Cristina y el kirchnerismo: posaban de “nacionales y populares”, pero entregaron el país a Chevron, Monsanto y Mekorot


 

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Por Claudio Colombo

El 28 de agosto de 2013, mientras la Policía neuquina reprimía brutalmente a trabajadores, organizaciones mapuches, ambientalistas, estudiantes y militantes populares que protestaban frente a la Legislatura, los diputados provinciales aprobaron el acuerdo impulsado por YPF y la multinacional estadounidense Chevron. El pacto había sido promovido por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el gobernador Jorge Sapag.

La Ley 2867 habilitó el desembarco de Chevron en Loma Campana, una de las zonas más importantes de Vaca Muerta. La empresa yanqui anunció un desembolso inicial de 1.240 millones de dólares para explotar hidrocarburos no convencionales mediante la técnica del fracking. El gobierno presentó aquella asociación como un paso hacia la “soberanía energética”, aunque, en realidad, colocaba una parte estratégica del petróleo y el gas argentinos en manos de uno de los mayores monopolios imperialistas del planeta.

El acuerdo, rodeado de cláusulas secretas y beneficios extraordinarios, confirmó el verdadero carácter de la política energética kirchnerista. La expropiación parcial de YPF a Repsol no significó su recuperación integral bajo control estatal y popular. Sirvió para reorganizar el negocio petrolero y asociar a la empresa con nuevos capitales extranjeros.

Mientras adentro de la Legislatura se consumaba la entrega, afuera se lanzaban gases, balas de goma, chorros de agua y proyectiles contra quienes defendían los recursos nacionales. La represión fue la otra cara del pacto: cuando la propaganda “nacional y popular” no consigue ocultar la entrega, aparece la fuerza del Estado para imponerla.

De Monsanto a Chevron

El acuerdo con Chevron no fue un hecho aislado. Un año antes, en junio de 2012, Cristina Fernández había celebrado públicamente el plan de inversiones de Monsanto, que incluía la instalación de una gigantesca planta de acondicionamiento de semillas de maíz transgénico en la localidad cordobesa de Malvinas Argentinas.

El anuncio se produjo después de varios años de disputas entre Monsanto y el Estado argentino por el cobro de regalías sobre las semillas y las exportaciones de derivados de soja. Monsanto no había patentado en la Argentina la primera soja Roundup Ready —RR1—, razón por la cual no podía cobrar por esa vía las regalías que pretendía imponer sobre la producción nacional.

La multinacional intentó trasladar su ofensiva a Europa. Entre 2005 y 2006 promovió acciones contra cargamentos de harina de soja argentina que llegaban a los Países Bajos y reclamó el cobro de regalías por la presencia residual de material genético patentado en Europa. En 2010, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea rechazó esa pretensión, al determinar que la protección de una secuencia de ADN no podía extenderse a la harina de soja cuando esa información genética ya no cumplía la función para la que había sido patentada.

Fracasada esa maniobra, Monsanto impulsó una nueva generación de semillas transgénicas vinculadas con su sistema de cobro de regalías. En agosto de 2012, el gobierno de Cristina autorizó mediante la Resolución 446 la comercialización de la soja Intacta RR2 PRO, desarrollada por la multinacional para resistir insectos y tolerar el glifosato.

El gobierno no le otorgó formalmente una patente argentina sobre esa semilla, pero le abrió el mercado y respaldó una tecnología diseñada para reforzar la dependencia de los productores respecto de Monsanto. A través de contratos privados, controles sobre los granos y distintas exigencias comerciales, la compañía buscó asegurarse el cobro por el uso de su paquete tecnológico.

El pacto incluía la instalación de la megaplanta de Monsanto en Malvinas Argentinas, con el apoyo de Cristina, del gobierno peronista de José Manuel de la Sota y de las autoridades municipales. El proyecto fue presentado como una fuente de inversiones y puestos de trabajo, ocultando sus consecuencias ambientales, sanitarias y económicas.

De haberse concretado completamente, la planta habría fortalecido el control del monopolio sobre la producción de semillas y perjudicado especialmente a pequeños y medianos productores. Sin embargo, la movilización sostenida de los vecinos, las organizaciones ambientales y los movimientos populares consiguió paralizar el proyecto. La resistencia de Malvinas Argentinas demostró que la movilización independiente puede derrotar los planes de las multinacionales y sus socios gubernamentales.

La autorización de la soja Intacta y el respaldo a la planta confirmaron que el discurso “nacional y popular” terminaba donde comenzaban los negocios de Monsanto. La soberanía alimentaria quedaba subordinada a un puñado de corporaciones como Monsanto, Syngenta, Dow, Pioneer, Nidera y Bayer, que controlan semillas, agroquímicos y tecnologías indispensables para la producción.

Con Monsanto se entregó soberanía sobre las semillas y los alimentos. Con Chevron se subordinó el petróleo y el gas. La orientación fue siempre la misma: garantizar los negocios de las multinacionales mientras el Estado asumía los costos ambientales, económicos y sociales.

De Chevron a Mekorot

Esta política continuó durante el gobierno de Alberto Fernández, sostenido y cogobernado por el kirchnerismo. Esta vez, además del petróleo, el gas y las semillas, el recurso estratégico puesto a disposición de intereses extranjeros fue el agua.

