Por Damián Quevedo
Milei viene cosechando algunas victorias parlamentarias,
la principal de ellas es haber encolumnado a todos los partidos patronales
detrás de la reforma laboral, incluso a varias fracciones del Partido
Justicialista y al conjunto de la burocracia sindical peronista.
Sin embargo, no todas son rosas para la gestión
libertaria. Días atrás, las encuestas de dos agencias líderes, Atlas Intel y
Bloomberg, señalaron un dato alarmante: ¡La economía y la corrupción son, hoy
por hoy, las principales preocupaciones para los ciudadanos!
El debate público sobre la reforma laboral, junto con el
cierre de FATE, actuaron como dinamizadores
de la bronca obrera y popular. En ese marco, y en el de una baja fenomenal de
su poder adquisitivo, millones comenzaron a tomar consciencia de que el plan
del gobierno va en serio contra la mayoría de la población.
Desde junio de 2025, la corrupción trepó a la
cima de las preocupaciones ciudadanas, por encima del desempleo o la inflación.
Concuerda con el estallido del escándalo por la difusión de la criptomoneda
$LIBRA, que salpica al presidente y su hermana, Karina Milei…
Días atrás, el juez federal Sebastián
Casanello procesó al extitular de Andis Diego Spagnuolo, quien supo ser amigo
de Milei -lo visitaba frecuentemente en Olivos-, por los delitos de cohecho
activo (cobro de sobornos), fraude al Estado y negociaciones incompatibles con
su cargo de funcionario público[1].
Esta es una situación similar a la de los últimos años
del segundo mandato de Menem, cuando la corrupción y la desocupación ocupaban
las tapas de los diarios y eran tema de debate en todos lados. Ese fue el
momento previo a la derrota electoral del rionano, en 1999 y el prefacio de la
rebelión popular de 2001.
El ciclo de ascenso libertario, una especie de neo
menemismo, ha sido mucho más corto. Además, no gozó -como su referemte riojano-
de un período de cierta expansión capitalista, que se desarrolló en base a las
privatizaciones y la construcción de una gran burbuja de endeudamiento.
Milei no tuvo eso, porque no le quedaron empresas para privatizar
y porque su gobierno no transcurre en medio de un ciclo general de crecimiento
económico, sino de la crisis más profunda de las últimas décadas. No solo por la
combinación de estancamiento con inflación, sino porque un contexto
internacional absolutamente desfavorable.
El gobierno libertario es una anomalía para el régimen
político democrático burgués, un producto bizarro de la debacle
estructural de las instituciones que lo sostienen. El “rechazo a la casta”, que
le abrió las puertas de la Casa Rosada, no es otra cosa que una manifestación distorsionada del odio generalizado hacia los burócratas
profesionales que viven de la administración del Estado capitalista.
Este rechazo es el producto de una tendencia general
hacia el desborde de la actual institucionalidad, a través de mecanismos propios
de una democracia distinta, la democracia directa, que crece y se extiende cada
vez que asoma la cabeza ese fantasma que aterroriza a los capitalistas, la
revolución obrera, el infierno del que quieren escapar.
El gobierno de Milei es una instancia previa al averno de
los de arriba, una especie de purgatorio en el cual la democracia burguesa agoniza sin que sus líderes puedan recauchutarla o reemplazarla por otro régimen que les sirva para salir de
la crisis, como las dictadura clásicas, que por ahora no son viables en esta
región del mundo.
En esta transición aparecen gobiernos como el de Milei o
Trump, que, a pesar de no ser fascistas -como sostienen los progresistas y
buena parte de la izquierda- atacan con dureza las libertades democráticas
conquistadas durante años de lucha.
Esta crisis transicional no es una condena, sino el
terreno en el que se decidirá el futuro de las dos clases en pugna, la
burguesía y el proletariado, a través de grandes batallas, como ha ocurrido siempre a lo largo de la historia.
Las primeras escaramuzas que están comenzando
a desarrollarse indican que esa dinámica es inevitable.
La izquierda revolucionaria consecuente tiene que prepararse para intervenir en ese proceso, con el propósito de ganar el liderazgo de amplios sectores de la vanguardia, con los cuales poder disputar la dirección del conjunto de la clase trabajadora con el único programa capaz de sacar a la mayoría de la crisis capitalista, el programa de la revolución obrera, antiimperialista y socialista.
[1] La
Nación 27/02/2026

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