Kicillof viajó a EEUU para prometer que si gana las presidenciales Argentina continuará siendo una semicolonia

Luego de la reunión con los fondos de inversión, Kicillof
mantuvo un encuentro con ejecutivos de Microsoft, Mastercard, Google, MetLife,
Dreyfus y otras compañías vinculadas a la energía, el petróleo y el gas, la
minería, la comercialización de granos, la logística, la industria
farmacéutica, la biotecnología, los servicios financieros y tecnológicos, los
seguros, la inteligencia artificial, la infraestructura informática, la
consultoría, el software y los medios de comunicación.
Este viaje se produjo inmediatamente después del
lanzamiento político realizado el sábado pasado en Avellaneda. Kicillof aparece
ante sectores importantes de la burguesía como una de las posibles alternativas
al gobierno de Milei de cara a 2027. En ese contexto debe entenderse su gira:
mientras el gobernador busca demostrar que constituye una opción confiable para
administrar el capitalismo argentino, los grandes capitales procuran establecer
relaciones y garantizar las mejores condiciones posibles para sus negocios
futuros.
Al igual que Cristina Fernández de Kirchner en su
momento, el gobernador bonaerense reproduce una vieja tradición del peronismo:
presentarse ante las grandes potencias y sus capitales como una fuerza capaz de
garantizar gobernabilidad y preservar sus intereses en la Argentina. Más allá
de los discursos progresistas o nacionales que puedan utilizarse para consumo
interno, el viaje de Kicillof permite observar cuáles serían algunas de sus
prioridades en caso de llegar a la Presidencia: tranquilizar a los acreedores y
dejar en claro, una vez más, que “el peronismo siempre paga”.
Aunque Milei y Kicillof expresan proyectos políticos
diferentes, ninguno cuestiona las relaciones de dependencia que atan al país al
capital financiero internacional y a las grandes potencias. Tampoco Cristina
Fernández de Kirchner rompió con esas relaciones durante sus gobiernos. Por
eso, detrás de las disputas entre oficialistas y opositores patronales subsiste
un elemento común: la defensa de un capitalismo argentino subordinado a los
grandes centros imperialistas, sean estos Estados Unidos, China u otras
potencias.
El carácter semicolonial de nuestro país queda
particularmente expuesto cuando sus principales dirigentes viajan a los centros
del poder mundial para reunirse con acreedores, bancos, fondos de inversión y
multinacionales, buscando demostrar que son interlocutores confiables. Cada uno
intenta presentarse, a su manera, como garante del “orden”: es decir, de las
condiciones necesarias para asegurar el pago de la deuda, la continuidad de los
negocios y la rentabilidad capitalista.
La profundidad de la crisis capitalista reduce, además,
los márgenes materiales para reeditar experiencias de conciliación de clases
semejantes a las de otros períodos. En ese marco, el armado político de
Kicillof —que incorpora buena parte del viejo aparato político y sindical
peronista— y sus esfuerzos por tranquilizar al gran capital permiten anticipar
el contenido de clase de su proyecto: administrar la crisis dentro de los
límites del capitalismo y descargar sus consecuencias sobre los trabajadores y
el pueblo.
Esto adquiere una importancia particular porque crece el
descontento de los trabajadores y de amplios sectores populares frente a las
políticas de ajuste de Milei. Al mismo tiempo, persiste el rechazo de una parte
significativa de esos sectores hacia el peronismo, después de sucesivas
experiencias de gobierno que no resolvieron sus problemas fundamentales. Esa
combinación abre un proceso de polarización política y de búsqueda de
alternativas por fuera de los partidos tradicionales.
En ese escenario, la izquierda tiene la posibilidad de
crecer no solamente en el terreno electoral, sino fundamentalmente como
referencia política para las luchas obreras y populares contra el ajuste. Ese
espacio no podrá conquistarse adaptándose al peronismo ni actuando como su ala
izquierda, sino levantando una política independiente de todas las variantes
patronales.
A diferencia de 2003, el peronismo de Kicillof no parece
orientarse prioritariamente a disputar el espacio que se abre hacia la
izquierda mediante concesiones significativas al movimiento de masas. Su
preocupación central pasa por reconstruirse como una alternativa burguesa de
gobierno capaz de demostrarle al establishment que puede administrar el Estado
después de Milei. Sus reuniones en Estados Unidos constituyen una señal en esa
dirección.
Por eso, cuanto más avance el proceso electoral, más
claramente aparecerá la contradicción entre el discurso progresista, pero vacío
de contenido, destinado a recuperar una parte de su antigua base social y las
garantías ofrecidas a los grandes capitalistas.
La izquierda revolucionaria debe aprovechar esta
situación para intervenir con una política audaz, independiente y de clase,
disputando a los millones que rompen con Milei pero que tampoco quieren volver
atrás con el peronismo. La creciente visibilidad y simpatía que despiertan
figuras de la izquierda, entre ellas Myriam Bregman, puede convertirse en un
punto de apoyo importante para esa tarea.
Pero el desafío estratégico va mucho más allá de una
candidatura o de una elección. Se trata de construir una alternativa
revolucionaria de los trabajadores que intervenga en cada lucha, impulse la
movilización y plantee una salida propia frente a todas las variantes
capitalistas: que la crisis no la paguen quienes viven de su trabajo, sino los
grandes empresarios, los bancos, los fondos buitre y las multinacionales; y que
la clase obrera avance hacia la conquista de su propio gobierno.