Estalla la burbuja libertaria y Argentina se hunde en una nueva recesión

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Por Damián Quevedo

Se termina el cuento del “experto en crecimiento económico con o sin dinero”. Desde que asumió, el gobierno libertario no hizo más que endeudarse mientras aplica una política que golpea sistemáticamente a la industria nacional, destruye empresas y elimina cientos de miles de puestos de trabajo.

Ya no son solamente los indicadores oficiales del INDEC o las estimaciones de consultoras locales los que muestran el retroceso. Incluso instituciones financieras internacionales que respaldaron el programa de Milei y Caputo comienzan a describir un escenario recesivo para la economía argentina.

JP Morgan anticipó para el tercer trimestre una contracción del 4% a tasa anualizada, equivalente a una caída cercana al 1% respecto del trimestre anterior. El PBI ya había retrocedido un 0,6% durante el segundo trimestre. Si los datos oficiales de agosto y septiembre confirman esa tendencia, Argentina habrá completado dos trimestres consecutivos de caída, ingresando técnicamente en recesión.1

Pero estos números generales deben contrastarse con algo mucho más concreto: la destrucción del aparato productivo, expresada en el cierre de miles de empresas, algunas de las cuales habían logrado sobrevivir incluso a crisis devastadoras como la de 2001.

Los últimos datos de Fundar profundizan este panorama: desde noviembre de 2023 hasta junio de 2026 desaparecieron 31.342 empresas, equivalentes al 6,1% de las existentes al comienzo de la gestión libertaria. Según ese organismo, se trata de la peor caída registrada durante los primeros 31 meses de un gobierno.2

A este proceso se suma la salida de numerosas multinacionales. Las razones de cada retirada son diferentes y algunas decisiones empresariales comenzaron antes de la actual gestión, pero el fenómeno forma parte de un escenario marcado por la caída del consumo y las dificultades que atraviesa buena parte de la producción.

Mientras tanto, los números que el Gobierno exhibe en ramas como la minería, la soja, el gas y el petróleo no compensan la destrucción de puestos de trabajo en otras áreas de la economía. Son actividades de enorme importancia exportadora, pero con una capacidad de absorción de mano de obra muy diferente de la industria manufacturera, la construcción, el comercio y otros sectores vinculados al mercado interno.

La crisis no golpea a todos por igual

Desde un punto de vista marxista, una crisis capitalista nunca significa que todos los capitales pierdan simultáneamente. Por el contrario, existen sectores que logran desacoplarse parcialmente del ciclo recesivo e incluso crecer mientras el resto de la economía retrocede. Lejos de demostrar la inexistencia de una crisis, esta desigualdad constituye una de sus características.

Durante las crisis se acelera la centralización y concentración del capital. Los capitales más poderosos aprovechan la caída para desplazar competidores, comprar activos depreciados, apropiarse de mayores porciones del mercado y aumentar la explotación de la fuerza de trabajo.

La competencia capitalista no se desarrolla solamente entre empresas que producen las mismas mercancías. En última instancia, las distintas fracciones de la burguesía disputan la apropiación de la masa global de plusvalía producida por la clase trabajadora.

Por eso, mientras determinadas ramas exportadoras y grandes grupos económicos pueden continuar obteniendo ganancias extraordinarias, miles de pequeños y medianos capitales desaparecen, fábricas reducen turnos o cierran y una masa creciente de trabajadores pierde su empleo.

La destrucción de capitales —expresada, entre otras cosas, en cierres, concursos y quiebras— constituye una de las manifestaciones clásicas de las crisis capitalistas. El propio sistema busca restablecer sus condiciones de rentabilidad destruyendo fuerzas productivas, depreciando capital y atacando el precio de la fuerza de trabajo.

Ajustar para pagar la crisis

Esta contradicción también explica que el propio gobierno de Milei, mientras reivindica las virtudes absolutas del mercado, recurra a medidas destinadas a estimular sectores específicos de la economía. El problema es que estas iniciativas parciales aparecen dentro de una política general contractiva, cuyo objetivo declarado de contener la inflación se sostiene sobre el ajuste fiscal, la restricción del consumo y el debilitamiento del mercado interno.

El resultado es profundamente contradictorio: se intenta estimular determinados negocios mientras la política económica general deteriora las condiciones que permitirían una recuperación más amplia de la producción y el consumo.

Desde una perspectiva de clase, esta política no constituye simplemente un conjunto de “errores” técnicos. El ajuste descarga las consecuencias de la crisis sobre los trabajadores mediante despidos, caída del salario real, precarización laboral y deterioro de las condiciones de vida, mientras determinadas fracciones del gran capital buscan preservar o recomponer su rentabilidad.

La crisis demuestra, una vez más, que bajo el capitalismo la producción no está organizada de acuerdo con las necesidades sociales, sino en función de la ganancia privada. Milei llegó a presentarse ante los grandes capitalistas internacionales como el hombre capaz de reorganizar la economía argentina y garantizar nuevas condiciones de rentabilidad. Hoy incluso JP Morgan, uno de los gigantes de Wall Street, proyecta una nueva contracción económica.

La “burbuja libertaria” comienza a chocar contra sus propias contradicciones: detrás de los discursos sobre equilibrio fiscal, inversiones y crecimiento aparecen miles de empresas desaparecidas, destrucción de puestos de trabajo y una economía que vuelve a acercarse a la recesión. Y, como sucede en todas las crisis capitalistas, la cuestión decisiva será qué clase social terminará pagando sus consecuencias.

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1 La Nación, 27/09/2026. 

2 Fundar, Monitor mensual de empresas, actualización del 16/09/2026.

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