A pesar de la aparente calma cambiaria, existen aspectos alarmantes dentro de la actual situación económica, que la pueden empujar hacia una nueva crisis. En ese sentido, la recesión económica, que ya es imposible de ocultar, ha sido tomada en cuenta por la UIA en su informe del mes de septiembre.
En el acumulado del año, la industria argentina muestra una caída promedio del 10% respecto a 2023 y 2022, de acuerdo con la entidad fabril. Solo las industrias vinculadas a la cosecha lograron una recuperación interanual (+1,6% frente al acumulado a julio de 2023), mientras que el resto de los sectores se mantiene por debajo de los niveles previos. El desempeño industrial de 2025 contrasta con el rebote observado en el tercer trimestre de 2024, ya que la tendencia actual es de estancamiento o retroceso[1].
El freno de la industria, la reducción del mercado interno y la apertura a las importaciones constituyen un círculo vicioso que profundiza la crisis. Para tapar esa olla a presión, el gobierno debería devaluar el peso, aunque esa posibilidad ha sido frenada, hasta el momento, por la intervención del BCRA y del mismísimo secretario del Tesoro yanqui.
Sin embargo, es insostenible que Milei, Caputo y compañía continúen haciendo lo mismo, ya que esta intervención constante para contener el dólar desangra las reservas del banco central y condena al Estado en el eterno y sistemático endeudamiento y todo lo que eso significa, en cuanto a entrega del patrimonio nacional y los recursos más valiosos.
Según un informe de Cohen Aliados Financieros, las reservas netas habrían cerrado la primera semana de noviembre en u$s9.600 millones negativos. Pero ese número empeora si se confirma que Argentina activó parte del swap con el Tesoro americano, lo que podría llevar las netas, según sus propios cálculos, a casi u$s12.000 millones negativos[2].
En ese marco, la pregunta del millón es: ¿Hasta cuándo sostendrá Estados Unidos al gobierno argentino? Analizando la crisis económica y política del imperialismo yanqui y el peso de la guerra comercial con China, sostener a Milei se puede volver un lastre difícil de cargar para la administración Trump…
Esta dependencia cuasi colonial obliga al gobierno argentino a acatar las órdenes dictadas por la Casa Blanca, como la reforma laboral, que es la que han jerarquizado los grandes empresarios, ya que con su imposición podrían aumentar la explotación obrera de manera cualitativa, y, consecuentemente con esta, sus niveles de ganancia.
Los dirigentes de la CGT y el PJ ya anunciaron que no van a enfrentar este ataque fenomenal a los derechos obreros, porque quieren formar parte de las negociaciones para concretarlo. Las “amenazas” que puedan existir, de acá en más, no son más que pataleos para presionar y conseguir un lugar en la mesa donde se discutirá la reforma.
La resistencia a esta normativa y a todo el plan de ajuste, quedará en manos de la vanguardia combativa, mayoritariamente de izquierda, que tendrá que impulsar la construcción de una nueva dirección que reemplace a los burócratas y las herramientas organizativas que sirvan para organizar y centralizar las luchas y dotarlas del único programa consecuente, el que apunte contra la causa principal de todos las penurias que sufren los y las de abajo, el sistema capitalista.

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