Por Damián Quevedo
El presidente
yanqui repitió en Davos la estrategia de su intervención en Venezuela, donde dejó de lado cualquier posibilidad de invasión militar para terminar negociando con el
chavismo, y, en definitiva, dejar todo más o menos como estaba antes. Groenlandia no parece
ser la excepción a la regla trumpista, ya que el jefe de la
Casa Blanca cambió de exigir todo a negociar un acuerdo -poco
claro- con las potencias europeas.
El programa de Trump es problemático. Por eso muchos observadores apuestan a
que, otra vez, él está apelando a su estilo de bróker inmobiliario de Manhattan, acostumbrando
a pedir todo para, al final, llevarse algo. (La Nación 22/01/2026).
Lo de Trump no es un
problema de estilos, sino de relaciones de fuerza. Así como el imperialismo yanqui se vio obligado a recurrir al
chavismo porque no está en condiciones
de ocupar Venezuela, mucho menos puede invadir Groenlandia. Trump gobierna una
potencia que perdió la hegemonía, lugar que está tratando de ocupar el imperialismo chino y crea una situación que envalentona a los imperialismos menores, como el europeo,
que, con Macron a la cabeza, se paró de manos.
Aunque Trump
sabe que para frenar a los chinos tendrán que pasar de la guerra comercial a la
guerra directa, también asume, que, hoy por hoy, no puede encarar una aventura
militar importante. Por esa razón, el
presidente de los Estados Unidos, después de amenazar a diestra y siniestra, terminó dando un giro de 180 grados, situación que expresó nuevamente la extrema debilidad
en la que se encuentran los que eran, hasta hace pocos, dueños indiscutibles del mundo.
La crisis
capitalista acelera la competencia entre las grandes potencias, una realidad
que quebró a la OTAN, puesta ahora en jaque por el imperialismo ruso, que aprovechó las circunstancias para invadir Ucrania e ir
por más. Trump ya no puede seguir sosteniendo a la
OTAN, porque sus integrantes tienen intereses más que contrapuestos con los Estados Unidos, una contradicción que debilita aún más a los
yanquis.
Milei se pudo permitir, aunque sea por un momento, cierta ambigüedad en su discurso suizo. Por eso, en vez de chuparles
las medias a Trump -como suele hacer- habló de cuestiones
abstractas que hicieron bostezar al escasísimo público que se quedó a escucharlo. Una reivindicación de Trump habría incomodado a los jefes de Estado de Europa,
que, junto con China, son los principales socios comerciales de Argentina.
En ese sentido,
apenas salió de Davos, y para congraciarse con Xi Xin
Ping, Milei reivindicó las relaciones con China: Lea más: “En nuestra opinión, China es un gran socio comercial… si se fijan en el peso comercial de China en
el mundo, comprenderán que tengo que
comerciar con China”. (Bloomberg, 22 de enero, 2026)
La guerra comercial entre las grandes potencias se metió de lleno en Argentina, y, más allá de las intenciones pro-yanquis de Milei, dividió a todas las fracciones patronales, incluso dentro de La Libertad Avanza. Unas juegan para Estados Unidos, mientras que otras lo hacen por China o la Unión Europea. Esta situación, lejos de colaborar con la estabilización económica y social del país, es el principal motor de la crisis de los de arriba y el caldo de cultivo de las luchas de los de abajo.

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