Crisis terminal del capitalismo y superioridad del socialismo

Por Musa Ardem
Hace m谩s de 150 a帽os, Marx explic贸 las causas profundas de
las crisis c铆clicas del capitalismo. El fundador del socialismo cient铆fico
demostr贸 que estas crisis no son tormentas surgidas de la nada, ni el simple
resultado de las “malas pol铆ticas” de determinados ministros de Econom铆a, que
podr铆an resolverse reemplaz谩ndolos por otros con una supuesta mayor capacidad
de gesti贸n.
Las crisis forman parte del funcionamiento mismo del
capitalismo: brotan de sus leyes y contradicciones internas. La burgues铆a m谩s
poderosa las utiliza para liquidar competidores, concentrar capitales,
recomponer sus ganancias y descargar todo el peso del desastre sobre la clase
trabajadora mediante rebajas salariales, despidos, flexibilizaci贸n laboral y
una intensificaci贸n brutal de la explotaci贸n.
Una de las ra铆ces m谩s profundas de estas crisis es la ley
de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Para comprenderla,
conviene explicarla mediante un ejemplo: supongamos que un capitalista invierte
50 en m谩quinas, materias primas e instalaciones, y otros 100 en salarios. Luego
vende las mercanc铆as producidas por 250. La diferencia de 100 entre el capital
adelantado y el valor final obtenido constituye la plusval铆a: trabajo realizado
por los obreros, pero no remunerado. El capitalista invirti贸 150 y obtuvo una
ganancia de 100; por lo tanto, su tasa de ganancia fue del 66,7 %.
El capitalista, cuyo 煤nico objetivo es valorizar su capital
y enriquecerse, puede intentar elevar esa ganancia prolongando la jornada
laboral, acelerando los ritmos de producci贸n o aumentando la cantidad de
trabajadores explotados. Sin embargo, en ese proceso los obreros pueden
organizarse, realizar huelgas y conquistar aumentos salariales o mejores
condiciones laborales. Esas conquistas reducen la porci贸n de trabajo no pagado
que se apropia el patr贸n.
Para contrarrestar esa situaci贸n y, al mismo tiempo,
competir en mejores condiciones con otros empresarios que producen mercanc铆as
semejantes, el capitalista invierte en nuevas m谩quinas y tecnolog铆as. De esa
manera aumenta la productividad: cada obrero produce m谩s en menos tiempo y, por
lo tanto, hacen falta menos trabajadores para obtener una cantidad mayor de
mercanc铆as.
Pero all铆 aparece una de las contradicciones centrales del
sistema. Las m谩quinas transfieren su valor a las mercanc铆as, pero no crean
nuevo valor. La plusval铆a —y, por consiguiente, la ganancia capitalista—
proviene exclusivamente del trabajo vivo, es decir, de la explotaci贸n de los
obreros. Por eso, cuanto m谩s aumenta la inversi贸n en maquinaria y tecnolog铆a en
relaci贸n con la inversi贸n en fuerza de trabajo, mayor es la presi贸n hacia la
ca铆da de la tasa de ganancia, aunque crezcan enormemente la productividad y el
volumen de la producci贸n.
Volvamos al ejemplo. Si el capitalista invierte ahora 200 en
m谩quinas y 100 en salarios, manteniendo una plusval铆a de 100, obtendr谩
mercanc铆as por un valor total de 400. Habr谩 adelantado un capital de 300 y
conseguido una ganancia de 100. La masa de ganancia se mantiene, pero su tasa
cae al 33,3 %, frente al 66,7 % anterior, aunque la producci贸n sea mucho mayor.
Como cada capitalista necesita incrementar sus ganancias y
vencer a sus competidores, contin煤a expandiendo la producci贸n e incorporando
tecnolog铆a. El resultado es que puede embolsar una masa creciente de dinero y,
al mismo tiempo, obtener una ganancia proporcionalmente menor en relaci贸n con
el capital invertido. Como explic贸 Marx, el capitalista puede obtener una masa
de ganancia cada vez mayor mientras desciende su tasa de ganancia. En torno a
la resoluci贸n de esta aparente contradicci贸n gira buena parte de la econom铆a
pol铆tica.
Esta tendencia no act煤a de manera mec谩nica ni lineal. Los
capitalistas tratan de contrarrestarla aumentando el grado de explotaci贸n,
reduciendo salarios, abaratando materias primas, conquistando nuevos mercados,
especulando o apropi谩ndose de riquezas mediante el saqueo imperialista. Sin
embargo, esas medidas no eliminan la contradicci贸n: apenas la desplazan, la
postergan o preparan una explosi贸n todav铆a mayor.
