Campaña antiargentina, o cuando el colonialismo pierde la calma

 


Por Damián Quevedo y Juan Giglio

El Mundial de fútbol puso nuevamente sobre la mesa una cuestión que las potencias imperialistas intentan sepultar desde hace décadas: la cuestión nacional, el colonialismo y el derecho de los pueblos oprimidos a recuperar los territorios usurpados. La bandera de las islas Malvinas desplegada por el seleccionado argentino sintetizó esa realidad. No solo volvió a colocar ante millones de personas el reclamo de soberanía argentina, sino que dejó en ridículo al gigantesco aparato de seguridad y espionaje de Estados Unidos, incapaz de impedir una manifestación política realizada ante los ojos del mundo.

Que una simple bandera haya provocado semejante conmoción demuestra hasta qué punto el imperialismo atraviesa una crisis política. Las potencias coloniales comprendieron inmediatamente el alcance del episodio: no se trató de un gesto deportivo, sino de una expresión política que cuestionó, aunque fuera de manera embrionaria, la legitimidad del orden colonial vigente. Por eso la FIFA, una institución estrechamente vinculada a los intereses de las grandes potencias europeas, amenaza con sancionar a los jugadores argentinos y a la AFA por una acción que, lejos de constituir una provocación, expresa un reclamo histórico contra la ocupación colonial británica.

La apertura de un expediente por la Final del Mundo llega apenas unos días después de que la propia FIFA rechazara formalmente el pedido de investigación impulsado por el gobierno británico por la bandera exhibida por los futbolistas argentinos tras la victoria sobre Inglaterra con la consigna "Las Malvinas son argentinas" (Perfil, 21/07/2026). El solo hecho de que una bandera nacional haya movilizado a gobiernos, organismos internacionales y aparatos diplomáticos demuestra que la disputa trasciende ampliamente el terreno deportivo.

Sin embargo, lo decisivo no reside en la voluntad individual de los jugadores, sino en el proceso político y social que hizo posible ese hecho. De manera todavía incipiente, comenzó a abrirse paso una tendencia que vincula la lucha contra el colonialismo con las aspiraciones nacionales de millones de personas en los países sometidos. Esa es la verdadera preocupación de las potencias imperialistas.

No es casual que el imperialismo español, responsable de negar sistemáticamente el derecho de autodeterminación de pueblos como el vasco, el catalán o el gallego, se haya sumado a la campaña contra el reclamo argentino por Malvinas. Tampoco sorprende que Estados Unidos y otras potencias coloniales acompañen esa ofensiva. Todas ellas comprenden que cualquier cuestionamiento exitoso al dominio colonial constituye un precedente peligroso para el conjunto del sistema imperialista.

El respaldo popular que recibió la selección argentina en numerosos países semicoloniales confirma esa tendencia. Desde Bangladesh hasta distintas naciones sometidas históricamente por el imperialismo británico, como Escocia, Irlanda o Gales, miles de personas expresaron su apoyo a la Argentina durante el encuentro frente a Inglaterra. Para esos pueblos, el partido adquirió un significado que trascendía el fútbol: representó simbólicamente la resistencia contra las potencias coloniales y la reivindicación del derecho de las naciones oprimidas a decidir su propio destino.

Nos encontramos ante un fenómeno que apenas comienza a desarrollarse. Todavía se expresa de manera contradictoria, espontánea y sin una dirección política consciente. Sin embargo, revela un dato de enorme importancia: las reivindicaciones nacionales vuelven a ocupar un lugar destacado en la conciencia de amplios sectores populares y lo hacen por fuera de los partidos tradicionales y de los gobiernos burgueses. Ninguna fuerza patronal pudo apropiarse políticamente de este proceso porque nace desde abajo, impulsado por las propias masas.

La explicación de este fenómeno debe buscarse en la crisis histórica del imperialismo. Las contradicciones entre las grandes potencias se profundizan al mismo tiempo que se agudiza la disputa por mercados, materias primas, rutas comerciales y zonas de influencia. El ascenso relativo de China modifica la correlación de fuerzas entre los bloques imperialistas, pero no elimina la crisis general del capitalismo mundial. Por el contrario, la intensifica, acelerando la competencia por el reparto del mundo y empujando a las potencias hacia nuevos enfrentamientos.

En el capitalismo no existe una salida pacífica a estas contradicciones. La necesidad permanente de conquistar mercados, apropiarse de recursos estratégicos y redistribuir las áreas de influencia conduce inevitablemente a guerras, ocupaciones y nuevas formas de dominación colonial. Esa es la lógica objetiva del imperialismo. La decadencia profunda de Estados Unidos y de las principales potencias europeas, junto con la creciente confrontación con China, configura un escenario internacional cada vez más convulsivo. En ese marco, las luchas nacionales y antiimperialistas tenderán a multiplicarse y a entrelazarse con los combates de la clase trabajadora contra la explotación capitalista.

La izquierda revolucionaria tiene una responsabilidad política ineludible frente a este proceso. Como lo hizo un sector de ella durante la guerra de Malvinas, debe colocarse al frente de la lucha por la liberación de los pueblos oprimidos y por la derrota del colonialismo en todas sus formas. Esa tarea comienza por enfrentar y denunciar la campaña antiargentina impulsada por las potencias imperialistas y sus voceros. Detrás de las sanciones, las condenas y la supuesta defensa de la "neutralidad deportiva" no hay otra cosa que la defensa de un orden internacional basado en la ocupación colonial, el saqueo y la opresión nacional.

Quienes atacan el reclamo argentino por Malvinas no defienden principios democráticos: defienden sus privilegios como potencias opresoras y el derecho a perpetuar las políticas coloniales sobre las que construyeron su poder. La lucha por Malvinas, en ese sentido, forma parte de una causa mucho más amplia: la lucha de todos los pueblos por terminar definitivamente con el imperialismo y abrir paso a una transformación socialista de la sociedad.

Volver a página principal

Comentarios