El salvataje de Trump
al gobierno argentino le sigue generando ruido al gobierno republicano. La
oposición demócrata, e incluso algunos sectores del oficialismo, cuestionan el
swap otorgado, ya que temen que la economía libertaria explote por los aires.
Los principales bancos de EEUU enviaron cartas al
Congreso en respuesta a
la senadora demócrata Elizabeth Warren, quien solicitó explicaciones sobre la
ayuda financiera de hasta US$ 20.000 millones que el Departamento del Tesoro
planea canalizar hacia la Argentina a través de entidades privadas[1].
A estos chispazos en las alturas del poder yanqui, se les suma el resultado adverso en todas las elecciones que tuvieron lugar días atrás, especialmente en la ciudad de Nueva York. Allí, un inmigrante musulmán, que se dice socialista, canalizó la bronca contra el ajuste y la pornográfica concentración de riquezas que se viene dando desde que asumió Trump.
Lo sucedido en la “capital del mundo”, no es más que una expresión superestructural de una dinámica internacional, que empuja la irrupción del movimiento de masas a través de nuevas y cada vez más potentes rebeliones, como las que explotaron en Sri Lanka, Nepal e Indonesia.
Los capitalistas tratan de enfrentar esta tendencia general con políticas represivas y un constante cercenamiento de los derechos democráticos. Esta orientación reaccionaria, es la repuesta que unifica a toda la burguesía mundial, que sabe, que, para mantenerse en pie, tendrá que golpear con dureza y debilitar a su principal enemigo, la clase trabajadora.
Los migrantes son una fracción importante de la clase obrera en EEUU. De 33 millones de migrantes, se estima que cerca de 23 millones eran considerados como legales, pero al menos 10 millones no ejercían sus posiciones laborales de manera autorizada por los organismos reguladores[2].
La política de Trump tiene el propósito de eliminar a una parte significativa de la fuerza laboral sobrante y profundizar la súper explotación de la que tenga la “suerte” de mantener sus puestos de trabajo. Hace esto, porque su país atraviesa un período de estancamiento de las fuerzas productivas por la ausencia de mercados suficientes para absorber el nivel producción.
Expulsar a una fracción de la clase obrera -mucho más rápido de lo que los ciclos de acumulación y transformación capitalista lo hacen- cuando el capitalismo incrementa el uso de máquinas y reduce la cantidad de trabajadores, es una forma de intentar una salida a la crisis. La otra tiene que ver con un objetivo más que difícil: derrotar a China, el principal competidor de EEUU, para conquistar los mercados del gigante asiático.
Teniendo en cuenta las dificultades para ganar la guerra comercial contra un rival poderosísimo y cada vez más agresivo, a Trump no le queda otra que ir contra las conquistas y puestos laborales de su clase obrera. Sin embargo, y por más que avance en ese sentido, esto le resultará insuficiente, porque el enorme volumen de producción excedente y la ausencia de mercados continuarán siendo el factor principal de la crisis.
La crisis de sobreproducción no se resolverá echando trabajadores y cercenando ciertos derechos, razón por la cual se intensificará la presión guerrerista, pero, dentro de un contexto dificilísimo para encarar un enfrentamiento militar contra China, debido al ascenso de las luchas, a nivel nacional e internacional.
Eso es lo que está pasando en Estados Unidos, donde la expulsión de trabajadores migrantes reanimó la lucha de clases, que se había frenado en la época del Covid. Trump está siendo acorralado por las protestas, que, a su vez, profundizaron la crisis política y las peleas superestructurales.
Esta crisis, que
tiene lugar en las entrañas del monstruo imperialista, estimulará las luchas en
todos los países semicoloniales, particularmente en su “patio trasero”. ¡Por lo
tanto, Javier Milei, mucho más pronto de lo que creen los plumíferos y “analistas”
de la burguesía, se las tendrá que ver con este proceso! Los revolucionarios
debemos prepararnos para liderarlo.

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