Cuando la crisis estalla, los capitalistas frenan las
inversiones, cierran f谩bricas, suspenden o despiden trabajadores y trasladan
una parte creciente de sus fondos hacia la especulaci贸n financiera. Millones de
seres humanos son condenados a la desocupaci贸n y la miseria, no porque falten
recursos, conocimientos o capacidad productiva, sino porque la producci贸n deja
de ser rentable para una minor铆a propietaria. En el capitalismo, la abundancia
potencial se convierte en cat谩strofe social: sobran mercanc铆as, f谩bricas y
trabajadores porque no garantizan la ganancia privada.
Para recomponer la rentabilidad, la burgues铆a recurre una y
otra vez a la destrucci贸n de fuerzas productivas. Necesita quebrar empresas,
desvalorizar capitales, liquidar competidores, destruir mercanc铆as, rebajar
salarios y arrasar conquistas obreras. En su forma m谩s monstruosa, esta
din谩mica desemboca en guerras por mercados, recursos naturales, rutas
comerciales y zonas de influencia. La barbarie no es un accidente del
capitalismo: es una consecuencia de su necesidad de sobrevivir a costa de la
humanidad.
Sin embargo, hoy las grandes potencias encuentran enormes
dificultades para imponer una salida semejante. Para librar guerras abiertas de
gran escala necesitan ej茅rcitos dispuestos a matar y morir en nombre de sus
respectivas burgues铆as. Pero los trabajadores y los pueblos, que constituyen la
inmensa mayor铆a de esos ej茅rcitos, no quieren sacrificar sus vidas para
defender las ganancias de los monopolios. Esta realidad empuja a las potencias
a desarrollar guerras regionales y por intermediarios —como sucede en Ucrania—,
al mismo tiempo que desatan una guerra comercial cada vez m谩s salvaje.
Analizar la crisis actual desde una perspectiva marxista
significa comprender que los de arriba no son todopoderosos. Sus divisiones,
sus guerras y su incapacidad para ofrecer una salida progresiva expresan la
decadencia hist贸rica del sistema. Esta situaci贸n abre enormes oportunidades
para los revolucionarios y las revolucionarias, que deben prepararse para
disputar la direcci贸n del movimiento de masas en el per铆odo de convulsiones,
rebeliones y revoluciones que se avecina.
No alcanza con denunciar al capitalismo ni con esperar que
se derrumbe por s铆 solo. Es necesario construir el “Estado Mayor” de la
revoluci贸n: un partido obrero revolucionario, internacionalista y profundamente
enraizado en la clase trabajadora, capaz de intervenir en cada lucha y
orientarla hacia la conquista del poder. Las condiciones objetivas para acabar
con el capitalismo est谩n maduras; la tarea decisiva es construir la direcci贸n
revolucionaria capaz de transformar esa posibilidad hist贸rica en victoria.
El “milagro” sovi茅tico demostr贸 la superioridad del
socialismo
El 7 de noviembre se cumplir谩 un nuevo aniversario del
triunfo de la Revoluci贸n de Octubre, acontecimiento que marc贸 el siglo XX y
cuyas ense帽anzas iluminan las luchas del presente. Mucho se ha escrito para
negar su legado, falsificar su historia y ocultar sus profundas
transformaciones. Sin embargo, frente a la barbarie de un capitalismo que
sacrifica pueblos enteros en el altar de la ganancia, la experiencia de Octubre
adquiere una actualidad extraordinaria.
El horizonte socialista abierto por los bolcheviques se
agiganta ante un sistema depredador de la humanidad y la naturaleza. Cada vez
que estalla una nueva crisis, la burgues铆a obliga a las mayor铆as populares a
pagarla mediante un incremento monstruoso de la miseria, la desocupaci贸n y la
explotaci贸n. No es casual que, en esos momentos, los ide贸logos y plum铆feros del
capital oculten los logros econ贸micos y sociales alcanzados por la revoluci贸n
proletaria, especialmente durante la gran crisis capitalista iniciada en 1929.
Durante los a帽os posteriores al derrumbe de Wall Street, la
producci贸n industrial se desplom贸 en las principales potencias capitalistas.
Estados Unidos y Alemania perdieron cerca de un tercio de su producci贸n
industrial. La desocupaci贸n alcanz贸 niveles devastadores y el comercio mundial
se contrajo alrededor de un 40 %. Mientras millones de trabajadores eran
arrojados al hambre en los pa铆ses capitalistas, la Uni贸n Sovi茅tica escapaba de
aquella cat谩strofe.
