Adorni, Espert, Cerimedo, Milei... la ultraderecha marginal
La ultraderecha marginal
Si algo le faltaba a Milei para duplicar la dosis de clonazepam, era la noticia del escándalo que involucra a uno de los personajes que orbitó alrededor del universo libertario: Fernando Cerimedo, fundador de La Derecha Diario y consultor político, acusado en una gravísima causa vinculada con un intento de femicidio.
Cerimedo fue detenido en Bolivia cuando, según la acusación, intentaba fugarse luego de que sicarios presuntamente contratados por él trataran de asesinar a su pareja. Las responsabilidades penales deberán ser determinadas por la Justicia, pero la gravedad de la imputación vuelve políticamente explosivos sus vínculos con el oficialismo libertario.
No sería, además, el primer problema judicial del propagandista. En Argentina también fue involucrado en una causa por estafa relacionada con la presunta venta de un mismo departamento a dos compradores diferentes.
El episodio aparece en el peor momento para el Gobierno. Cuando apenas comienza a bajar la espuma del caso Adorni y Milei viene acumulando derrotas políticas, conflictos y signos crecientes de aislamiento, estalla otro escándalo alrededor de un personaje relacionado con el dispositivo político y comunicacional que contribuyó al ascenso libertario.
Milei pretende levantar rápidamente un cortafuegos:
“Es alguien que no forma parte del espacio, que no tiene vínculo con nosotros de ningún tipo y que dejamos de vincularnos en 2023”, afirmó el Presidente en diálogo con Radio Mitre.
Sin embargo, esa explicación choca con los registros posteriores. Según la información publicada sobre los ingresos a Balcarce 50, Cerimedo habría entrado en numerosas oportunidades a la Casa Rosada entre diciembre de 2023 y junio de 2024, cuando Milei ya ejercía la Presidencia. También habría participado en actividades vinculadas al oficialismo durante ese período.
Por eso, más allá de las responsabilidades penales individuales que determine la Justicia, existe una cuestión política imposible de ocultar: ¿qué clase de personajes crecieron, hicieron negocios y adquirieron influencia alrededor del fenómeno libertario?
Marginales de un régimen en crisis
Cerimedo no cayó de un meteorito. Como otros personajes que adquirieron protagonismo durante el ascenso de Milei, es un emergente de una crisis política mucho más profunda: la descomposición del régimen democrático burgués y la pérdida de representatividad que atraviesa a sus instituciones desde hace décadas.
La ultraderecha intenta presentarse como una fuerza que llegó desde afuera para terminar con la “casta”. Pero construyó rápidamente su propia casta, todavía más improvisada, aventurera y parasitaria.
Consultores, operadores digitales, especuladores, empresarios de dudosa trayectoria, influencers y personajes surgidos de las redes reemplazan parcialmente a los viejos punteros, dirigentes y operadores de los partidos tradicionales. No constituyen una superación del viejo régimen. Son uno de sus productos más degradados.
La aparición de estos sectores expresa, además, algo más profundo: la decadencia de una sociedad capitalista atravesada no solamente por crisis económicas recurrentes, sino también por el agotamiento de buena parte de los mecanismos políticos mediante los cuales la burguesía consiguió administrar durante décadas sus propios intereses y contener a la clase trabajadora.
El sistema continúa necesitando gobiernos capaces de garantizar la propiedad capitalista, pagar la deuda, disciplinar los salarios y asegurar las ganancias empresariales. Pero los partidos tradicionales que realizaron históricamente esa tarea están profundamente desprestigiados. De esa crisis surgió Milei.
Los outsiders del capital
Los libertarios se presentaron como outsiders. En cierto sentido, lo son. Pero no están afuera del capitalismo: son outsiders dentro de la propia clase política capitalista.
Muchos de estos personajes carecen de los vínculos históricos, las estructuras territoriales y los mecanismos de negociación que caracterizaron a los partidos tradicionales de la burguesía. Su mundo está mucho más relacionado con las finanzas especulativas, las criptomonedas, las consultoras, las plataformas digitales y distintos negocios surgidos alrededor de las nuevas formas de acumulación.
Son nuevos ricos que hablan en nombre de los viejos ricos. Y precisamente allí aparece una de las contradicciones centrales del experimento libertario. Milei llegó al Gobierno prometiendo realizar las tareas que reclama el gran capital: ajuste fiscal, reducción salarial, privatizaciones, entrega de recursos naturales, desregulación y subordinación todavía mayor al capital financiero internacional.
Pero una cosa es anunciar una ofensiva contra la clase obrera y otra muy distinta es tener la fuerza política necesaria para llevarla hasta sus últimas consecuencias. Los capitalistas necesitan verdugos, pero también necesitan verdugos eficientes. Y el Gobierno empieza a demostrar que puede ser brutal, pero no necesariamente fuerte.
La fiesta empieza a terminar
Cada escándalo erosiona un poco más el relato de quienes llegaron prometiendo terminar con la corrupción y los privilegios de la política tradicional. La supuesta rebelión contra la casta terminó produciendo una nueva fauna de funcionarios, operadores, empresarios improvisados y aventureros políticos que utilizan el Estado mientras continúan denunciándolo.
No estamos frente a una anomalía inexplicable. Milei y su entorno son hijos legítimos de la crisis del capitalismo argentino. La burguesía tradicional recurrió a estos marginales porque sus viejos partidos habían perdido autoridad frente a millones de trabajadores. Apostó a un personaje dispuesto a ejecutar un programa de guerra social contra las masas y encontró alrededor suyo a toda una capa de aventureros dispuestos a aprovechar la oportunidad.
Pero el remedio puede terminar agravando la enfermedad. Los escándalos, las internas, las derrotas parlamentarias y las dificultades para imponer el ajuste no hacen otra cosa que profundizar el desprestigio de un Gobierno que llegó prometiendo destruir todo y que comienza a mostrar los límites de su propia fuerza.
La bronca que se acumula por abajo no nace principalmente de estos escándalos. Nace de los salarios que no alcanzan, de las deudas familiares, de los despidos, de la recesión y de un ajuste que pretende descargar la crisis sobre quienes viven de su trabajo. Los escándalos simplemente agregan combustible.
Cerimedo, Adorni y los hermanos Milei pueden aparecer como expresiones particularmente grotescas de esta etapa. Pero detrás de ellos existe algo mucho más importante: un régimen social que necesita ajustar cada vez más y dispone de instrumentos políticos cada vez menos capaces de hacerlo sin provocar resistencia. Ahí está la verdadera debilidad de la ultraderecha.
Su problema no consiste solamente en que algunos de sus personajes resulten marginales, impresentables o terminen involucrados en escándalos. Su problema fundamental es que pretende gobernar una sociedad atravesada por contradicciones que ningún consultor, ningún troll y ningún decreto pueden eliminar.
La fiesta de los nuevos ricos y los nuevos mafiosos puede durar un tiempo. Pero si la bronca que crece en los lugares de trabajo, los barrios, las universidades y las calles se transforma en organización independiente y movilización de la clase obrera, estos personajes podrán terminar donde terminaron tantos gobiernos que se creyeron invencibles: en el basurero de la historia.
Y esta vez la tarea no debería limitarse a cambiar de administradores. Hay que terminar con el sistema que los produce. Esa tarea le corresponde a la clase trabajadora, organizada de manera independiente y dirigida por una izquierda revolucionaria capaz de disputar el poder a la clase capitalista.
