A 50 años de la caída en combate de Robi Santucho, nuestro homenaje
Por Damián Quevedo
El 19 de julio se cumplieron cincuenta años de la caída
en combate de Mario Roberto "Robi" Santucho y de gran parte de la
dirección histórica del PRT y el ERP, durante un enfrentamiento con las fuerzas
represivas del Estado. Mucho se ha escrito sobre Santucho y sobre aquella
experiencia revolucionaria.Nuestra organización proviene de una corriente que,
aun habiendo sido fundadora del PRT, rompió con el sector encabezado por
Santucho debido a profundas diferencias estratégicas en torno a la vía
guerrillera. Sin embargo, esa delimitación política nunca nos impidió reconocer
la consecuencia, la entrega y el compromiso revolucionario de quienes
entendieron que ese era el mejor —o incluso el único— camino para derrotar al
capitalismo y abrir paso al socialismo.
El PRT y el ERP optaron por una estrategia de guerra
revolucionaria. Pero reducir el pensamiento de Santucho exclusivamente a la
lucha armada sería desconocer la amplitud de su concepción política. Formado en
la tradición del marxismo revolucionario, comprendía que un partido de la clase
obrera debía ser capaz de utilizar todas las formas y métodos de lucha que la
realidad impusiera. Eso incluía, incluso, herramientas creadas y dominadas por
la propia burguesía, como el parlamentarismo, cuando su utilización permitiera
impulsar la movilización de las masas, profundizar las contradicciones del
régimen y sembrar crisis, divisiones y desorientación en las filas del enemigo
de clase.
Al mismo tiempo, Santucho jamás alimentó ilusiones en que
las elecciones pudieran resolver los problemas fundamentales de los
trabajadores y del pueblo. La experiencia histórica demuestra que la burguesía
argentina, subordinada al imperialismo, ha conseguido en reiteradas
oportunidades despertar expectativas de cambio mediante los procesos
electorales, solo para frustrarlas una y otra vez. Esa ha sido una de las
principales herramientas con las que el régimen ha logrado recomponer su
dominación en distintos momentos de la historia nacional.
Desde Marx y Engels hasta Lenin y Trotsky, los grandes
dirigentes del movimiento socialista sostuvieron que la revolución no es un
simple cambio de gobierno, sino un proceso de enfrentamiento abierto entre
clases sociales que disputan el poder y la dirección de la sociedad. Esa
experiencia enseña también que los revolucionarios tienen la responsabilidad de
preparar política y organizativamente a la clase obrera para esos choques
inevitables.
Las diferencias de nuestra corriente con Santucho no
residían en la necesidad de preparar ese enfrentamiento, sino en la forma de
construir las organizaciones revolucionarias y, sobre todo, en el papel que
debía desempeñar la clase obrera como sujeto central de la transformación
social. Consideramos que las herramientas de lucha propias de una situación
revolucionaria deben surgir de la autoorganización consciente de los
trabajadores, del desarrollo de organismos de democracia directa y de formas de
autodefensa nacidas de la propia movilización de las masas. Solo así es posible
evitar que las organizaciones revolucionarias terminen sustituyendo a la clase
obrera, en lugar de potenciar su intervención independiente.
Recordar y reivindicar a Santucho significa también
retomar los debates estratégicos que siguen abiertos para quienes luchamos por
una sociedad socialista. No se trata de convertir aquella experiencia en un
objeto de nostalgia, sino de extraer sus enseñanzas para las tareas del
presente. Aunque muchos compañeros consideran que el movimiento revolucionario
retrocedió respecto de las décadas de 1960 y 1970, también es cierto que el
capitalismo atraviesa hoy una crisis de alcance histórico que vuelve a colocar
sobre la mesa la necesidad de una transformación revolucionaria de la sociedad.
Construir una nueva dirección revolucionaria,
profundamente enraizada en la clase obrera y en las luchas de nuestro pueblo,
sigue siendo la tarea decisiva de nuestra época. Y para cumplirla continúa
siendo válida una de las enseñanzas más conocidas de Santucho: hacen falta
audacia, audacia y más audacia.


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