Entre 1929 y 1940, la producci贸n industrial sovi茅tica se
multiplic贸. Su participaci贸n en la producci贸n manufacturera mundial pas贸
aproximadamente del 5 % en 1929 al 18 % en 1938. Mientras las econom铆as
capitalistas clausuraban f谩bricas y condenaban a millones de personas al
desempleo, la econom铆a planificada sovi茅tica garantizaba trabajo y desarrollaba
aceleradamente sus fuerzas productivas.
En 1925, la URSS ocupaba el und茅cimo lugar mundial en
producci贸n de energ铆a el茅ctrica; una d茅cada m谩s tarde hab铆a ascendido al
tercero. En la extracci贸n de carb贸n pas贸 del d茅cimo al cuarto lugar, y en la
producci贸n de acero, del sexto al tercero. Incluso los economistas burgueses
observaban con asombro un crecimiento que contradec铆a todas sus previsiones y
dogmas.
La historiograf铆a burguesa presenta habitualmente al New
Deal de Roosevelt como el paradigma de la salida a la crisis. Pero aquella
pol铆tica signific贸, ante todo, el rescate del capitalismo estadounidense, de
sus grandes bancos y monopolios. Al mismo tiempo, se oculta que la Uni贸n
Sovi茅tica evit贸 las peores consecuencias de la Gran Depresi贸n porque la
Revoluci贸n de Octubre hab铆a expropiado a los capitalistas y terratenientes,
eliminando la propiedad privada de los principales medios de producci贸n y estableciendo
una econom铆a planificada.
La superioridad de esa econom铆a no surg铆a de ninguna
particularidad nacional rusa, sino de las nuevas relaciones sociales creadas
por la revoluci贸n. Al dejar de estar subordinadas al beneficio privado, las
principales palancas econ贸micas pod铆an orientarse —aun con enormes
limitaciones, deformaciones burocr谩ticas y sacrificios impuestos al pueblo—
hacia el desarrollo general de la sociedad.
En pocos a帽os, la antigua Rusia zarista avanz贸
gigantescamente en la superaci贸n del atraso, el hambre, la miseria y el
analfabetismo. Aquel proceso constituy贸 un anticipo concreto de lo que podr铆a
lograr el socialismo a escala mundial si los recursos, la ciencia y la
tecnolog铆a fueran liberados de la propiedad privada y puestos bajo el control
democr谩tico de la clase trabajadora.
Sin embargo, el aislamiento de la revoluci贸n, provocado por
la derrota de los procesos revolucionarios en Europa, favoreci贸 el ascenso de
una burocracia encabezada por Stalin. Esa casta usurp贸 el poder pol铆tico de la
clase obrera, persigui贸 y asesin贸 a gran parte de la vanguardia bolchevique y
traicion贸 la estrategia internacionalista de Octubre. La teor铆a reaccionaria
del “socialismo en un solo pa铆s” sustituy贸 la perspectiva de la revoluci贸n
mundial defendida por Lenin y Trotsky.
La burocracia stalinista no fue la continuidad del
bolchevismo, sino su negaci贸n pol铆tica. Aunque no elimin贸 de inmediato las
bases sociales surgidas de la revoluci贸n —la expropiaci贸n de la burgues铆a y la
econom铆a planificada—, destruy贸 la democracia obrera y bloque贸 la extensi贸n
internacional de la revoluci贸n. D茅cadas m谩s tarde, sus herederos terminaron
restaurando el capitalismo y apropi谩ndose de buena parte de la riqueza social
construida por generaciones de trabajadores sovi茅ticos.
Pero la degeneraci贸n y el derrumbe final de la Uni贸n
Sovi茅tica no borran la demostraci贸n hist贸rica realizada por Octubre. La
revoluci贸n prob贸 que la clase obrera puede expropiar a la burgues铆a,
reorganizar la econom铆a sobre nuevas bases y transformar, en un per铆odo
extraordinariamente breve, un pa铆s atrasado en una gran potencia industrial.
Por eso, los revolucionarios y las revolucionarias
consecuentes hacemos nuestras las palabras de Trotsky: “Quedar谩 para el
porvenir un hecho indestructible: que la revoluci贸n proletaria ha permitido a
un pa铆s atrasado obtener en menos de veinte a帽os resultados sin precedentes en
la historia”.
Esa conclusi贸n conserva toda su vigencia. Frente a la
crisis, la guerra y la destrucci贸n ambiental, la alternativa no consiste en
humanizar un sistema que s贸lo puede sobrevivir multiplicando la explotaci贸n y
la barbarie. La tarea de nuestra 茅poca es acabar con el poder de la burgues铆a,
imponer gobiernos de la clase trabajadora y avanzar hacia una federaci贸n
mundial de rep煤blicas socialistas. Socialismo o barbarie: esa sigue siendo la
disyuntiva hist贸rica de la humanidad.