Trump retrocedió en chancletas frente a la reivindicación argentina por Malvinas, una expresión de la crisis terminal de su gobierno

 

Por Musa Ardem

Si algo más podía complicar a Javier Milei, era que su principal sostén internacional, Donald Trump, terminara reivindicando el “banderazo” de los futbolistas argentinos por las Malvinas. Después de montar un gigantesco operativo de seguridad para impedir cualquier manifestación política durante el Mundial, el propio presidente estadounidense terminó afirmando que los jugadores argentinos “tienen derecho a expresarse libremente”.

La declaración fue ratificada por otros dirigentes republicanos. Andrew Giuliani, hijo del exalcalde de Nueva York Rudy Giuliani y asesor de Trump, sostuvo que los futbolistas estaban “plenamente en su derecho” de exhibir la bandera con la consigna “Las Malvinas son argentinas”, invocando la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense (Página/12, 27/07/2026).

Lo central no es la hipocresía de Trump ni una nueva contradicción entre su discurso y sus actos. La política de las potencias imperialistas está llena de esas inconsistencias. Lo verdaderamente importante es que este episodio vuelve a poner de manifiesto un fenómeno más profundo: la creciente dificultad del imperialismo estadounidense para imponer su voluntad, incluso dentro de su propio territorio. El gobierno que pretendía utilizar el Mundial como una demostración de autoridad terminó obligado a tolerar una acción política que había intentado impedir.

No se trata de un hecho aislado. Estados Unidos atraviesa un proceso de debilitamiento relativo de su hegemonía mundial. Las derrotas políticas y militares acumuladas en los últimos años, sumadas a la profundización de la disputa estratégica con China, reducen sus márgenes de maniobra y exacerban las contradicciones entre sus propios aliados. En ese marco debe leerse también la incomodidad que generó esta declaración frente a Inglaterra. Aunque Washington continúa ligado estratégicamente a Londres, la competencia interimperialista y la crisis del orden internacional hacen cada vez más visibles las fisuras dentro del bloque occidental.

El Mundial, pensado por el trumpismo como una plataforma para fortalecer su imagen de autoridad y alimentar la campaña republicana, terminó convirtiéndose en el escenario de una derrota política. La reivindicación de las Malvinas no fue el producto de una decisión individual de los jugadores, sino la expresión de una presión social imposible de ignorar. Cuando incluso un gobierno decidido a censurar una manifestación política termina retrocediendo frente al clima de opinión existente, queda en evidencia que las relaciones de fuerza no dependen exclusivamente de la voluntad de los gobiernos, sino también de la irrupción de las masas en la escena política.

Por eso sería un error reducir estos acontecimientos al terreno deportivo o al nacionalismo. La causa de las Malvinas conserva un contenido profundamente antiimperialista porque enfrenta la ocupación colonial británica de una parte del territorio argentino. Que esa reivindicación haya irrumpido en el principal evento deportivo organizado por Estados Unidos, y que el propio gobierno norteamericano se haya visto obligado a retroceder en su intento de impedirla, expresa una contradicción política de alcance mucho mayor.

Los revolucionarios debemos analizar estos hechos desde esa perspectiva. Las contradicciones del imperialismo abren grietas que pueden ser aprovechadas por la lucha de los pueblos, pero solo adquieren un carácter progresivo cuando interviene la movilización de las masas. Los festejos multitudinarios por el triunfo argentino, las banderas por Malvinas en los estadios y los cánticos contra Inglaterra no fueron simples expresiones de entusiasmo deportivo. Reflejaron, aunque todavía de manera parcial y contradictoria, un sentimiento antiimperialista que comenzó a abrirse paso en la conciencia de amplios sectores populares.

La tarea de los revolucionarios consiste precisamente en transformar esas expresiones espontáneas en una conciencia política más profunda. Porque la lucha por las Malvinas no puede separarse de la lucha contra el imperialismo y contra los gobiernos que subordinan el país a sus intereses. En ese sentido, el episodio dejó una enseñanza política: incluso en un terreno cuidadosamente preparado para exaltar el poder estadounidense, las contradicciones del imperialismo terminaron imponiéndose. Y cuando el enemigo muestra sus fisuras, la tarea de quienes luchan por una transformación revolucionaria es comprenderlas, intervenir sobre ellas y convertirlas en un punto de apoyo para el desarrollo de la lucha de clases.

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