Por Damián Quevedo
Las medidas de Donald Trump siguen golpeando a la ya debilitada economía yanqui. Si bien, este proceso de caída viene desde hace tiempo, en los últimos meses se aceleró y la perspectiva de revertir esa tendencia, por parte de Estados Unidos, es realmente baja.
El producto interior bruto (PIB) de Estados
Unidos cayó un 0,1% trimestral (un 0,3% en tasa trimestral anualizada), según
los datos de la Oficina de Análisis Económico, dependiente del
Departamento de Comercio de Estados Unidos, publicados este miércoles. El
descenso del PIB es el primero desde comienzos de 2022. Por primera vez en varios
años, por culpa de Trump, la economía estadounidense ha mostrado menos pujanza
que la de la zona euro, que creció un 0,4% en el primer
trimestre[1].
Otro de los factores que pone sobre el tapete las consecuencias inmediatas de la guerra comercial, es el funcionamiento de los puertos. El imperialismo chino, a diferencia de los yankis, continúa destinando enormes desembolsos de divisas en la construcción de puertos, para fortalecer el espacio conquistado en el mercado internacional y sus proyectos: la nueva Ruta de la Seda y la Franja de la Ruta.
En contraste, Estados Unidos, no solo viene
perdiendo terreno en el mercado mundial y en América Latina en particular, sino
que, también, sus propios puertos están dando señales de la recesión económica
que se cierne sobre el imperialismo yanqui.
El puerto de Los Ángeles, principal puerta de entrada al comercio internacional de Estados Unidos y el puerto marítimo con mayor actividad del hemisferio occidental, enfrenta una inminente reducción del 35 % en sus operaciones de carga provenientes de Asia. Esta drástica caída es consecuencia de los nuevos aranceles impuestos por la administración estadounidense, que llevaron a grandes minoristas a suspender sus envíos desde China, país que representa aproximadamente el 45 % del volumen de importaciones del puerto[2].
Esta crisis, que es general -a pesar de que China, por el momento, no haya entrado en recesión- empuja a los capitalistas a acelerar la guerra comercial, que no es otra cosa que una profundización brutal de la competencia entre productores, que, para vender sus excedentes, necesitan derrotar a sus competidores y capturar sus mercados.
Los límites propios de esta puja económica, que vemos en los resultados que tiene para EEUU, llevan a las grandes potencias a resolver la crisis a través de una guerra abierta, como sucedió en el siglo XX. Solo la clase obrera puede frenar esta tendencia hacia una nueva matanza capitalista, mediante revoluciones sociales que pongan en sus manos el destino del mundo.

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