En abril de 2022, el entonces ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro, encabezó una misión oficial a Israel junto con gobernadores y funcionarios nacionales. Allí visitó instalaciones de Mekorot y anunció la preparación de convenios de cooperación con esa empresa estatal israelí.

Meses después comenzaron a firmarse acuerdos para que Mekorot elaborara planes maestros y brindara asistencia técnica sobre la gestión del agua en Mendoza, San Juan, Catamarca, La Rioja, Río Negro, Formosa y Santa Cruz, entre otras provincias.

No se trataba todavía de una venta formal de los ríos, los acuíferos o los sistemas provinciales, sino de algo igualmente peligroso: abrirle las puertas de la planificación y administración de un recurso vital a una compañía extranjera estrechamente vinculada con los objetivos estratégicos del Estado de Israel. Posteriormente, Mekorot amplió su inserción en la Argentina y llegó a actuar como asesora de AySA.

La elección de esa empresa no puede considerarse neutral. Mekorot ha sido denunciada internacionalmente por su participación en el régimen de apartheid hídrico impuesto al pueblo palestino. Bajo la ocupación israelí, numerosas comunidades palestinas son privadas del control de sus fuentes de agua y obligadas a depender de una compañía que abastece prioritariamente a Israel y a los asentamientos instalados ilegalmente en Cisjordania.

Informes de las Naciones Unidas señalaron que Mekorot controla los sistemas de suministro en Cisjordania y que, durante los meses de mayor escasez, reduce el abastecimiento a comunidades palestinas para garantizar el consumo de los asentamientos israelíes. El agua, indispensable para la vida, se transforma así en un arma de dominación, desplazamiento y sometimiento colonial. Esta política se profundizó con la ofensiva genocida del Estado de Israel contra el pueblo palestino.

Una sola política de entrega

Monsanto, Chevron y Mekorot expresan tres dimensiones de una misma política de subordinación: el control imperialista de las semillas y los alimentos, la apropiación del petróleo y el gas y la intervención extranjera en la planificación del agua.

Cambian los monopolios, las banderas y los discursos, pero permanece intacta la dependencia. Monsanto y Chevron representan directamente al gran capital estadounidense; Mekorot constituye una herramienta estratégica del Estado de Israel, principal socio del imperialismo yanqui en Medio Oriente.

La entrega tampoco comenzó con Milei. El gobierno libertario la profundiza de manera brutal, desembozada y provocadora, pero transita un camino preparado por administraciones anteriores. El kirchnerismo amagó por izquierda, pronunció discursos sobre la soberanía nacional y después pegó por derecha, garantizando los negocios de las mismas multinacionales que decía enfrentar.

Cristina Fernández y sus aliados “progresistas” actuaron como administradores de este proceso de recolonización. Su retórica soberanista sirvió para encubrir acuerdos con Chevron, Monsanto, Barrick Gold, Mekorot y otros grandes capitales extranjeros. En vez de enfrentarlos, les garantizaron territorios, recursos, infraestructura, seguridad jurídica y represión contra quienes resistieron.

Axel Kicillof tampoco puede presentarse como ajeno a esta política. Fue ministro de Economía cuando se consolidó el acuerdo con Chevron y uno de los principales defensores del supuesto carácter soberano de aquella asociación. Hoy pretende aparecer como una alternativa a Milei, pero su trayectoria demuestra que el peronismo y el kirchnerismo no rompieron ni romperán con los intereses imperialistas.

En esta etapa de decadencia capitalista, las potencias intensifican el saqueo de los países dependientes, apoderándose de su energía, sus minerales, sus tierras, sus alimentos, sus semillas y su agua. Para hacerlo cuentan con gobiernos cipayos de distintos signos: liberales, neoliberales, populistas, desarrollistas e incluso fuerzas que se presentan como progresistas o de izquierda.

Los trabajadores deben rechazar tanto la entrega descarada del gobierno libertario como la subordinación maquillada del progresismo. No existe soberanía posible mientras el petróleo, el gas, el litio, la tierra, las semillas y el agua permanezcan sometidos a los intereses de los monopolios y al pago de la deuda externa.

La lucha por una segunda y definitiva independencia nacional está inseparablemente unida a la expropiación de las multinacionales, la ruptura con el FMI y el desconocimiento soberano de la deuda fraudulenta. Los recursos estratégicos deben quedar bajo propiedad pública y ser administrados democráticamente por los trabajadores y las comunidades, de acuerdo con un plan económico al servicio de las necesidades sociales y de la protección del medio ambiente.

También es necesario terminar con el control privado de las semillas y desarrollar una producción e investigación estatal, bajo la dirección del INTA, las universidades públicas, los organismos científicos, los trabajadores rurales, los pequeños productores y las poblaciones afectadas por los agrotóxicos.

Para avanzar en esa dirección es necesario construir una nueva dirección política y sindical de los de abajo, completamente independiente del progresismo, el peronismo y todas las fuerzas patronales. La izquierda revolucionaria debe ponerse al frente de esa tarea, trazando una delimitación clara con Cristina, Kicillof, Wado de Pedro y todos los administradores de la dependencia.

La disyuntiva es terminante: o los monopolios continúan apropiándose del petróleo, las semillas y el agua, o la clase trabajadora conquista el poder para recuperar esos recursos y ponerlos al servicio de las mayorías. No habrá independencia nacional sin revolución social.

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