La “ayuda” yanqui de 20 mil millones de dólares no es otra cosa que
una estafa al mejor estilo Caputo, esta vez en absoluto beneficio de los amigos
del secretario del Tesoro norteamericano, Scott Bessent.
La decisión del gobierno
de rescatar la economía argentina está suscitando dudas sobre si el verdadero
objetivo es ayudar a los inversores ricos cuyas apuestas en Argentina podrían
tambalearse si su economía se hunde.Los fondos de empresas
de inversión como BlackRock, Fidelity y Pimco están fuertemente invertidos en
Argentina, al igual que inversores como Stanley Druckenmiller y Robert Citrone,
que trabajaron con Bessent cuando era inversor de George Soros[1].
En
ese sentido, el préstamo o Swap del tesoro yanqui, no solo busca blindar la
timba financiera de los fondos buitre amigos de Bessent, sino recuperar un
mercado que está siendo ganado por los enemigos del imperialismo, los chinos.
En
una reciente entrevista televisiva con Fox News, Bessent dijo que Milei les
prometió "deshacerse" de China. "El presidente Milei está
comprometido a deshacerse de China", indicó el financista del ministro de
Economía, Luis Caputo. Esa declaración está en línea con lo que vienen
planteando diferentes especialistas en materia de política internacional,
acerca del objetivo de EE.UU. de recuperar su "patio trasero"[2].
Guillermo Francos, que es el encargado de negociar con los gobernadores, cuyos intereses están íntimamente ligados a las inversiones chinas -ya que la mayoría exporta materias primas- minimizó este punto, más allá de que sabe, igual que Milei, cuáles son las intenciones de los yanquis.
Esta soga arrojada por Donald Trump está más cerca de ser una horca que una salida a la crisis. Con el Swap, el Estado nacional aumenta la ya impagable deuda externa, para garantizar la campaña y los negocios financieros de un grupo se capitalistas.
Además, esto generará nuevas contradicciones con Estados Unidos, porque Milei no está en condiciones de desplazar al imperialismo chino, que, con sus compras, sostiene gran parte de la economía nacional. De hacerlo, desataría prácticamente una guerra civil con los gobernadores vinculados a la potencia asiática.
Si un sector importante de la burguesía local ya está pensando en cambiar a Milei -a través de los mecanismos institucionales, antes que la rebelión popular lo haga- el intento de desplazar a los chinos por parte del gobierno, no hace más que acelerar esa perspectiva. ¡La lucha de clases, que no es solo entre proletarios y burgueses, sino también entre estos últimos, se radicaliza, abriéndole las puertas a una situación cada vez más conflictiva y de crisis, que debe ser aprovechada por los y las de abajo para luchas por sus demandas insatisfechas!

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