Por Musa Ardem
Donald Trump está atorado en un pantano del que no puede
o no encuentra la maner de salir. La guerra con Irán se está convirtiendo en
una catástrofe política y económica peor que la de Afganistán, porque no solo
deteriora y muestra la debilidad estratégica de EEUU, sino, porque además,
motoriza el avance de la crisis global.
El primer fracaso de la coalición agresora -EEUU e Israel-
fue que, luego de una ataque mortífero, que acabó con buena parte de la cúpula del
gobierno persa, no logró que el régimen se desmorone o que alguna de sus
fracciones aceptara jugar el papel que, en Venezuela, está jugando Delcy
Rodríguez. Es más, la mayoría de las personas que participaron en las
combativas movilizaciones contra los ayatolas, cerraron filas con el
oficialismo contra la guerra imperialista.
El otro gran tropiezo de Donald Trump tuvo que ver con su
intento de conseguir aliados, ya que en todos los casos, desde los europeos,
pasando por Japón y hasta los kurdos, rechazaron unirse a la coalición yanqui-sionista.
Si bien era esperable por parte de las potencias europeas, cuyos capitales
tienen intereses propios y vienen distanciándose del imperialismo yanqui, es
significativa la actitud de Japón, hasta ahora un aliado incondicional de los
Estados Unidos, que podría ser crucial en una guerra directa con el imperialismo
chino.
Por todo esto, siendo consciente de la debilidad con la
que asume la guerra, Trump ahora propone, más bien busca desesperadamente, una
tregua con Teherán, lo cual es más que contradictorio con los intereses y planes
de Netanyahu, que necesita seguir adelante para sobrevivir. Sin embargo, la
cuestión es que, objetivamente, el imperialismo yanqui ya no está en
condiciones de sostener la guerra, y, mucho menos, de ganarla, aunque la
necesite.
Trump, amenaza, grita, patalea, pero esos gestos no son
más que una muestra de impotencia, porque el problema principal de toda guerra
no es que tal o cual país cuente con las mejores armas -la ventaja objetiva de
los yanquis- sino que actúe dentro de un marco político y social que le permita
desplegar tropas en el terreno de batalla, única manera de conseguir la
victoria. Estados Unidos no lo tiene como lo tuvo cuando invadió Irak, pero,
además, tiene un problema adicional: la mayor parte de su pueblo está en contra
de ir a pelear otra gran guerra.
“Está posponiendo un ataque que todavía no
fue, que es el ataque a la central de gas, que podría paralizar toda la energía
de Irán, que fue la misma planta de gas que atacó Israel y que públicamente
generó un supuesto cortocircuito entre Trump y el presidente israelí. También
habla de infraestructura energética, hasta ahora no quería atacarlas, porque
eso generaba la volatilidad en el mercado petrolero que estaba afectando
principalmente a Trump”. [i]
Irán y la milicia libanesa Hesbola, continúan causando muchos
daños, en vidas e infraestructura, tanto para Israel, como para Estados Unidos
y sus aliados de Medio Oriente. En ese marco adverso, Trump está atrapado, ya
que cualquier salida que encare le resultará perjudicial: una avanzada, en
estas condiciones, podría implicar derrotas vergonzosas para el imperialismo
yanqui, mientras que una tregua le daría la victoria a Irán, que, en los
hechos, dejaría a la principal potencia del planeta en una situación
humillante.
El otro aspecto, que deriva directamente de la guerra y
que golpea tanto a Europa como a EEUU, es la suba del precio del petróleo y la
consecuente escalada inflacionaria que está generando. El jueves, el Brent
había rozado los US$ 119 por barril por temor a que el conflicto derivara en
una guerra energética abierta, con daños más permanentes sobre refinerías,
plantas de gas natural licuado y vías críticas de transporte. El cambio de tono
de Trump no eliminó ese riesgo, pero sí introdujo una ventana de negociación
que alcanzó para enfriar, al menos de manera transitoria, la presión sobre el
crudo.
El temor de fondo sigue siendo el mismo: que
el conflicto derive en una disrupción más prolongada del suministro mundial de
crudo y gas. El Estrecho de Ormuz, por donde circula una quinta parte del
petróleo global, permanece como el principal punto de estrangulamiento del
sistema energético. Y los ataques de las últimas semanas dejaron en evidencia
que el mercado ya no enfrenta solo un problema de tránsito marítimo, sino
también un daño potencial sobre infraestructura crítica[ii].
La contraparte de la debilidad del imperialismo, es un
movimiento de masas que empieza a resistir, que no quiere una nueva guerra
mundial y que en esta crisis puede dar saltos muy grandes, como sucedió con la
explosión revolucionaria de la denominada “Primavera Árabe”. La tarea de los
revolucionarios y las revolucionarias es ayudar, de todas las formas posibles,
a que los yanquis reciban una paliza histórica, porque, como sucedió en Vietnam,
la derrota de Trump y su banda será un triunfo de todos los pueblos del mundo.

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