Dreyfus y otras compañías vinculadas a la energía, el petróleo y el gas, la minería, la comercialización de granos, la logística, la industria farmacéutica, la biotecnología, los servicios financieros y tecnológicos, los seguros, la inteligencia artificial, la infraestructura informática, la consultoría, el software y los medios de comunicación.

Este viaje se produjo inmediatamente después del lanzamiento político realizado el sábado pasado en Avellaneda. Kicillof aparece ante sectores importantes de la burguesía como una de las posibles alternativas al gobierno de Milei de cara a 2027. En ese contexto debe entenderse su gira: mientras el gobernador busca demostrar que constituye una opción confiable para administrar el capitalismo argentino, los grandes capitales procuran establecer relaciones y garantizar las mejores condiciones posibles para sus negocios futuros.

Al igual que Cristina Fernández de Kirchner en su momento, el gobernador bonaerense reproduce una vieja tradición del peronismo: presentarse ante las grandes potencias y sus capitales como una fuerza capaz de garantizar gobernabilidad y preservar sus intereses en la Argentina. Más allá de los discursos progresistas o nacionales que puedan utilizarse para consumo interno, el viaje de Kicillof permite observar cuáles serían algunas de sus prioridades en caso de llegar a la Presidencia: tranquilizar a los acreedores y dejar en claro, una vez más, que “el peronismo siempre paga”.

Aunque Milei y Kicillof expresan proyectos políticos diferentes, ninguno cuestiona las relaciones de dependencia que atan al país al capital financiero internacional y a las grandes potencias. Tampoco Cristina Fernández de Kirchner rompió con esas relaciones durante sus gobiernos. Por eso, detrás de las disputas entre oficialistas y opositores patronales subsiste un elemento común: la defensa de un capitalismo argentino subordinado a los grandes centros imperialistas, sean estos Estados Unidos, China u otras potencias.

El carácter semicolonial de nuestro país queda particularmente expuesto cuando sus principales dirigentes viajan a los centros del poder mundial para reunirse con acreedores, bancos, fondos de inversión y multinacionales, buscando demostrar que son interlocutores confiables. Cada uno intenta presentarse, a su manera, como garante del “orden”: es decir, de las condiciones necesarias para asegurar el pago de la deuda, la continuidad de los negocios y la rentabilidad capitalista.

La profundidad de la crisis capitalista reduce, además, los márgenes materiales para reeditar experiencias de conciliación de clases semejantes a las de otros períodos. En ese marco, el armado político de Kicillof —que incorpora buena parte del viejo aparato político y sindical peronista— y sus esfuerzos por tranquilizar al gran capital permiten anticipar el contenido de clase de su proyecto: administrar la crisis dentro de los límites del capitalismo y descargar sus consecuencias sobre los trabajadores y el pueblo.

Esto adquiere una importancia particular porque crece el descontento de los trabajadores y de amplios sectores populares frente a las políticas de ajuste de Milei. Al mismo tiempo, persiste el rechazo de una parte significativa de esos sectores hacia el peronismo, después de sucesivas experiencias de gobierno que no resolvieron sus problemas fundamentales. Esa combinación abre un proceso de polarización política y de búsqueda de alternativas por fuera de los partidos tradicionales.

En ese escenario, la izquierda tiene la posibilidad de crecer no solamente en el terreno electoral, sino fundamentalmente como referencia política para las luchas obreras y populares contra el ajuste. Ese espacio no podrá conquistarse adaptándose al peronismo ni actuando como su ala izquierda, sino levantando una política independiente de todas las variantes patronales.

A diferencia de 2003, el peronismo de Kicillof no parece orientarse prioritariamente a disputar el espacio que se abre hacia la izquierda mediante concesiones significativas al movimiento de masas. Su preocupación central pasa por reconstruirse como una alternativa burguesa de gobierno capaz de demostrarle al establishment que puede administrar el Estado después de Milei. Sus reuniones en Estados Unidos constituyen una señal en esa dirección.

Por eso, cuanto más avance el proceso electoral, más claramente aparecerá la contradicción entre el discurso progresista, pero vacío de contenido, destinado a recuperar una parte de su antigua base social y las garantías ofrecidas a los grandes capitalistas.

La izquierda revolucionaria debe aprovechar esta situación para intervenir con una política audaz, independiente y de clase, disputando a los millones que rompen con Milei pero que tampoco quieren volver atrás con el peronismo. La creciente visibilidad y simpatía que despiertan figuras de la izquierda, entre ellas Myriam Bregman, puede convertirse en un punto de apoyo importante para esa tarea.

Pero el desafío estratégico va mucho más allá de una candidatura o de una elección. Se trata de construir una alternativa revolucionaria de los trabajadores que intervenga en cada lucha, impulse la movilización y plantee una salida propia frente a todas las variantes capitalistas: que la crisis no la paguen quienes viven de su trabajo, sino los grandes empresarios, los bancos, los fondos buitre y las multinacionales; y que la clase obrera avance hacia la conquista de su propio gobierno.