Un
nuevo paquete de medidas proteccionistas será implementado por el presidente
yanqui, Donald Trump, que afectará -en distintos grados- las exportaciones
hacia Estados Unidos, de alrededor de 200 países.
El grupo de países más golpeados por
las nuevas medidas de Trump lo completan siete naciones, con aranceles que
oscilan entre el 35% y el 41%. Serbia, Irak y Canadá enfrentan un gravamen del
35%, mientras que Siria encabeza la lista con un 41%. Entre ellos destaca
especialmente Suiza, que fue sorprendida con un arancel del 39%[1].
Apenas
anunciadas estas políticas, que pretenden apuntalar el proteccionismo, el
ámbito estadounidense en el que se expresa el pulso de la economía, Wall
Street, mostró un derrumbe de los índices que anuncian las intenciones de
invertir de los capitalistas.
La bolsa de Nueva York se hundió drásticamente el viernes 1° de agosto y sus tres índices de referencia cerraron con números negativos, tras la confirmación de la entrada en vigencia de los aranceles que el gobierno de Donald Trump impuso, en distintos niveles, a los productos que sean importados en Estados Unidos[2].
Esta noticia vino acompañada de un informe negativo sobre el rumbo de la desocupación, que crece, una expresión más que clara del freno económico. Uno de los sectores más golpeados es el de las tecnológicas, un sector que sufrió una gran caída de sus acciones, como Amazon o Apple, que bajaron 8% y 3% respectivamente.
Este rubro, que supo ser la estrella del imperialismo yanqui, es el más golpeado por la guerra comercial, ya que su producción está absolutamente internacionalizada. Por esa razón, los aranceles incrementan sus costos productivos, con un mercado que se achica y en el que avanza -ocupando lugares- el imperialismo chino, como es el caso de los microprocesadores.
Esta guerra comercial, que se transformará en algún momento en guerra directa, profundiza la crisis general del sistema capitalista y esta, a su vez, puede empujar la reacción revolucionaria de la clase trabajadora y los pueblos pobres de todo el planeta, como ha sucedido en otras crisis.
Los
socialistas debemos prepararnos para disputar el liderazgo de este proceso, agitando
la necesidad de romper las cadenas de la dependencia, con medidas prácticas y
efectivas, como el desconocimiento de los pagos de la deuda externa y la expropiación
-bajo control obrero- de los grandes monopolios.
Para
resolver las demandas elementales del movimiento de masas, será necesario
acabar con el capitalismo y sus agentes locales e imponer un gobierno del único
sector social que está en condiciones de avanzar en ese sentido, la clase
obrera, con una conducción socialista y revolucionaria a la cabeza.

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