Estalla la burbuja libertaria y Argentina se hunde en una nueva recesión
Ya no son solamente los indicadores oficiales del INDEC o
las estimaciones de consultoras locales los que muestran el retroceso. Incluso
instituciones financieras internacionales que respaldaron el programa de Milei
y Caputo comienzan a describir un escenario recesivo para la economía
argentina.
JP Morgan anticipó para el tercer trimestre una
contracción del 4% a tasa anualizada, equivalente a una caída cercana al 1%
respecto del trimestre anterior. El PBI ya había retrocedido un 0,6% durante el
segundo trimestre. Si los datos oficiales de agosto y septiembre confirman esa
tendencia, Argentina habrá completado dos trimestres consecutivos de caída,
ingresando técnicamente en recesión.1
Pero estos números generales deben contrastarse con algo
mucho más concreto: la destrucción del aparato productivo, expresada en el
cierre de miles de empresas, algunas de las cuales habían logrado sobrevivir
incluso a crisis devastadoras como la de 2001.
Los últimos datos de Fundar profundizan este panorama:
desde noviembre de 2023 hasta junio de 2026 desaparecieron 31.342 empresas,
equivalentes al 6,1% de las existentes al comienzo de la gestión libertaria.
Según ese organismo, se trata de la peor caída registrada durante los primeros
31 meses de un gobierno.2
A este proceso se suma la salida de numerosas
multinacionales. Las razones de cada retirada son diferentes y algunas
decisiones empresariales comenzaron antes de la actual gestión, pero el
fenómeno forma parte de un escenario marcado por la caída del consumo y las
dificultades que atraviesa buena parte de la producción.
Mientras tanto, los números que el Gobierno exhibe en
ramas como la minería, la soja, el gas y el petróleo no compensan la
destrucción de puestos de trabajo en otras áreas de la economía. Son
actividades de enorme importancia exportadora, pero con una capacidad de
absorción de mano de obra muy diferente de la industria manufacturera, la
construcción, el comercio y otros sectores vinculados al mercado interno.
La crisis no golpea a todos por igual
Desde un punto de vista marxista, una crisis capitalista
nunca significa que todos los capitales pierdan simultáneamente. Por el
contrario, existen sectores que logran desacoplarse parcialmente del ciclo
recesivo e incluso crecer mientras el resto de la economía retrocede. Lejos de
demostrar la inexistencia de una crisis, esta desigualdad constituye una de sus
características.
Durante las crisis se acelera la centralización y
concentración del capital. Los capitales más poderosos aprovechan la caída para
desplazar competidores, comprar activos depreciados, apropiarse de mayores
porciones del mercado y aumentar la explotación de la fuerza de trabajo.
La competencia capitalista no se desarrolla solamente
entre empresas que producen las mismas mercancías. En última instancia, las
distintas fracciones de la burguesía disputan la apropiación de la masa global
de plusvalía producida por la clase trabajadora.
Por eso, mientras determinadas ramas exportadoras y
grandes grupos económicos pueden continuar obteniendo ganancias
extraordinarias, miles de pequeños y medianos capitales desaparecen, fábricas
reducen turnos o cierran y una masa creciente de trabajadores pierde su empleo.
La destrucción de capitales —expresada, entre otras
cosas, en cierres, concursos y quiebras— constituye una de las manifestaciones
clásicas de las crisis capitalistas. El propio sistema busca restablecer sus
condiciones de rentabilidad destruyendo fuerzas productivas, depreciando
capital y atacando el precio de la fuerza de trabajo.
Ajustar para pagar la crisis
Esta contradicción también explica que el propio gobierno
de Milei, mientras reivindica las virtudes absolutas del mercado, recurra a
medidas destinadas a estimular sectores específicos de la economía. El problema
es que estas iniciativas parciales aparecen dentro de una política general
contractiva, cuyo objetivo declarado de contener la inflación se sostiene sobre
el ajuste fiscal, la restricción del consumo y el debilitamiento del mercado
interno.
El resultado es profundamente contradictorio: se intenta
estimular determinados negocios mientras la política económica general
deteriora las condiciones que permitirían una recuperación más amplia de la
producción y el consumo.
Desde una perspectiva de clase, esta política no
constituye simplemente un conjunto de “errores” técnicos. El ajuste descarga
las consecuencias de la crisis sobre los trabajadores mediante despidos, caída
del salario real, precarización laboral y deterioro de las condiciones de vida,
mientras determinadas fracciones del gran capital buscan preservar o recomponer
su rentabilidad.
La crisis demuestra, una vez más, que bajo el capitalismo
la producción no está organizada de acuerdo con las necesidades sociales, sino
en función de la ganancia privada. Milei llegó a presentarse ante los grandes
capitalistas internacionales como el hombre capaz de reorganizar la economía
argentina y garantizar nuevas condiciones de rentabilidad. Hoy incluso JP
Morgan, uno de los gigantes de Wall Street, proyecta una nueva contracción
económica.
La “burbuja libertaria” comienza a chocar contra sus
propias contradicciones: detrás de los discursos sobre equilibrio fiscal,
inversiones y crecimiento aparecen miles de empresas desaparecidas, destrucción
de puestos de trabajo y una economía que vuelve a acercarse a la recesión. Y,
como sucede en todas las crisis capitalistas, la cuestión decisiva será qué
clase social terminará pagando sus consecuencias.
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1 La Nación, 27/09/2026.
2 Fundar, Monitor mensual de empresas,
actualización del 16/09/2026.
